La frontera de piedra Capítulo XXXI
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Capítulo XXXI

CAPÍTULO XXXI

Safrax gritaba como si con ello su caballo pudiera ganar mayor velocidad y volar sobre la hierba, igual que el blanco semental del dios de la guerra.

El emperador de la frontera de piedra huía; lo habían derrotado, pero, si salvaba la vida, pronto podría reunir otra inmensa hueste con la que aplastarlos para siempre.

«A menos que consiga interceptarlo», pensó, y volvió a clavar el talón en el flanco de su montura, la tercera que utilizaba desde el inicio del combate.

Lo tenía a la vista, allí delante, incluso parecía que a su merced.

Iba reduciendo la distancia, pero lo mismo sucedía con el numeroso grupo de caballeros que acudían dispuestos a proteger a Valente en su huida.

Safrax masculló una maldición y tiró de las riendas para alejarse un poco de los jinetes enemigos que convergían hacia él. Sin la lanza, que había perdido durante los primeros combates, no tenía sentido que fuera él quien cargara contra el enemigo.

* * *

En un primer momento, la sorpresa cundió entre los alanos y sármatas que componían la escolta de Víctor: eran también alanos los que galopaban hacia ellos. Hasta el momento se habían enfrentado a godos y hunos, y no tenían noticia alguna de que su antiguo pueblo apoyara al ejército de Fritigerno.

Hacía muchos años de la última vez que habían combatido contra otros alanos, pero no por eso dejaron de azuzar a sus monturas. Ni siquiera Goar y Palaco, que, situados en las últimas filas, aún no habían entrado en la lucha.

Con los árabes ocupados en mantener a raya a los arqueros enemigos, la caballería pesada romana cargó con toda su fuerza.

El encontronazo convirtió rápidamente el lugar en un caos de lamentos, gritos de guerra y monturas huérfanas.

Pasado el primer momento, las espadas salieron a relucir, y los caballos se encabritaron para tratar de evitar que sus jinetes fueran un blanco fácil para sus adversarios.

Y a ellos se sumaron al instante los protectores que todavía luchaban, que recibieron con alegría la llegada de sus compañeros y redoblaron sus esfuerzos, si no para conseguir la victoria, sí al menos para tener una oportunidad de salvar la vida.

Palaco, en la retaguardia, no salía de su asombro.

Miraba alternativamente a uno y otro lado, allí donde romanos y alanos combatían sin cuartel.

Recordó su hogar, a sus padres y hermanos, y desvió la vista hacia el suelo, plagado de cadáveres, como si así pudiera escapar de aquellos rostros que, tras años, volvían a aparecerse en su imaginación.

Temió reconocerlos entre aquellos que atacaban a las tropas imperiales espada en mano, dispuestos a acabar con su vida.

A su lado, Goar asistía, igualmente asombrado, al devenir de la lucha.

Pero si su compañero se sentía sobrecogido, temeroso de medir sus armas con su propio pasado, a Goar le sucedía todo lo contrario.

Esos alanos procedían de más allá de la frontera de piedra, eran hombres como Beuca, como aquellos que lo habían abandonado, aquellos que lo habían repudiado; ese día, así como también todos los que estuvieran por llegar, los consideraría sus enemigos.

* * *

Tasio medía sus fuerzas con la espada de un clibanario.

Las protecciones de éste, mucho más pesadas y resistentes que las de los iberos y auxiliares a los que se habían enfrentado hasta el momento, no le dejaban resquicio alguno por el que penetrar.

Se golpearon con saña una y otra vez, hasta que, de repente, la aparición de otro alano hizo que el romano se alejara para enfrentarse a su nuevo enemigo.

El joven compañero de Safrax intentó seguir su estela, pero, antes de lograrlo, se encontró frente a un nuevo adversario.

En un primer momento, pensó que se había equivocado; llegó a creer que era uno de los suyos.

Aquel rostro era desconocido, aunque en realidad, sin saber cómo, le resultaba familiar.

Delante tenía a un guerrero veterano de cabello blanco trenzado, que, sin preámbulos, alzó la espada contra él.

Una lluvia de chispas saltó cuando chocaron ambos aceros.

Ninguno de los dos combatientes llevaba escudo, por lo que ambos agarraban con fuerza las riendas de sus monturas para hacerlas girar y ofrecer así menos superficie para la hoja de su adversario.

A poca distancia, Safrax aullaba rabioso cada vez que descargaba su hoja.

Era imposible seguir avanzando. Cada vez que creía haber abierto un hueco, aparecía contra él un nuevo romano, o incluso dos, pues acababa de zafarse de una pareja de árabes.

Los maldijo a todos, como si fueran fantasmas que acudían a interponerse entre él y su objetivo, pues Valente, escoltado por dos centenares de jinetes, se alejaba sin remedio camino de Adrianópolis.

Safrax comenzaba a sentirse agotado. Cada vez dotaba de menor fuerza a su espada, y sus golpes eran cada vez menos precisos.

