La frontera de piedra Capítulo XXIX
83%

Capítulo XXIX

CAPÍTULO XXIX

La espada de Gundebaldo ya había probado la sangre de sus enemigos, aunque, mientras, las de éstos machacaban su escudo sin piedad. Una marea de hombres empujaba, rugía y gemía sin que sus posiciones apenas variaran un ápice.

Cada vez que alguno de los suyos caía, nuevos guerreros rellenaban el hueco.

Frente al balto, un luchador más bajo que la mayoría pero fuerte como un toro escupía por encima del escudo sin dejar de animar a quienes lo seguían.

Gundebaldo había tenido que resignarse a no poder utilizar su arma: su compañero había situado el brazo del escudo sobre el suyo propio, de manera que sólo podía empujar con el escudo y mover la espada para entorpecer a los que se encontraban frente a él.

Y así iba resistiendo un embate tras otro, hasta que notó un impacto brutal en el escudo, y éste chocó contra su casco.

Al instante, un desagradable sonido metálico inundó sus oídos.

El tervingio cerró las mandíbulas con fuerza y volvió a empujar.

Pero en esa ocasión no había nadie frente a él para sostener su embestida.

Tropezó con el cadáver del guerrero que hasta entonces se situaba frente a él, y a punto estuvo de caer al suelo y ser pisoteado por los legionarios, que, prestos, acudieron a rellenar el hueco dejado por el caído.

–¡Padre, padre! –gritó Teudiselo, fuera de sí, agarrándolo por la malla y tirando de él hacia atrás.

A esas alturas del combate, Teudiselo había recibido varios golpes, pero su vida no había corrido aún un peligro real.

Aterrorizado, veía cómo caían hombres a un lado y a otro, entre ellos algunos con los que había compartido los días previos.

Al menos, había salvado a su padre, y eso lo impulsó a seguir peleando con renovadas energías.

Gundebaldo no pudo responderle. Las armas imperiales volvían a abatirse sobre su escudo con rapidez, y no supo quién lo había salvado. Sólo apretó los dientes y se obligó a mantenerse firme un poco más.

* * *

Todo el frente romano había tomado ya contacto con los enemigos.

En la retaguardia, Constancio sostenía las riendas de su caballo con rigidez.

Se había terminado por acostumbrar al humo; o al menos eso creía, pues no sólo podía respirar mejor, sino que a medida que pasaba el tiempo podía hacerse una idea más clara de lo que sucedía en el campo de batalla.

En un primer momento, las tropas de Bacurio habían sido rechazadas; rehecha en parte la formación, aún resistían el empuje de la caballería enemiga, aunque la situación seguía siendo comprometida.

En el flanco contrario, Víctor había ordenado a sus hombres avanzar y matar sin pausa, y se hallaban ya casi al pie de la colina; tan sólo era cuestión de tiempo que terminaran con los godos que aún aguantaban y empezaran a ascender la pendiente para apoyar a la infantería, que luchaba sin descanso por acercarse al muro de carromatos.

La infantería, por su parte, acosaba a los godos como la máquina de guerra bien engrasada y fiable que el tribuno scholae sabía que eran.

Las unidades de élite que hasta poco antes habían formado delante de él ya se encontraban apoyando a los auxiliares palatinos.

Los batavi , martiarii y lanciarii confiaban en vencer la resistencia de aquel muro de guerreros que se situaba justo antes de la barricada de madera, pero Constancio intuía que aquello llevaría mucho tiempo, y muchas más vidas.

Si había algún lugar de la formación donde podía definirse el signo de la batalla, ése eran los flancos.

Tras varias horas de lucha, Víctor podía ser quien les otorgara el triunfo, de continuar así.

Por un lado, deseaba que el emperador les diera la señal para lanzarse en su apoyo; por otro, sabía que aún cabía la posibilidad de que Bacurio y los suyos terminaran acarreándoles un serio disgusto si se daban a la fuga.

Nervioso, Constancio pensó que había llegado el momento de enviar a los protectores hacia uno u otro flanco, y tal vez lo más inteligente fuera hacerlo hacia el que podría convertirse en su punto débil.

El vándalo miró hacia donde estaba el emperador, que permanecía imperturbable tras haber enviado a las últimas unidades de infantería colina arriba. Luego, se volvió y se encontró con la mirada de su hijo. Estilicón estaba sudoroso y sucio, pese a que no había entrado todavía en batalla.

–Padre, deberíamos apoyar a Bacurio –se atrevió a sugerir el joven–. El emperador debería enviar tropas de refresco hacia el flanco izquierdo, y cuanto antes.

Constancio apretó los labios. Su hijo no era ningún estúpido: él mismo se había asegurado de educarlo para que su brazo no se detuviera en el combate, pero tampoco su mente.

Suspiró. No llegaba a entender cómo Valente no era capaz de percatarse de eso y de dictar sus órdenes en consecuencia.

Pero era su emperador, y su deber era servirlo, así que, armándose de valor, hizo una seña a Estilicón para que permaneciera en el sitio.

Mientras, él se acercaría al puesto de mando de Valente.

