Capítulo XXX
CAPÍTULO XXX
Hilduara aguardaba en la entrada de la tienda, pues no había querido presenciar el ritual. Lo escuchaba desde la distancia, y aquel susurro sibilino la estremecía.
La mujer había contenido la respiración a medida que la cadencia de la letanía aumentaba hasta convertirse en un frenesí del que ni ella misma fue capaz de escapar.
Incapaz de resistirse durante más tiempo, cerró la entrada de la tienda y se acercó al hechicero.
Aun teniéndolo de espaldas, se fijó al instante en las manchas de color rojo intenso en el vellón de lana.
Se volvió y cerró los ojos. Le faltaba el aire.
Como atrapada en un sueño macabro, avanzó tres pasos más y se asomó por encima del hombro de Bleda.
A un lado, Ataúlfo dormía presa de un sueño inquieto, artificial; los ojos se le movían constantemente bajo los párpados, como si se esforzara en despertar de una cruel pesadilla: la antesala de lo que le ocurriría después.
Luego desvió la mirada, y sintió una punzada en el vientre al ver a Viterico: el afilado puñal de Bleda le había rasgado el abdomen para después seguir cortando la carne alrededor de las vísceras.
Pero el hechicero todavía no había terminado su labor; con gran pericia, sujetando la hoja con la mano izquierda, la hendía en el tejido que recubría los órganos para poder extraerlos.
Hilduara se contuvo para no vomitar. Con el amargor de la bilis en la boca, lejos de acobardarse, pareció despertar. Había un motivo para estar allí. Aquel muchacho debía ser sacrificado en honor de los dioses del oscuro hechicero, pero también de los suyos.
–Donar, acepta este sacrificio por la vida de tu protegido –susurró, cerrando los ojos con fuerza.
–Estás ahí, mujer –dijo el huno, extasiado por su labor, sin molestarse en mirar a su espalda.
La mujer se pasó la lengua por los labios resecos; cuando habló, su voz le sonó extraña; sibilante, como si ella misma fuera una serpiente.
–Dime: ¿mi hijo será rey?
* * *
Al galope, Víctor encabezaba a los suyos hacia el centro de la formación imperial, ganando velocidad a medida que avanzaban en campo abierto.
Los caballeros pesados que formaban a su lado pronto quedaron atrás, mientras que los jinetes árabes, más ligeros, se adelantaban dispuestos a apoyar a Valente y los suyos.
La carga ejecutada por la caballería alana no había resultado tan brutal en las líneas de protectores como entre las tropas de Bacurio.
Para entonces no estaban tan descansados, habían sufrido bajas, y muchos habían perdido sus largas lanzas; además, habían perdido el efecto sorpresa, y los protectores de Valente, hasta el momento sólo vigilantes, estaban ansiosos por entrar en la batalla.
Consciente de ello, Flavio Constancio se había separado con sólo medio centenar de hombres, dejando que fuera Saturnino quien dirigiera al galope al grueso de las tropas contra el cuerpo principal del enemigo.
El impacto, brutal, provocó un sonoro estruendo, como si una tormenta de verano se abatiera sobre la llanura presta a poner fin al bochorno sufrido durante toda la jornada.
Sin embargo, ninguna gota de lluvia vino a mitigar el calor de los hombres, ni tampoco la sed que llevaba horas atormentándolos.
Decenas de caballos cayeron, pero muchos más fueron los jinetes que lo hicieron.
El tremendo choque hizo que la tierra, hasta entonces ajena al combate, quedara cubierta de cuerpos y armas por doquier.
Y cundió el pánico. Sin dudarlo, Constancio, que avanzaba en paralelo a la fuerza principal, ordenó atacar sobre el flanco de los aún aturdidos jinetes alanos.
Sabiendo que combatían sin escudos, una vez sus monturas quedaran encajonadas entre los protectores perderían su mayor ventaja.
Sin las lanzas y sin otra protección que sus armaduras, por muy resistentes que aquéllas fueran, pronto quedarían a merced de los romanos, más acostumbrados a combatir cuerpo a cuerpo sobre sus animales.
Con un alarido animal, que liberó parte de su nerviosismo, el vándalo golpeó con la espada al primer alano que se encontró en el camino.
Pero la hoja resbaló sobre la protección de su oponente sin atravesarla, pues desde su caballo en movimiento Flavio Constancio no había sido capaz de apuñalar, sino únicamente de golpear con el filo de su hoja.
El impacto lanzó al suelo al joven Tasio.
Allí, tendido sobre la tierra, el alano se hizo un ovillo, tratando de evitar las poderosas patas de los caballos imperiales.
Un dolor lacerante le latía en el hombro izquierdo, donde había recibido la estocada del veterano vándalo; aulló y mordió la rala hierba que había arraigado en el suelo, tratando de mitigar el dolor.
Con los ojos entrecerrados, vio que el contorno de los caballos provocaba que el sol desapareciera por unos instantes de su vista, así que aguardó a que éste se le mostrara de nuevo, como durante todo el día, de forma inclemente.
