La frontera de piedra Capítulo XXXI #2
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Capítulo XXXI #2

Safrax se disponía a seguir a sus hombres en pos de los pocos romanos que permanecían en pie, cuando se percató de que su amigo Tasio aún medía sus armas contra un enemigo y de que llevaba todas las de perder.

«¡Parece un alano!», se sorprendió, al tiempo que se incorporaba de inmediato y azuzaba a su montura.

La espada brillaba bajo los últimos rayos de la tarde.

Pablo la esgrimía como si no llevara luchando desde poco después del mediodía.

Por fin, el filo de su arma esquivó la defensa de su oponente y resbaló sobre la armadura de Tasio.

Un buen puñado de escamas cayeron al suelo, dejando a la vista la protección de lino.

Sin embargo, Tasio se mantuvo firme. No le daría el gusto de mostrar temor; estaba preparado para reunirse con los que lo aguardaban al otro lado de la gran pradera.

Safrax vio cómo la sangre comenzaba a manchar el costado de su amigo, así como también el rictus serio de su rostro. Con un último esfuerzo de su montura, colocó su espada frente al cuerpo de Tasio, deteniendo la estocada que iba a poner fin a su vida.

–¡Vete! –le gritó, colocándose frente a Pablo y retándolo con la mirada.

Tasio hizo amago de protestar, pero se dio cuenta de que apenas era capaz de respirar, por lo que permitió a su montura alejarse unos pasos.

Pablo aprovechó aquella breve pausa para mirar en torno suyo. Apenas quedaba un puñado de clibanarios combatiendo, y cada vez eran más y más los bárbaros que aparecían. Había perdido de vista a los suyos. No había escapatoria.

Los habían derrotado de nuevo, igual que en su primera batalla por el emperador de Roma quince años atrás.

La triste imagen se repitió en su cabeza.

Debía confiar en que, ahora, su sacrificio no fuera en vano y Víctor sobreviviera.

Era lo menos que podía hacer por el hombre que lo había salvado tanto tiempo atrás: no sólo su cuerpo moribundo, sino también su alma pecadora.

Además, en aquella derrota encontraba también esperanza, pues había descubierto que aún quedaban alanos, que su pueblo no había sido totalmente aniquilado.

Ojalá pudiera estar seguro de que no seguían a los hunos, sino que combatían libremente, para poder morir en paz.

Sopesó su acero. Saber que aquél sería su último día, su último combate, no le provocaba desazón, miedo o angustia.

Desde que cambiara de nombre, había vivido otra vida, una vida que había creído no merecer.

Se marcharía en paz tras combatir contra los enemigos de su emperador, pero también de su pueblo.

Al levantar la mirada, estudió con curiosidad las facciones del guerrero que lo retaba.

Era un alano, como él y tantos otros que habían muerto o continuaban luchando en aquel gigantesco campo de batalla, y su cabello era casi blanco, como el suyo, salvo por la sangre que lo manchaba allí donde debía haber sido herido.

Se dio cuenta entonces de que varios greutungos lo habían rodeado, estrechando cada vez más el espacio entre ellos, pero sin decidirse a atacarlo con sus lanzas. Tras ellos, y para sorpresa de Safrax, tres godos mantenían atado a un alano con una cuerda.

–¿Quién eres y por qué combates con ellos y contra tus hermanos? –le preguntó Safrax, pensando sin querer en su padre, al que en realidad no recordaba.

–Soy Pablo –respondió Respendial.

Safrax ladeó el rostro, sorprendido por aquel nombre extraño a sus oídos, pero en ese momento Pablo dio por finalizada la tregua y se abalanzó hacia él. Su acero centelleó, pero aquel alano parecía capaz de detener todos sus ataques.

Los greutungos, atentos al combate, se alejaron para observarlos desde la distancia.

Los dos caballos giraban alrededor, como si ellos mismos estuvieran danzando al son de los aceros.

Como por sorpresa, la espada de Safrax, aquella que había pertenecido a Attax, golpeó por primera vez a Pablo, quien se dobló sobre sí mismo y dejó escapar el aire de sus pulmones.

Pero su armadura, fabricada por los más hábiles herreros del Imperio, seguía intacta; la hoja del joven alano no había conseguido atravesarla.

Reponiéndose al impacto, Pablo devolvió el golpe, pero apenas sin fuerzas, por lo que el filo de su espada resbaló sobre las anillas del costado de Safrax.

Lo suficiente para desestabilizarlo, pero no para herirlo.

Safrax se balanceó sobre la silla y se inclinó hacia la derecha.

A punto de caer, tuvo que soltar el arma para mantener el equilibrio.

Luego, con una agilidad que levantó un murmullo de admiración entre los greutungos, apoyó la mano derecha en el suelo y rodó sobre la hierba, haciéndose nuevamente con su espada.

Pablo observó primero a su enemigo, ahora desmontado, y después al grupo de godos que le negaba cualquier posibilidad de escape.

Más allá de éstos, otros tantos godos, alanos y hunos recorrían a su antojo el campo de batalla.

Entonces, sus ojos se encontraron con los de Palaco, que estaba custodiado por una pareja de godos, y su corazón dio un vuelco.

No había vuelto a ver a ninguno de los suyos hasta ese momento.

Al menos aquel muchacho seguía vivo, no como la mayor parte de los que habían luchado junto a él durante tantos años.

Pasó la pierna sobre el lomo del caballo y se dejó caer al suelo.

Con la tranquilidad que le producía saber que la suerte estaba echada, Pablo empuñó el arma en dirección a su contrincante.

–Eres valiente, alano, como corresponde a tu pueblo. Ahora dime, ¿acaso esos hunos que luchan a vuestro lado os han colocado el ronzal? –le espetó.

Aunque Pablo había utilizado su lengua natal, a Safrax le sonó extraña en sus labios. Al instante siguiente, sintió que la ira lo poseía, pues aquellas palabras eran un insulto para él y para los suyos. Escupió en el suelo e hizo girar su arma a gran velocidad entre los dedos.

–¿Tan poco nos conoces, mercenario? Nosotros no seguimos a nadie, y tú deberías saberlo. Son ellos quienes luchan a nuestro lado, como haces tú por los romanos, con la esperanza de que les demos las riquezas que nos sobren: las vuestras.

Safrax estaba furioso, y la sonrisa que se dibujó en el semblante de Pablo lo irritó aún más.

Sólo le rondaba un pensamiento: la ambición de hombres como aquél era lo que había alejado a su padre para siempre de su lado.

Espoleado por la rabia, retomó la lucha y asestó un golpe tras otro, provocando que su adversario reculara hacia las lanzas greutungas.