Sin darse cuenta, ofreció su costado izquierdo durante un breve instante a uno de aquellos árabes velados, y éste descargó un mandoble dirigido a su cuello.

Safrax sólo fue capaz de apartarse lo justo para que el golpe lo alcanzara en el yelmo.

El sonido metálico resonó en sus oídos, y, rota una de las carrilleras y la cinta que lo sujetaba a su cabeza, la protección cayó al suelo.

Safrax hizo retroceder a su caballo y se introdujo entre las filas de sus compañeros para tomar resuello.

La sangre le chorreaba por el cuero cabelludo, allí donde había recibido el golpe.

La cabeza parecía latirle dolorosamente, y la vista se le nubló.

* * *

Los hombres que habían compuesto la escolta de Víctor habían ido cayendo uno tras otro, sepultados bajo una marea tal de enemigos que ni tan siquiera se habían detenido a pensar contra quién medían sus armas.

A esas alturas, la escena que se desarrollaba en la llanura ya no era una batalla, sino una masacre, donde los hombres se contentaban con herir a jinetes y animales para continuar avanzando, confiados en que quienes los seguían rematarían a los caídos.

Ya sólo quedaban cinco servidores de Pablo en pie, entre los que todavía se encontraban los jóvenes Goar y Palaco.

El primero había recibido un lanzazo en el hombro; no lo había atravesado de parte a parte gracias a que la lanza lo había acometido sin poder tomar el impulso suficiente.

Aun así, la punta había perforado tanto la malla como el thoromachus , y un rastro sanguinolento asomaba por entre las escamas destrozadas.

Pese a lo aparatoso del lance, la herida parecía superficial, pues apenas lo molestaba; en cambio, el dolor que sufría en el hombro y el cuello era difícilmente soportable.

Había sido Palaco el que había acudido con celeridad en su ayuda para apartarlo del combate.

Y ahora su compañero le gritaba a pleno pulmón:

–¡Lárgate, mocoso! ¡Escapa y ponte a salvo!

Goar apretó los dientes y fijó la mirada en aquel joven al que había detestado durante tanto tiempo.

Ese día, en aquel inmenso campo de muerte, era toda la familia que le quedaba.

En los ojos de Palaco no quedaba rastro de aquella animadversión hacia él de la que tanto tiempo había hecho gala, como tampoco quedaba rastro alguno en el alma de Goar.

El nieto de Beuca cerró un instante los ojos, y su mente voló muy lejos, pero no hacia el otro lado del Istro, sino hacia Brigetio, su hogar durante cuatro años.

Pensó en Fariban, en Malvar y en Fara. Moriría allí, lejos de quienes habían ocupado, sin pretenderlo, el lugar de la familia que lo había repudiado.

El muchacho trató de sonreír, pero en su rostro sólo se dibujó una mueca de dolor.

Quiso despegar los labios, resecos tras horas de lucha, pero las palabras murieron sin ser pronunciadas.

En cambio, su brazo, rápido y ágil todavía, elevó la espada y desvió la estocada que un romano lanzaba sobre Palaco.

Un nuevo enemigo, un greutungo, se situó entonces por detrás de Goar.

Había perdido la espada, por lo que se contentó con golpear la cabeza del alano con el canto de su escudo.

A Goar le pareció que el mundo estallaba en pedazos; trató de aferrarse al cuello de su montura, pero los brazos no le respondieron.

Antes de que sus ojos se cerraran y su cuerpo se añadiera al de aquellos tantos otros sobre la llanura, vislumbró a una miríada de hombres desmontados cercando el caballo de Palaco. Después, la oscuridad.

* * *

Había recuperado cierta lucidez, y ya no todo era negro a su alrededor.

Aun así, Safrax se obligó a aguardar un instante más, a salvo, mientras los greutungos desmontaban y convertían la lucha en un combate desigual para los romanos, pues, sin la efectividad de la carga habían pasado a defenderse como podían no sólo de los jinetes alanos, sino también de los godos que los acuchillaban desde el suelo.

Safrax suspiró. La herida no parecía muy grave; sobreviviría.

Pese a todo, el emperador había conseguido escapar definitivamente.

Desde allí ya sólo se distinguía, a lo lejos, una tenue columna de polvo que ascendía hacia el cielo.

A su alrededor, la última resistencia romana era vencida poco a poco.

Esa jornada habían conseguido una victoria prácticamente completa.

Se habían impuesto en el campo de batalla y podrían decidir si devastar cuanto encontraran en su camino en adelante o negociar con el Imperio desde una posición de fuerza. «Al fin, todo ha terminado», pensó.

Y entonces llegaron a sus oídos los gritos de júbilo. Tras horas de lucha, años de sufrimiento y meses de dudas, se sabían vencedores, y los hombres clamaban venganza. No tardaron en lanzarse en persecución de quienes pugnaban por salvar sus vidas.