Capítulo XXXI #3
Pablo, por su parte, no desviaba un instante la mirada de la afilada hoja del alano.
Estaba hipnotizado por ella. Era majestuosa, pero a la vez mortífera.
Consiguió atajarla una vez, y apoyó su hoja contra aquélla para poder ver la empuñadura.
Ahogó un reniego. Nada hubiera conseguido hacerle olvidar aquella arma: la espada de su amigo Attax, la que blandía con orgullo cuando ambos eran jóvenes y vivían en la tierra entre los dos mares.
Logró desembarazarse de su contrincante, pero éste rápidamente se recompuso y volvió a la carga.
La espada danzaba con una fuerza inusitada, blandida por unos brazos más jóvenes que los suyos que no eran los de su viejo amigo.
Pablo dudó por un momento. El rostro de aquel muchacho en nada le recordaba al de Attax.
Había temido reconocer el cabello del color de la mies y los ojos verdes de su amigo.
Sin embargo, el joven que tenía frente a él tenía el cabello tan claro como el suyo, los pómulos elevados y los iris azul claro.
Hubiera jurado que así debió ser su aspecto cuando se alistó bajo las águilas.
Por unos segundos, su mente voló hacia un lugar muy lejano, mucho tiempo atrás: una vida antes, la de alguien que no era él mismo.
Se concentró en recordar el rostro de su único hijo, Safrax.
Lo había abandonado a sus escasos seis años; si aún vivía, tendría poco más de veinte, como el guerrero al que se enfrentaba en esos momentos.
Paralizado por aquel pensamiento, sus brazos no reaccionaron con la presteza habitual.
Safrax le lanzó una estocada en la pierna; de no haber vestido la armadura, le habría rebanado limpiamente el muslo.
Pablo soltó un gemido y trató de moverse.
Pero la pierna no le respondió y tuvo que hincar la rodilla en tierra. Respiraba entrecortadamente.
Pablo se estremeció y miró al cielo. Se enfrentaba a su propio pasado, que había venido a reclamar la deuda con su pueblo, con su familia, a los que había abandonado.
Alejándose por un instante del dolor que le recorría la pierna, escuchó los vítores que se extendían por la llanura, pues los greutungos comenzaban a festejar la victoria; no sólo la de su comandante, sino también la suya propia, pues la infantería romana al fin abandonaba el campo.
Sí, todo había terminado. El ejército de Roma había sido derrotado, pero Víctor había conseguido salvar al emperador; y su pueblo, aquel al que había pertenecido cuando se llamaba Respendial, seguía siendo libre, aunque estuviera muy lejos de la tierra de sus ancestros.
Además, su hijo, si es que en verdad era aquel que lo escrutaba a poca distancia, no sólo no había caído presa de los hunos, como había temido, sino que había crecido libre y se había convertido en un gran guerrero, en uno capaz incluso de derrotar a su padre.
Pensar en ello mitigó su dolor. Respendial había muerto años atrás, y ese día lo haría Pablo.
Era el fin, todo terminaba, pero aquellos a quienes había debido algo a lo largo de su existencia se encontraban a salvo.
Safrax permanecía en pie, observando a su contrincante herido.
También escuchó los vítores y comprendió que, al fin, por ese día todo había concluido.
La rabia y la tensión abandonaron su cuerpo.
Dejó escapar el aire lentamente, y su mano dejó de crisparse sobre la empuñadura de la espada de Attax.
Al ver los rostros de alegría de quienes lo rodeaban, él mismo suavizó el ceño.
Sólo la voz de su adversario, postrado, lo hizo regresar al campo de batalla.
–Alano, perdona la vida del muchacho al que custodiáis, pero, por favor, acaba con la mía –suplicó Pablo, ofreciendo su cuello al arma de Safrax.
Moriría a manos de un alano, a manos de su propio hijo.
Y lo haría sabiendo que se presentaba ante Dios con la conciencia limpia.
Apretó los labios para asegurarse de no pronunciar el nombre de su hijo con el último aliento.
No le traspasaría la responsabilidad; y tampoco deseaba enfrentarse a su mirada de incredulidad, a sus reproches o a su rencor por haberlos abandonado. Su secreto se iría a la tumba con él.
Safrax lo miró con gesto grave. Aquel hombre estaba a su merced, derrotado, pero no pedía clemencia, sino sólo el final que todo guerrero merecía.
Lo admiró por ello y pensó que, después de todo, seguía siendo un alano, por mucho que hubiera vivido más allá de la frontera de piedra.
Se fijó en su cabello trenzado, blanco, tan similar al suyo propio o al de Beuca.
Recordó entonces a Attax y cómo éste había afrontado su último instante con entereza y valentía.
Si él hubiera sido derrotado esa jornada, también habría querido un final rápido y digno, como le pedía su oponente.
Todos ellos nacían para ese momento, para dejar la vida en la batalla cuando fuera necesario; incluso aquel hombre, por mucho que hubiera renegado de su pueblo.
Safrax inclinó brevemente la cabeza en señal de respeto.
Al instante siguiente, su espada describió un amplio arco a gran velocidad.
En todo momento pudo ver los ojos de aquel alano prendados del acero que cortaría el hilo de su existencia.
Aquel que en otra vida había pertenecido al mejor de los amigos y que ahora manejaba su hijo.