Capítulo XXX #2
Valente no le respondió. Nadie lo hizo. Un silencio engañoso los envolvió.
Estaban a un paso de sufrir una derrota absoluta, tanto en el campo de batalla como por la pérdida del emperador, si es que aquello realmente ocurría.
Víctor dedicó una última mirada al augusto y luego paseó la vista por entre quienes lo rodeaban, la mayoría pertenecientes a su cuerpo de protectores.
En sus rostros se podía vislumbrar el fracaso, pese a que apenas hubieran luchado ese día.
Si Valente fallecía, quedarían deshonrados para siempre.
Víctor agitó la mano para atraer la atención de todos.
–¡Regresamos a Adrianópolis! –dijo, alzando la voz para que lo escucharan incluso en las últimas filas–. ¡Pondremos a salvo al emperador!
Aunque sus palabras no produjeron un efecto inmediato, poco a poco, bajo la supervisión de los clibanarios que acompañaban a Víctor, los protectores comenzaron a formar. Sólo uno se separó del grupo y se acercó al sármata.
–Mi señor Víctor –saludó Estilicón con voz rasposa, quitándose el casco para que lo pudiera reconocer.
El general no respondió, sino que se contentó con inclinar la cabeza.
Centraba su atención en comprobar cómo los hombres comenzaban a desfilar hacia el sur, lejos del campo de batalla; luego dirigió la mirada hacia donde la caballería árabe combatía con alanos y hunos.
Iba a atender al hijo de su viejo amigo cuando se percató de que Pablo venía hacia ellos al galope, haciendo avanzar a su montura en sentido contrario al que para entonces llevaba el ejército ya en retirada.
Al toparse con la mirada del general, el alano, sin desmontar ni frenar su carrera, señaló hacia el lugar donde las últimas tropas de caballería, comandadas por Flavio Constancio y el magister militum Saturnino, continuaban luchando.
Allí, una nueva cuña de alanos había conseguido atravesar la posición de los protectores y ya avanzaba hacia donde ellos se encontraban a toda la velocidad que les permitían sus cabalgaduras.
El rostro del general sármata se contrajo en una mueca.
En poco tiempo los tendrían encima. Y el emperador, herido como estaba, no soportaría una retirada a galope tendido.
Su única oportunidad consistía en ganar tiempo, en retrasar todo lo que pudieran a sus enemigos hasta que el augusto hubiera conseguido alejarse lo suficiente del campo de batalla.
–Mi señor Víctor –Pablo pareció leer sus pensamientos–, la retirada será una matanza si alguien no los contiene. Y Valente os necesita –afirmó el alano, desenvainando la espada con un chirrido.
El general sármata hizo amago de protestar.
Aquello condenaba a los suyos a una muerte cierta.
En ese momento, a su espalda, oyó el sonido de decenas de espadas, y Víctor no pudo ocultar una sonrisa de orgullo.
Sus hombres se unían a la llamada de aquel que llevaba quince años siendo su sombra.
En la mirada del alano no había temor, tampoco duda.
Víctor suspiró. No lo hubiera querido así, pero ciertamente era lo justo: él cuidaría del emperador mientras su sombra, su mejor guerrero y su amigo combatía por él para otorgarles tiempo.
Pablo asintió con firmeza, serio. Nada había vuelto a ser igual para él desde que había cruzado su espada con aquellos hunos tan al sur.
Había matado a cuantos había podido, pero no eran suficientes.
Un único pensamiento lo martirizaba: su presencia allí significaba que su pueblo había caído, como tanto había temido su padre.
Y él no había estado con ellos para luchar, para defenderlos.
Les había fallado. Y había tardado quince años en darse cuenta.
No existía penitencia alguna que pudiera aplacar el dolor que le había atravesado el pecho al comprenderlo.
Para entonces, había tomado una decisión, la que no se había atrevido a tomar una vez sus heridas habían sanado: que Jesucristo lo perdonara, pero no podía, ni quería, seguir viviendo con aquella mácula en el alma.
Él sabría perdonarlo, como siempre había hecho, pensó justo antes de tomar la palabra.
–Llevo años intentando no morir de viejo, pero hasta ahora la fortuna me ha resultado esquiva. Me quedan pocas oportunidades más, pues en breve no tendré edad para seguir combatiendo a lomos de una montura –dijo, esbozando una sonrisa que, pese a las circunstancias, le iluminó el rostro.
Víctor miró alternativamente a su viejo amigo y a los jinetes enemigos que se acercaban al galope.
Nunca hubiera imaginado que la separación, tras quince años combatiendo hombro con hombro, pudiera ser tan efímera.
Quizás así debía ser el final, al fin y al cabo.
Le dedicó una última mirada agradecida, y Pablo volvió a sonreír a la que había sido su guardia.
