Capítulo XXIX #2
Eran muchos los ancianos y mujeres que habían encontrado la muerte mientras acometían su labor. Cuando el peligro fue evidente y salir de los improvisados refugios se tornó casi suicida, fueron los propios guerreros de la retaguardia quienes se encargaron de atajar los posibles incendios.
Baddo miró hacia su derecha, donde Ragnahilda y Aleda se escudaban tras un tonel que, revestido de saetas, asemejaba un erizo. Incluso desde aquella distancia era capaz de adivinar el rostro angustiado de la mujer de Alateo.
El súbito impacto de un nuevo proyectil la sobresaltó. Al instante, sintió una punzada lacerante y aulló de dolor, al tiempo que se llevaba la mano a la cabeza. Una punta había atravesado la madera, hiriéndola.
–Hija mía –dijo Amage, angustiada, tomando la mano de la muchacha entre las suyas.
–Estoy bien –trató de tranquilizarla–. Sólo es un rasguño. ¡Pero mira...! –Señaló al frente, por donde una sombra parecía acercarse hacia ellas.
–Es Zandipo –exclamó Amage, reconociéndolo–. ¡Zandipo! ¿Qué haces ahí? ¡Ponte a cubierto!
El santón caminaba con gracia, ajeno a la feroz lucha a su alrededor. Era como si pudiera sortear los proyectiles a voluntad, o como si las propias flechas lo respetaran y se apartaran de su camino. Sus ojos escrutaban la escena, tratando de localizar al pequeño Alarico.
–Por los dioses, Zandipo, ven aquí o conseguirás que te maten.
El santón negó con la cabeza.
–Me he encontrado con Caina, Tulga y Gosvinta; buscaban a Alarico. Nadie sabe dónde está el muchacho. Les he dicho que regresen a la tienda y permanezcan a salvo, que yo mismo intentaré dar con él.
–¿No está con Hilduara?
–Al parecer, ha desaparecido.
–¿Y Caina y los pequeños estaban aquí? ¿Y dónde está esa mujer? ¿Acaso ha perdido el juicio? ¡Cómo se le ocurre dejar a los niños solos! –gritó Amage.
–Están a salvo. Es Alarico quien me preocupa –trató de aplacarla Zandipo.
–¿Acaso crees que tú no corres peligro, viejo estúpido?
¿Crees que tu piel es de hierro para caminar así bajo las flechas?
Busca a Caina y a Tulga y asegúrate de que vuelvan a la tienda.
Así sabré que al menos uno de cuantos llevan mi sangre está a salvo...
, mientras quede algún lugar seguro, claro está –gruñó.
–Nosotras buscaremos a Alarico –intervino Baddo.
El alano miró alternativamente a ambas mujeres, pero comprendió con rapidez que no había nada que pudiera hacer, salvo cumplir lo que le pedía su vieja amiga.
–Éste tampoco es lugar para vosotras. Prometedme que lo abandonaréis antes de que las defensas se quiebren.
Baddo asintió, a la vez que se pasaba los dedos por la herida en su cuero cabelludo.
Aunque sus ojos miraban al santón, su mente proyectaba el terrorífico instante en el que las defensas quedaban desarboladas por las tropas imperiales.
La sangre se desparramaba por doquier, y escuchó los gritos de quienes morían bajo las armas y botas romanas.
Vio el fuego, hasta creyó sentirlo. Después de eso, la nada, la oscuridad, el silencio; pero no la paz.
* * *
La cuña formada por Safrax y los suyos emergió al galope desde el otro lado de la colina, abalanzándose sobre las sorprendidas tropas de Bacurio, que bastante tenían para entonces con resistir frente a la caballería de Uldin.
Las lanzas alanas destellaron bajo los rayos del sol de media tarde, cuando Safrax encabezó a sus hombres hacia el infierno.
La caballería romana se hizo jirones como las nubes al llegar la tormenta a su fin. La carga de los alanos desarboló a los iberos de Bacurio, que cayeron muertos o heridos, y continuó su marcha imparable arrollando a su paso la hasta entonces ordenada formación de auxiliares y arqueros.
A lo lejos, Valente dirigió su mirada hacia el flanco izquierdo, temeroso por lo que allí acontecía. A su lado, Flavio Constancio, con la boca abierta, no era capaz de separar la vista de la brutal carga enemiga. Su avance como un torrente descontrolado amenazaba con arrastrarlos a todos a su paso.
–Mi señor –advirtió Saturnino, el maestre de caballería de confianza del emperador–, debéis marcharos, y deprisa. Esta posición ha dejado de ser segura.
Valente movió los labios sin decir palabra.
Había estado convencido de que Fritigerno contaba sólo con diez mil hombres, pues tal cifra le habían repetido sus informantes una y otra vez.
Diez mil hombres, una cantidad del todo insuficiente para plantar cara a su veterano ejército, por mucho que se parapetaran en lo alto de la colina.
Él debía derrotarlo con facilidad, de igual manera que había derrotado a Atanarico años antes.
¿Por qué no estaba ganando, entonces, con claridad?