* * *

El humo rodeaba a los cuatro mil alanos y greutungos que trotaban hacia la batalla desde el otro lado de la colina. Safrax levantó la mano, y la columna se detuvo al instante. Había llegado el momento de entrar en combate.

–¡Tomad las lanzas, preparad los arcos! –gritó.

Tasio y el resto de sus capitanes repitieron la orden fila a fila de la larga columna.

–¡Espadas y lanzas! –gritó Alateo a los suyos, al tiempo que dedicaba una sonrisa torcida al alano.

Los greutungos no eran tan hábiles arqueros como los alanos, ni tampoco luchaban con lanzas pesadas. Cada pueblo usaría aquellas armas con las que mejor se manejaba, pero combatirían juntos, como lo habían hecho desde que ambos hombres se conocieran.

Safrax sonrió e inclinó ligeramente la cabeza hacia su compañero.

–Ha sido un honor luchar a tu lado durante todo este tiempo, Alateo –dijo el alano con sinceridad–. Nunca creí que llegara a decir esto de un godo; si mi abuelo pudiera escucharme, creería que me he vuelto loco.

El interpelado acarició el cuello de su caballo y luego le ofreció el brazo a su compañero.

–Lo mismo digo, cuñado –respondió. Nunca había usado aquel apelativo hasta entonces–. Pido a los dioses que sobrevivas a la batalla, pues no querría volver a tener que soportar a mi hermana sin ti a su lado. –Pese a la chanza, la expresión de Alateo era seria, y sus palabras, sinceras.

Safrax tomó entre sus manos el largo contus que uno de los servidores le ofrecía.

El medio millar de criados que habían cargado con las armas estaban a punto de marcharse.

Ascenderían colina arriba por la vertiente norte, donde no se adivinaba figura alguna, y se unirían a quienes organizaban la resistencia.

–Y yo pido morir en batalla, pero que no sea en ésta –añadió Safrax.

Con la mano libre, el alano indicó a los suyos que formaran.

A su señal, los más de mil alanos pertrechados con armaduras y contus se situaron en el centro de la columna, como una punta de flecha.

Delante de ellos se situaron otros dos mil arqueros alanos, apenas protegidos.

Ellos serían los primeros en llegar a la escena del combate; en la retaguardia quedarían Alateo y sus greutungos.

Había llegado el momento de cambiar el curso de la batalla, si es que para entonces no era ya demasiado tarde.

* * *

Hilduara miraba alternativamente a los muchachos y a la entrada de la tienda, donde imaginaba que Bleda estaría aguardando.

–Tengo sueño –protestó Ataúlfo, frotándose los ojos con fuerza.

El corazón de la greutunga dio un vuelco.

–Descansad, pequeños. Cuando despertéis, todo habrá acabado.

Los acompañó hasta los jergones y se entretuvo en arroparlos. Cuando, poco después, fue en busca del hechicero, sus pasos eran rápidos y su respiración, agitada.

Bleda parecía sonreír, si es que aquella expresión podía tener algún sentido en aquel rostro surcado por cicatrices, tantas como caudillos había conocido.

Sin dejar de mirarla fijamente, extrajo del sayo un puñal de hoja estrecha, ligeramente curvada y muy afilada, y contempló los rostros de ambos muchachos. La mano le temblaba de la excitación.

–Quieres saber si tu hijo sobrevivirá y si será rey. ¿Son ésas tus preguntas, servidora de Donan?

–Sí, eso es lo que deseo saber, y para ello te he traído hasta aquí.

Sentía un nudo en la garganta, pero ya ni podía ni quería echarse atrás. Dijeran los que dijeran los oscuros dioses de aquel hombre, con aquellos dos muchachos muertos nadie se interpondría en el camino de sus hijos a la hora de dirigir el destino de greutungos y alanos.

La risa de Bleda pareció el siseo de las últimas brasas de una hoguera.

–Quien quiere el favor de los dioses no dudará en sacrificar lo más preciado. Está bien... ¿Cuál de ellos es el rey?

Hilduara señaló con rapidez el cuerpo inmóvil de Viterico, y el hechicero se estremeció.

–Hace mucho, mucho tiempo que Alimaña –acarició el puñal– no degusta sangre real. Sólo por eso he accedido a ayudarte, mujer. Cada vez que esta hoja arranca la vida de un rey, se hace más poderosa.

La mujer sintió un ligero temblor en el párpado derecho, pero se obligó a mirar fijamente al hechicero.

–Yo sólo quiero saber si mi hijo reinará.

Bleda observó la hoja, como si fuera capaz de responderle, y luego volvió la vista al cuerpo inmóvil del pequeño.

–Si los dioses quieren, lo sabrás.

* * *

Baddo abrazaba a Amage con fuerza, no tanto para protegerla, sino para sentirse ella misma segura.

Se hallaban apostadas tras un montículo de ruedas y tablones cerca de la línea de carretas.

En la madera que quedaba sobre sus cabezas, habían encontrado acomodo decenas de proyectiles, de manera que algunas de las puntas de metal podían verse desde dentro.

Por fortuna para ellas, las débiles llamas que habían surgido habían sido sofocadas con mantas antes de que prendieran los maderos.