Reparó entonces en que aquellos jóvenes alanos, Goar y Palaco, iban aún con él.
Ellos no eran de los suyos, no le debían nada ni nada podía pedirles.
–Pablo, viejo amigo, permite que los muchachos de Nepociano regresen con el emperador.
–Vosotros seguiréis con el general –les ordenó inmediatamente Pablo, asintiendo con la cabeza
Ellos se miraron entre sí. «Parecen decepcionados en lugar de aliviados», se enorgulleció Pablo.
–Pero... –trató de protestar Goar.
Pablo le hizo gesto para que se callara.
–Es la última orden que os doy, así que cumplidla.
Víctor echó un nuevo vistazo hacia los jinetes a su espalda. Debían darse prisa si querían poner a salvo al emperador.
–No. Todavía Cayo Nepociano no nos ha liberado de su mando, así que aún no tenemos por qué obedeceros. Os seguiremos, os guste o no; y sabéis tan bien como yo que no hay tiempo para discutir –se oyó entonces a Goar, decidido.
Víctor lo miró con sorpresa, y Pablo bufó. Realmente aquellos muchachos eran tan valientes como obstinados. Pero nada más podía hacer por ellos, salvo morir a su lado.
En silencio, el veterano general sármata se llevó la mano al pecho y acarició el crucifijo de plata y nácar que siempre llevaba consigo, el mismo que había dejado en las gélidas manos del alano quince años atrás. Se lo quitó y se lo tendió una vez más.
–El Señor nos enseñará el camino a partir de hoy, como ha hecho siempre, viejo amigo. Él es la única verdad –dijo Víctor.
«No queda otra opción», pensó el veterano maestro de caballería. Si el Señor Todopoderoso quería, se verían nuevamente allí, en aquel valle de lágrimas al que llamaban hogar; si no, lo harían a las puertas del cielo y serían dichosos para siempre.
Tiró de las riendas para que su caballo emprendiera la marcha. La vida del emperador pendía de un hilo.
* * *
A través de las ruedas cegadas, Alarico alcanzaba a ver cómo cada vez eran más los cuerpos sin vida que tapizaban la tierra.
Cuando un guerrero caía, uno nuevo saltaba desde el muro para rellenar las líneas.
Las bajas sufridas ante la incontenible marea romana debían de ser muchas, pero aún resistían.
Y él se había convertido en un atónito observador de las ya tantas horas de lucha.
Se había hecho sangre en el labio, pues se lo mordía con fuerza, inconscientemente, en cada momento de tensión.
Ignoraba cuánto tiempo llevaba allí, inmóvil, atenazado por el miedo; pero, llegado un momento, el sol, en lugar de desaparecer por el horizonte, pareció iluminar en mayor medida el lugar donde se resguardaba.
Poco tardó en comprender lo que sucedía.
Las ordenadas filas romanas, mermadas y acosadas por greutungos, alanos y hunos, comenzaban a retroceder colina abajo.
Sin poder evitarlo, Alarico lanzó un grito, liberando así su rabia y su miedo.
Al instante, se estiró cuanto pudo en el suelo, temeroso de que alguien lo hubiera escuchado; sin embargo, el estruendo que dominaba el campo de batalla hacía imposible que los hombres pudieran distinguir un sonido de otro.
Lo que se esperaba fuera una maniobra ordenada degeneró en una huida sin orden alguno, y los romanos corrieron en desbandada, cada uno por su lado, pensando únicamente en salvar la vida.
Quienes hasta entonces habían resistido frente a los carromatos saltaron de alegría y, eufóricos, parecieron olvidar el agotamiento y comenzaron a perseguir a sus enemigos ladera abajo entre alaridos y con las armas enarboladas.
Contagiado por la euforia de su gente, Alarico ni tan siquiera pensó en lo que hacía.
Golpeó con los pies los cascotes y maderos que obstruían parcialmente los bajos de la carreta y salió de su escondite.
Nadie le dijo nada ni pareció sorprenderse de verlo allí, concentrados como estaban en lo que acontecía en la ladera, y el pequeño sonrió al sentir la caricia de la brisa en sus cabellos tras tantas horas oculto.
Buscó dónde asentar los pies, tarea casi imposible en aquel campo de muerte, y poco a poco fue pasando por encima de los cuerpos inmóviles y también de otros que todavía se retorcían.
Se detuvo de repente y se llevó la mano a la cintura: debía de haberse dejado el puñal bajo la carreta.
Dudó, pero enseguida se dio cuenta de que a su alrededor abundaban las armas sin dueño.
Al mirar al suelo para buscar una, sintió que el estómago se le encogía y que a la boca le ascendía el sabor de la bilis.
Agachó la cabeza para eludir las arcadas, pero al hacerlo sus ojos quedaron frente a la enorme herida que había abierto una lanza en el pecho de uno de los guerreros.