–Augusto –Constancio interrumpió sus pensamientos–, haced llamar a Víctor, que su caballería frene la acometida de esos alanos. El signo de la batalla todavía no está decidido, señor.
Pero Valente sólo parecía tener ojos para lo que acontecía en la llanura, donde un tercio de su ejército estaba siendo masacrado sin piedad.
* * *
Hermerico se había lanzado al combate arengando a sus seguidores. Por un momento, pareció que frenaban la matanza, pero las experimentadas tropas del general Víctor no se arredraron y pronto volvieron a la carga.
El greutungo luchaba con la desesperación con la que había aprendido a hacerlo en los últimos años, pero intuía que en aquella ocasión no sería suficiente.
Cada vez que golpeaba con la espada o detenía una acometida con el escudo, oraba a los dioses y rezaba para que Safrax y los suyos acudieran prestos en su auxilio.
En su mente, imaginaba una y otra vez la llegada de su compañero de armas y en cómo ésta cambiaría el signo de un combate que parecía decidido de antemano.
Tanto y tan fuerte lo deseó que se sorprendió al descubrir a pocos pasos de él la figura de un guerrero que bien parecía un alano. Si no hubiera sabido que era imposible, habría creído que sus ruegos habían sido escuchados y que su amigo se había presentado allí en su ayuda.
El hombre era alto como Safrax, y su cuerpo destilaba la misma fiereza y determinación en la batalla.
De igual modo, su montura, pese a la carnicería que se desarrollaba a su alrededor, no parecía nerviosa en absoluto y obedecía las indicaciones de su jinete a la menor señal.
Hermerico se sintió tentado a retirarse el yelmo para ver bien a aquel guerrero que en ese mismo instante cercenaba el brazo a un taifalo.
«No, no puede ser Safrax», gruñó, taloneando a su montura, dispuesto a acabar con él.
El jinete imperial sólo fue consciente del peligro cuando la espada de Hermerico ya descendía por su espalda hacia su cuello. En el último momento, se encogió, y el filo hendió la parte superior de su yelmo, cortando la crin que lo adornaba, que cayó al suelo embarrado.
Hermerico tiró de las riendas de su montura para quedar frente a su adversario, lamentándose de la oportunidad perdida de poner fin a aquel combate de forma rápida.
El hombre lo miraba con rabia, con unos ojos azules rasgados que parecían atravesarlo como puñales.
Su cabello, trenzado, así como su barba, eran de color blanquecino.
El greutungo lo examinó con asombro, pues el parecido con su amigo y señor Safrax era asombroso, pero convertido en hombre ya maduro. Luego ya no tuvo tiempo de pensar más.
Pablo se lanzó como una exhalación hacia él.
Con un centelleo, su espada se abatió sobre el greutungo con tal fuerza que lo único que éste pudo hacer fue tratar de protegerse.
La cadencia de sus rezos se redobló, de la misma manera que parecían hacerlo los ataques de su enemigo, quien, también en la lucha, tanto le recordaba al hombre a quien había unido su destino durante los últimos años.
* * *
Safrax y su caballo resoplaban por el esfuerzo, pero no por eso habían dejado de avanzar, ganando un palmo de terreno tras otro.
Tras abandonar el contus al inicio de la pelea, había continuado blandiendo su espada entre las atemorizadas filas de arqueros, cuyos supervivientes huían ahora despavoridos.
Por eso se permitió calmar a su montura y examinar la situación.
Habían arrasado el ala izquierda del ejército enemigo, cuyos restos vagaban a la deriva como los maderos de un barco tras un naufragio en alta mar.
Sin embargo, en lo alto de la colina, la infantería romana seguía acosando a quienes defendían el muro de carromatos.
–¡Tasio! ¡Alateo! –gritó, sin desviar la vista de quienes hasta entonces habían conformado la retaguardia imperial, que comenzaban a formar precipitadamente con la esperanza de detener su inminente carga.
Mientras los suyos acudían a su lado, el caudillo alano evaluó la nueva amenaza que se interponía entre ellos y la tan ansiada victoria. Eran poco más de un millar de jinetes, mientras que ellos, sumando a los supervivientes de esa zona, debían contar con cuatro veces ese número.
–Safrax –un Tasio eufórico se situó a su diestra–, que Uldin y los suyos marchen colina arriba para aliviar la presión que soportan nuestros infantes.
Quienes todavía dispongan de contus entre nosotros que formen en vanguardia; el resto los seguiremos –indicó, señalando con su espada ensangrentada el lugar donde los protectores de Valente se preparaban para entrar en batalla.
* * *
A gritos, Saturnino y Flavio Constancio trataban de hacer formar a sus respectivas scholae , dejando tras ellos al emperador y al centenar de hombres que debían proteger su vida a cualquier precio. Aguardarían allí hasta que Víctor, a quien habían enviado mensajeros, acudiera en su ayuda.
–¿Dónde te crees que vas? –espetó el vándalo a su hijo cuando reparó en que éste trataba de encontrar un hueco entre los hombres que combatirían a su lado.
–Padre... –acertó a decir el joven, que trataba entrar a codazos entre dos veteranos que no querían dejarle espacio.