Capítulo XXXII
CAPÍTULO XXXII
Quienes aún tenían ánimos para cabalgar y monturas lo suficientemente frescas partieron en busca de los romanos que abandonaban el campo de batalla camino a Adrianópolis.
Safrax no fue uno de ellos. Ordenó a los godos que llevaran al joven alano a la colina con el resto de cautivos, sin causarle daño alguno, y se quedó un instante allí, delante del cuerpo del alano al que acababa de matar.
Seguramente, al día siguiente acabaría con otro, y otro más se añadiría a la larga lista a la siguiente jornada.
Tal vez fuera uno de los hombres de Graciano o cualquier otro romano, pero aquello no terminaría nunca.
–Me has salvado la vida –escuchó a su espalda.
Tasio caminaba hacia él sostenido por otros dos alanos.
En sus rostros se podía adivinar el cansancio, pero también la alegría.
«Alegría por sembrar un campo de cadáveres», pensó Safrax, recordando lo que le decía su abuelo cuando era pequeño.
Ellos no trabajaban la tierra y nunca lo harían; no sembrarían cebada, tampoco trigo, ni plantarían frutal alguno, sino que alimentarían la tierra con los cadáveres de sus enemigos, como el hombre que yacía frente a él.
Pero en realidad aquél era uno de los suyos; lo había odiado por un momento, pues encarnaba una parte dolorosa de su pasado, pero luego todo había desaparecido: la ira, la vergüenza y el desprecio; todo había quedado en el olvido con las últimas palabras y la muestra de orgullo de aquel alano.
Safrax se estiró, y entonces notó cada uno de los golpes recibidos a lo largo de la jornada. Fue hasta donde había clavado en la tierra la espada de Attax y, tras recuperarla, hizo girar la hoja y respondió a su amigo:
–Mañana tendrás oportunidad de salvar la mía. Esto está muy lejos de terminar.
–Hoy es día de celebración. Mañana nos enfrentaremos a lo que el destino tenga a bien reservarnos, pero celebremos que hoy los nuestros siguen vivos gracias a nuestro coraje –respondió Tasio, feliz.
Safrax envainó el arma y silbó para que le trajeran una montura. Había llegado el momento de regresar junto a su familia.
Al llegar a la ladera, no pudo evitar asombrarse ante la cantidad de cuerpos que hollaban la tierra.
Era imposible que su caballo pudiera atravesar aquel osario sin lastimarse las patas, así que desmontó y avanzó con cuidado por entre los caídos.
A su alrededor, muchos jóvenes y mujeres rebuscaban entre los cadáveres para despojarlos de todo cuanto tuvieran de valor; otros, en cambio, buscaban a los suyos entre los muertos.
«No hay tregua posible», pensó Safrax, «y nunca la habrá».
Esquivó a un par de mujeres que pasaban a su lado. Un poco más allá, una figura que se mantenía apartada del resto le llamó la atención. Inmóvil, sencillamente se sentaba en el suelo, en medio de aquel campo de muerte, y sus pequeños brazos sostenían la cabeza de uno de los caídos.
Pronto Safrax lo reconoció. Era Alarico.
Temiéndose la muerte de Gundebaldo, apuró el paso; pero el cadáver que el niño sostenía era el de su hermano mayor, Teudiselo.
Alarico dirigió hacia él una mirada desconsolada, y Safrax, con un suspiro, se arrodilló junto a él y cerró los ojos sin vida de su hermano.
Luego le pasó el brazo por los hombros y se aclaró la garganta, aunque no sabía qué decir.
Alarico no habló; tampoco parecía buscar consuelo.
Sólo permanecía allí, con los ojos enrojecidos, aferrando la mano de su hermano, como si con aquel gesto no se fuera a separar nunca de él.
Safrax permaneció a su lado, en silencio, mientras el sol descendía en el horizonte, hasta que quedó poco más de una hora para que desapareciera por completo.
Con la oscuridad, miles y miles de almas vagarían por aquella llanura, cada una preguntándose cómo había sido su final.
Entre los caídos, los habría que cruzarían hacia el mar de hierba sin dudar, con las palabras de aliento y añoranza de sus viejos amigos, deseosos de reencontrarse con ellos; pero habría otros que se quedarían atrapados allí, quizá para siempre.
Los malvados, pero también aquellos que se resistían a partir.
Sólo cuando sus cuerpos fueran enterrados, sus almas podrían descansar.
Sintió un escalofrío que le erizó el vello de la nuca. Esa noche, mientras ellos se encontraran en la cima de la colina, todos aquellos espíritus camparían por el llano y la ladera, allí donde sus cuerpos habían encontrado la muerte. Y no habría muralla capaz de detenerlos.
–Regresemos con los demás –le dijo a Alarico, poniéndose en pie–. Ayúdame a cargar con él.
Pero el muchacho no lo escuchó. Su mente estaba muy lejos de allí, en la cabaña donde su padre había permitido el sufrimiento de su hermana, el mismo lugar en el que su madre había muerto prematuramente.
