Capítulo XXIX #3
–¡No! –bramó Constancio. Algunos de los protectores se removieron en sus monturas, nerviosos–. Tú permanecerás con el emperador, y os retiraréis en cuanto os sea posible. ¿Me has entendido? ¡Me has entendido!
Estilicón le sostuvo la mirada y se mordió el labio inferior.
Lo entendía, pues en ese instante no era su progenitor, era el tribuno scholae , su superior, y él no era más que un subordinado.
Lo saludó con la mano y tiró de las riendas de su caballo, dispuesto a perderse entre las líneas de protectores que formaban prestas para combatir.
Los dejaría atrás y se dirigiría hacia aquel centenar de jinetes que representaban la última defensa del emperador Valente.
* * *
Goar ignoraba el número de enemigos que había abatido con el arco, pero nunca olvidaría al primer godo que había atravesado de parte a parte con la espada.
Se había acercado a él sin que lo advirtiera, y únicamente el grito de Palaco lo había salvado de perecer allí mismo, en su primera batalla.
Después de aquél habían venido tres más, y a cada uno que abatía su sed de sangre no parecía apagarse; todo lo contrario.
Habían seguido la estela de Víctor desde el inicio de la lucha.
Si bien al principio se habían contentado con disparar los arcos desde la distancia, pronto, y sin esperárselo, se vieron inmersos en lo más crudo del combate.
Gracias a los faldellines de cuero revestidos de metal de los caballos, éstos no habían muerto en aquella llanura regada por la sangre de tantos combatientes.
El mismo servicio les habían proporcionado tanto a él como a Palaco las armaduras que vestían, mucho mejores que las que utilizaban francos y burgundios, a los que apenas habían visto durante la lucha.
Cuando ya no eran conscientes del tiempo transcurrido ni del signo de la batalla, Pablo se había acercado a ellos.
Seguía sobre su montura, pero había perdido el casco y su cabello tenía salpicones de sangre, como si la prístina nieve de las montañas hubiera sido mancillada por la sangre; de igual manera, su armadura aparecía golpeada y manchada allí donde los jóvenes miraran.
Pese a su terrible estampa, el veterano alano sonreía, y ellos lo miraron con asombro, aún sosteniendo las empuñaduras de sus espadas como si estuvieran en lo más encarnecido del combate.
Bisoños como eran en aquellas lides, no habían reparado en que la presión enemiga había menguado.
Eran ya muy pocos los que todavía combatían a su alrededor.
–Habéis demostrado que sabéis luchar, muchachos, y con creces –dijo, inclinando la cabeza hacia ellos en señal de respeto–.
Nunca ando sobrado de hombres que puedan servir conmigo, así que, si lo queréis, tenéis un lugar entre los míos.
No creo que Cayo Nepociano se niegue a liberaros, pues Víctor puede resultar muy persuasivo cuando se lo propone...
De pronto, los alanos sintieron todo el cansancio que habían mantenido a raya hasta entonces.
Goar intentó envainar el arma, pero el temblor de su pulso hizo que finalmente desistiera y se tuviera contentar con dejarla descansar sobre sus muslos.
Le devolvió la mirada a Pablo, agradecido y orgulloso.
Pensó en su abuelo Beuca, que lo había alejado de su lado como quien aparta a un perro de una patada, y en cuánto había detestado hablar de su hijo Respendial, su tío, el padre de Safrax.
En el fondo, Respendial y él no debían de ser tan diferentes, pensó, pues ambos compartían el odio que les profesaba Beuca.
A él, por ser diferente, por ser un mestizo; a su tío, por haber abandonado a los suyos para luchar en las guerras de otros.
Ni más ni menos que lo que hacían hombres como Pablo, quien ahora le ofrecía convertirse en todo aquello que había odiado su abuelo.
Goar suspiró. «Sí, éste es mi lugar», se convenció.
Tras vagar durante años, al fin estaba en casa.
No muy lejos de allí, Víctor jadeaba por el esfuerzo.
El brazo de la espada le pesaba como si estuviera cargando con el peso de un yunque; pero el dolor, el agotamiento, las heridas...
nada importaba, porque lo habían conseguido.
Allí hasta donde alcanzaba su vista, godos y hunos huían a lomos de sus monturas hacia el norte, lejos de la colina, y quienes no lo hacían eran masacrados sin piedad por sus árabes, cuyos caballos parecían frescos, aunque aquello le resultara imposible de creer en semejantes circunstancias.
«La victoria está cerca», pensó, embargado por una súbita sensación de alivio.
Volvió entonces la vista hacia el otro extremo del campo de batalla, donde por fin el humo parecía remitir.
Alarmado, observó que una nueva fuerza de caballería enemiga había aparecido por sorpresa y estaba desarbolando a su paso al ejército imperial.
Su primer pensamiento fue para su amigo Bacurio, quien debía haber sido el primero en sufrir aquel inesperado embate, pero al instante no tuvo más remedio que olvidarse del ibero, al comprender que la vida del mismísimo emperador corría peligro. «Debo protegerlo», fue cuanto pensó.
–¡Pablo! –gritó, sorprendido al no encontrarlo cerca, como sí estaban otros de sus guardias personales–. ¡Pablo!
–Mi señor –contestó éste enseguida, llegándose cerca.
Víctor asintió aliviado Tanto su capitán como la mayoría de los suyos, incluso aquellos dos jóvenes, seguían con vida.
–Que cese la persecución. Reúne a los hombres, a todos. Debemos acudir en ayuda del emperador antes de que sea demasiado tarde.