Sólo entonces se atrevió a ponerse en pie.
Con la espada en la diestra, avanzó a trompicones, pese al dolor, tratando de esquivar a los caídos.
Pronto se dio cuenta de que quienes los atacaban desde aquel flanco eran sólo unas pocas decenas de hombres.
Los alanos luchaban con fiereza, y, cerca ya, grupos de greutungos dejaban sus monturas y avanzaban a la carrera hacia ellos para tratar de abortar el contraataque romano.
Tasió oraba en voz alta. Caminaba por allí donde los romanos creían que no habían dejado superviviente alguno, entre sus enemigos, y aprovechaba la confusión para acuchillar desde abajo las patas de los caballos que encontraba a su paso.
A cada relincho de desesperación, el joven creía sentir su mismo dolor.
Los greuntungos ya apuntalaban las posiciones alanas, como si fueran la argamasa necesaria para afianzar un muro tambaleante.
Con tal cantidad de jinetes enmarañados en combate, difícilmente se conseguía que las monturas obedecieran las órdenes, y los godos, aprovechándose de las circunstancias, comenzaron a rodear a los protectores y acosarlos desde todas las direcciones.
Cuando Tasio llegó al último de los protectores que continuaba sobre su montura, el mismo que lo había golpeado antes, enterró su espada en los cuartos traseros del caballo y esperó a que aquél cayera para ensartarlo al suelo.
Flavio Constancio sintió cómo su montura perdía fuerza, y enseguida comprendió que su hora había llegado.
Estaba solo en medio de un mar de enemigos.
* * *
Los expertos arqueros de Safrax, entre los cuales también se encontraban decenas de hunos, se desplegaron por el campo de batalla formando un círculo alrededor de los protectores del emperador. La lluvia de flechas fue inmediata.
En medio del caos, Flavio Estilicón se protegió como pudo con su escudo mientras veía cómo hombres mucho más experimentados que él temblaban sin poder hacer nada por evitarlo.
Debían soportar aquella mortal tormenta sobre ellos, atrapados a merced de sus enemigos, que no dejaban de ulular salvajemente.
Una flecha se clavó en la pierna del protector que se encontraba a su lado.
El alarido de dolor aterrorizó a Estilicón, que se agachó aún más.
Los gritos de los heridos se multiplicaban, cada vez más fuertes, mezclándose con el siseo de las saetas que surcaban el cielo en su mortal descenso.
El joven, parapetado bajo el escudo, no se atrevía a estirarse para mirar hacia su padre, por delante, ni tampoco hacia la retaguardia, por donde confiaban en que aparecieran las tropas de Víctor. Aquélla era su última esperanza.
Los oficiales que custodiaban a Valente se removieron.
Debían anticiparse o morir. La orden desesperada de agruparse, formar y marchar hacia el ala derecha, por donde debían llegar los refuerzos, no se hizo esperar.
Al oírlos, Estilicón llegó a temer que el emperador hubiera sido abatido.
Angustiado, echó un rápido vistazo sobre su hombro.
Al ver que el augusto aún se mantenía sobre su montura, rodeado por sus más fieles, aferró las riendas con firmeza y, aún con el escudo en alto para protegerse, decidió confiar su vida a su caballo, aquel hermoso ejemplar que su padre le había regalado al cumplir los diecisiete años.
Paso a paso, la formación en cuña de los protectores, con el emperador en su centro, hizo retroceder a los arqueros alanos y hunos, que continuaron disparando desde la distancia, acompañándolos y diezmándolos.
En medio del martirio, llegó al fin el milagro: los intrépidos árabes irrumpieron entre los bárbaros en una salvaje galopada.
Alanos y hunos, obligados a centrarse en los fieros jinetes del desierto, dejaron abierta para Valente y los suyos una vía de escape hacia el sur.
Y, poco después, desde allí asomó la columna de caballería comandada por Víctor.
Sin tiempo que perder, y pese al cansancio acumulado, el general sármata mandó a una parte de sus hombres a apoyar a los jinetes árabes.
Y, de inmediato, hizo avanzar a su caballo entre los protectores hasta quedar frente al emperador, quien, para entonces, era sostenido a duras penas sobre el caballo por uno de los suyos.
En cuanto el sármata tuvo frente a sí al augusto, pese al calor que había tenido que soportar durante toda la jornada, el cuerpo se le quedó helado.
El astil de una flecha alana le sobresalía de una de las cuencas oculares.
Valente estaba inconsciente y gravemente herido, pero todavía respiraba.
–Mi señor Valente –murmuró Víctor. Su elegante armadura estaba cubierta de mugre y sangre, su caballo cojeaba, y él apretaba los dientes cada vez que aquél se desplazaba, herido sin duda; pero nada de aquello tenía importancia ante la visión del hombre al que había jurado servir a las puertas de la muerte.