Capítulo XXX #4
Lo habían hecho miles de veces antes, todos ellos; pero en aquellas circunstancias, por muchos años de servicio que llevaran todos los que seguían a Nepociano, resultaba muy difícil.
Sabían que los infantes godos estarían descendiendo tras ellos por la colina, si no era el armazón de un carromato el que seguía sus pasos ganando velocidad a cada palmo.
Muchos tropezaban en el irregular terreno; quienes caían apenas tenían tiempo para levantarse sin que sus compañeros les pasaran por encima, pues, si se detenían o la formación se deshacía, estarían perdidos.
Agachados bajo los escudos, no vieron que, al final de la pendiente, los jinetes alanos, hunos y taifalos, ebrios por la victoria, los estaban aguardando arco en mano.
* * *
Lo primero que percibió Zandipo fue un hedor intenso que le puso la piel de gallina.
Aún sostenía la tela que daba entrada a la tienda cuando vio a dos figuras que le daban la espalda.
Una era, claramente, Hilduara. Dio un paso más, en silencio.
Distinguió entonces aquellas pieles oscuras casi sin curtir y la oscuridad densa que emanaba de ellas, y ahogó un reniego al reconocer al hechicero huno.
¿Qué hacía ese demonio allí dentro? ¿Y por qué Hilduara se contentaba con mirar en la misma dirección que el hechicero, sin encararse a él o mostrar temor?
Al tercer paso, todo pareció dar vueltas frente a sus ojos.
Ataúlfo dormía inquieto sobre el jergón, pero Zandipo no podía desviar los ojos del cuerpo martirizado del pequeño Viterico.
Pese al calor, sintió que el frío se apoderaba de sus entrañas, pues la escena que tenía frente a sí parecía extraída de la pesadilla que había conseguido aterrorizarlo desde que aquellos hombres de piernas torcidas irrumpieran en la estepa: era uno de los sacrificios rituales que tanto había temido sufrir en sus propias carnes.
Un acto terrible, durante el que las manos del hechicero no dejaban de hurgar en el interior del abdomen del pequeño, allí donde el puñal había rasgado su piel y cortado su carne.
Bleda tenía manchados de sangre ambos brazos hasta los codos, pero continuaba extrayendo uno a uno los órganos y depositándolos sobre uno de los vellones, como en trance, murmurando y canturreando.
Hilduara, a su lado, sopesaba alguna víscera entre las manos; parecía asqueada, pero a la vez hipnotizada con la sensación que el gelatinoso tejido dejaba sobre su piel.
Zandipo no quiso ver más. Reunió cuanto valor le quedaba, agarró con fuerza el puñal y se abalanzó hacia el hechicero.
Antes de que éste pudiera darse la vuelta, el alano le clavó la hoja en la espalda.
Hilduara gritó, sorprendida, y dejó caer al suelo la oscura y sanguinolenta masa que había estado sujetando.
Sin perder tiempo, el viejo alano, con la mano libre, había agarrado ya al huno por el pecho, mientras seguía hincando el arma en su presa.
Bleda graznó como un cuervo, y su puñal cayó sobre el cuerpo del pequeño Viterico.
Hilduara, desconcertada, observó el forcejeo de los dos hombres.
Comprendió enseguida que la herida mataría a Bleda, pues Zandipo había alojado el puñal con firmeza entre sus costillas.
El hechicero moriría irremediablemente, y lo haría antes de que el sacrificio se completara, antes de que le revelara lo que veían sus dioses.
Hilduara blasfemó, llena de ira y frustración; y pronto sintió miedo también, al comprender que su coartada no se sostendría, pues Zandipo la había descubierto.
Fuera de sí, no dudó: justo cuando Bleda gañía como un lobo malherido y cedía en su resistencia, ella recuperó el puñal del hechicero y se lanzó sobre Zandipo, hiriéndolo en el costado.
El alano dejó escapar un grito, mezcla de sorpresa y de dolor, y al instante siguiente se desplomó el suelo, con los ojos muy abiertos, dejando libre al huno.
«Ya está», pensó Hilduara, tratando de calmarse.
Sólo tendría que explicar que se habían matado el uno al otro y que, durante la lucha, ella había conseguido escapar del cautiverio al que la había sometido el hechicero.
Nadie la acusaría del asesinato del pequeño.
«Safrax me creerá», se convenció. Volvió la vista a los dos cuerpos en el suelo.
Todavía sujetando el puñal, se llevó la mano a la frente para apartarse un mechón sudoroso que le caía sobre su rostro.
–¿Madre? –la llamó Tulga desde la puerta, consternado.
Hilduara, conmocionada, creyó escuchar la voz como si ella misma estuviera en el lecho, dormida, como tantas otras noches, y su hijo la despertara tras una de sus muchas pesadillas.
Se volvió. Él estaba allí, de pie, observándola con los ojos muy abiertos y un gesto de terror.
Caina, a su lado, lo agarraba por los hombros, como queriendo protegerlo.
–Tulga –lo llamó Hilduara.
Al abrir los brazos para que el muchachito se acercara a ella, reparó en que aún sostenía el arma con la que había puesto fin a la vida de Zandipo.
La dejó caer, pero para entonces era demasiado tarde.
Caina tomó al muchacho de la mano, se dio la vuelta y echó a correr, arrastrándolo tras ella.
Agarró también a Gosvinta, que no había llegado a entrar a la tienda, y a los pocos pasos tropezaron de frente con Amage, Aleda, Baddo y Ragnahilda, que creían haber escapado de un infierno para meterse de lleno en otro.