Desde que habían cruzado el río, sólo habían conocido el miedo, el dolor y la vergüenza.
Hasta ese día. Pues ese día habían vuelto las tornas, y volverían a hacerlo en adelante.
Se puso en pie, pero, ignorando al alano, rebuscó entre los cadáveres hasta hallar la espada de su hermano.
Elevó el arma hacia el cielo, haciendo uso de ambas manos, a la vez que juraba que, con aquella espada, él mismo devolvería todo el dolor sufrido por su familia.
* * *
Víctor sabía que no podían seguir azuzando a las monturas, pero también que, hasta que no estuviera tras las murallas de la ciudad, el emperador corría un grave peligro.
Eran, además, un grupo fácil para seguir el rastro, pues sumaban dos centenares de jinetes, entre protectores y clibanarios, y unas cuantas decenas de árabes se les habían unido en las últimas millas. Sin embargo, no había señal alguna de que los estuvieran persiguiendo.
Desde que abandonaran el campo de batalla, Víctor trataba de comprender qué había ocurrido y, sobre todo, calcular la dimensión del desastre.
Ya había sido partícipe de una retirada ignominiosa antes, en la campaña persa que supuso la muerte del emperador Juliano; pero, en aquella ocasión, pese a la derrota, habían conseguido retroceder hasta la frontera sin haber sufrido tal descalabro.
A lo lejos se podía distinguir la sombra de una pequeña construcción, y pronto el general se dio cuenta de que se trataba de los restos de una de las fincas señoriales de la campiña.
Parecía deshabitada, y en sus muros se adivinaba el recuerdo de los saqueos a la que debía haber sido sometida por las bandas godas durante los meses anteriores.
Víctor pensó que aquella estampa que tenía frente a sus ojos era un reflejo de en qué debía haberse convertido Tracia entera en esos días.
–Mi señor Víctor. –La voz de uno de los protectores le hizo darse cuenta de que había detenido su galope, obligando a la columna entera a frenar de forma abrupta.
Pero el pensamiento del general no estaba allí, sino lejos, en algún lugar hacia el oeste, donde esperaba que se encontraran Graciano y su ejército, con los que debían tratar de reunirse.
–El emperador se muere, mi señor –insistió el soldado–. Tenemos que detenernos y extraer la flecha. Pronto morirá, de continuar así.
El sármata dio un respingo, como si hubiera despertado al escuchar aquellas palabras.
Miró a su subordinado y se sorprendió al descubrir que se trataba del joven Estilicón.
Ningún otro se había atrevido a interrumpirlo, temerosos de su reacción, así que la tarea le había tocado en gracia al más joven.
Víctor asintió. Poco más podían hacer por Valente a esas alturas, más allá de intentar mantenerlo con vida hasta la llegada de su sobrino.
Graciano era la clave, como ya lo había sido en el pasado; pero el muy necio de Valente había desoído sus consejos y se había dejado embaucar por palabras lisonjeras.
–Tienes razón, muchacho. Veinte protectores se quedarán aquí con el emperador –dijo, señalando hacia el edificio en ruinas–. Que descanse, y que atiendan sus heridas lo mejor posible. Mientras, otros tantos que partan hacia la ciudad a toda prisa en busca de refuerzos y del mejor físico que haya.
–¿El emperador estará a salvo en este lugar? –preguntó Estilicón.
Víctor miró a sus hombres. En sus rostros se adivinaban la ansiedad y el miedo, pero todavía no los había vencido el agotamiento.
Eran soldados recios y probados, y podrían seguir cabalgando durante horas sin protestar, espoleados por el recuerdo de lo ocurrido en el campo de batalla.
Ahora estaban lejos de sus enemigos; al menos todo lo lejos posible sin acabar con la vida del emperador.
Hubiera preferido con creces haber podido acompañar personalmente al emperador hasta dejarlo a salvo tras los fuertes muros de Adrianópolis, pero aquello tendría que bastar.
–¿Seguros? Ninguno de nosotros lo estaremos de aquí en adelante.
–Fue su respuesta–. Descansad en esta finca el menor tiempo posible, sólo el necesario hasta que el augusto pueda continuar la marcha.
Tú comandarás a quienes galopen hacia la ciudad, Estilicón.
Una vez allí, permanece tras los muros y deja que sean los protectores quienes se encarguen del emperador.
Bastante has hecho tú ya, y su honor así se lo exige.
Estilicón dudó y miró hacia los que, ese día, por primera y única vez, habían sido sus compañeros.
–Pero, señor, y vos, ¿adónde iréis?
Víctor comenzó a llamar los árabes, utilizando las escasas palabras que era capaz de articular en su lengua. Enseguida éstos rodearon al general, y poco después fueron los clibanarios quienes se unieron a sus compañeros.
–Yo partiré en busca de Graciano. Él es el único que puede revertir esta situación o, al menos, mitigarla.
* * *