Capítulo XXX #3
Aquello resultó demasiado para él, y el vómito terminó por acudir a su boca.
Quedó allí, postrado en el suelo, con la garganta rasposa y un sabor acre en la boca.
Poco después, intentó ponerse en pie. Se limpió la cara con la manga de la camisola y echó otro vistazo al cadáver, recorriendo con la mirada el macabro dibujo que había formado la sangre en su pecho inmóvil.
Era de los suyos, un muchacho algo mayor que Teudiselo; su cuerpo desgarbado también le recordaba a él.
Y aquella espada... Se acercó un poco más, angustiado, casi sin poder respirar, hasta que llegó a acariciar el rostro de su hermano.
Alarico, deshecho en sollozos, cayó de rodillas junto a él.
* * *
Zandipo no dejaba de lanzar miradas nerviosas a su espalda.
Atrás habían quedado las carretas y la lucha, y una parte de él temía que las tropas del emperador consiguieran vencer al fin y se desparramaran por la colina repartiendo muerte entre los más desprotegidos.
Por eso azuzaba a los muchachos sin atender a sus protestas, pues era necesario alejarse de allí sin tardanza, para, llegado el caso, intentar huir por la ladera norte.
No sabía adónde irían, pero tampoco le importaba, porque tampoco llegarían muy lejos.
Se conformaría con prolongar la vida de los niños durante una jornada más cada vez.
Tras él, Caina estrechaba a Tulga entre sus brazos para acallar sus sollozos. El pequeño estaba exhausto, y también asustado; más allá, Gosvinta los seguía sin despegar los labios.
Cuando el anciano vislumbró a lo lejos las tiendas que ellos mismos habían plantado días antes, aceleró aún más el paso, embargado repentinamente por una extraña sensación.
Aquí y allá, a un lado y a otro, miles de hombres y mujeres atemorizados llenaban la colina de lamentos y oraciones, provocando un bullicio que parecía llenar toda la colina; a excepción de la tienda que había sido de Amage, que parecía en silencio.
Zandipo era capaz de percibirlo, como si aquel punto fuera ajeno a todo lo que sucedía alrededor.
Cerró los ojos con fuerza, pero aquella sensación no hizo más que acentuarse hasta casi dejarlo sin respiración.
–Zandipo, ¿estás bien? –preguntó Caina, preocupada.
Él no respondió, atento como estaba a la oscuridad que emanaba de aquel lugar, tan profunda que era capaz de ocultar la luz del sol.
–Aguardad aquí –respondió, tanteando el puñal que siempre guardaba sujeto sobre su muslo, escondido bajo el sayo.
* * *
Nepociano había perdido la cuenta de los enemigos que habían caído bajo la hoja de su espada.
Durante horas había olvidado la sed, el calor y el cansancio.
Su brazo se movía mecánicamente, tal y como llevaba media vida repitiendo un día tras otro en los campos de instrucción de Brigetio.
Había visto caer a muchos de sus compañeros, pero los huecos que habían dejado no habían tardado en ser ocupados por otros legionarios, la mayoría desconocidos para él.
La formación imperial se venía abajo. No tenía más remedio que alabar la tenacidad de los godos.
Ningún otro pueblo que él hubiera conocido hubiera soportado un correctivo como el que ellos les habían infligido sin huir en desbandada; pero, igual que en sus filas, cada vez que un godo caía eran dos los nuevos guerreros que aparecían más allá del muro de carretas.
Su espada seguía segando vidas; mellada ya en toda su superficie, más que cortar golpeaba, como si se tratara de una basta barra de metal sin trabajar.
Había acabado con la vida de hombres maduros, de jóvenes imberbes, de grandes guerreros, de individuos torpes de ojos asustados.
Pero, cada vez que acababa con un nuevo enemigo, otro ocupaba su lugar.
Y ahora todo parecía haber terminado. Llevaban todo el día combatiendo sin retroceder un palmo de terreno, y las escasas fuerzas que les restaban tras la larga marcha en aquel día de verano se agotaban.
Pero no era aquello lo que había precipitado el final.
Hasta el último de los hombres, legionarios, auxiliares, martiarii , batavi y lanciarii , sabía para entonces que el emperador huía y que su caballería había sido puesta en fuga.
Y, en ese momento, los jinetes enemigos comenzaban a disparar sus flechas hacia la retaguardia de las unidades de infantería.
Miles de hombres comenzaron a retroceder por la colina de forma ordenada, mientras que quienes se encontraban en la retaguardia seguían combatiendo.
Los infantes godos, tras horas de martirio, no podían creer lo que ocurría, y, envalentonados, se abalanzaron con fiereza contra los escudos imperiales, tratando de desmoronar la formación y arrollar a los legionarios.
Y algunos no tardaron en asaltar la segunda línea del muro de carromatos, donde éstos contaban aún con las ruedas, dispuestos a lanzarlos pendiente abajo, tras los pasos de sus odiados enemigos.
Aquello fue demasiado para la castigada moral romana. A la orden de Nepociano, Trebonio se colocó en vanguardia, y los legionarios echaron a correr ladera abajo. Guiados por la voz del centenario, avanzaban en testudo, sin apartar un instante los ojos del terreno irregular.
Nepociano oía la potente voz del centenario como si llegara desde muy lejos, mucho más que las tres cabezas que lo separaban.
Como en una pesadilla, se obligó a mirar al suelo y a avanzar con cuidado.
La voz de su viejo compañero de armas era la única guía que tenía acerca de lo que ocurría a su alrededor.