La frontera de piedra Capítulo XXVIII #3
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Capítulo XXVIII #3

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Hilduara caminaba muy deprisa, tanto que Bleda tenía que esforzarse en seguirla. Ya cerca de la tienda, el hechicero la agarró por el hombro y la obligó a detenerse. Luego, con la mano libre, extrajo una pequeña ampolla de metal del interior de sus ropas.

–Dales esto. Se dormirán. Todo será mucho más sencillo así, y podré leer sus entrañas sin que sus gritos alerten a los demás.

La mujer dio un respingo al escuchar sus palabras.

–No irás a flaquear ahora, mujer –inquirió Bleda, clavando sus ojos oscuros en los de Hilduara.

–No –respondió ella, intentando aparentar un aplomo que apenas sentía–. Debo conocer el destino de mi hijo y granjearme el favor de tus dioses.

Apartó la tela y penetró en la tienda. Los niños jugaban con unos pequeños caballos de madera que habían conseguido como botín en alguno de los saqueos, haciéndolos trotar sobre el mullido vellón de lana, como si recorrieran una interminable llanura nevada.

–¿Dónde está Alarico? –preguntó Ataúlfo al verla llegar sin su amigo.

A Hilduara le costó entender la pregunta.

Se sentía embotada por la tensión y la cabeza le dolía, y por un momento no recordó el motivo por el que supuestamente se había ausentado.

Pensó en Caina, en Gosvinta y en Tulga, su hijo, al que, para alejarlo de allí, había enviado hacia donde los hombres combatían.

«¿Qué he hecho?», se dijo, horrorizada. Meneó la cabeza para despejarse.

«He hecho lo necesario», se respondió al fin. No tenía tiempo que perder.

–Ya lo hemos encontrado, Caina lo trae hacia aquí –mintió–. Yo he querido adelantarme para comprobar que vosotros estabais bien. Venid conmigo –les indicó–; hace demasiado calor aquí dentro.

En la pequeña mesita situada en el centro de la tienda reposaban una jarra de bronce primorosamente decorada y cuatro vasos de latón, todos de manufactura romana.

Hilduara les dio la espalda. Apretó con fuerza la ampolla que le había entregado Bleda, dejó caer varias gotas en dos de los vasos y los rellenó con agua.

Los examinó con curiosidad, pero el color del líquido no varió.

Con un suspiro, alargó sendos recipientes a los pequeños, tratando de controlar el temblor de sus manos.

–Bebed, os sentará bien –les susurró, tratando de sonreír.

Ataúlfo tomó el vaso sin mirarla. Viterico la observó con aquella expresión vacía que tan bien conocía. Entonces Hilduara tomó el tercer vaso y se lo llevó a los labios, sin apartar un instante la vista de los muchachos.

Sólo cuando ellos la imitaron se permitió parpadear.

* * *

El caballo de Pablo coceaba en medio de la formación enemiga.

Tras verse obligado a abandonar el contus , ahora esgrimía su espada de doble filo mientras aferraba con la otra mano las riendas de su montura.

La caballería ligera de Víctor se había replegado y acosaba a las últimas filas tervingias, que soportaban como podían el alud de proyectiles.

Entre toda aquella multitud de caballeros pesados destacaba el casco del general, de color dorado y cuajado de piedras preciosas, que se movía llevado por la gracia de su caballo tordo.

Sin perderlo de vista ni un solo instante, Pablo medía su hoja contra cualquiera que se acercara hasta donde combatía su señor.

Había visto caer a dos de los suyos, pero las bajas que ellos estaban causando entre sus enemigos eran mucho mayores.

Hasta ese momento, había acabado con la vida de varios godos, ataviados de forma similar a los jinetes imperiales, pero bajo cuyos cascos destacaban sus cabelleras pajizas u oscuras.

Eran godos, los mismos cuyas tierras él había atravesado para alistarse a las águilas tantos años atrás.

Pero ahora tenía frente a sí a un guerrero totalmente diferente.

Tardó un instante en reconocer su atuendo, mucho más ligero; vestía con pieles, y entre sus brazos destacaba un enorme arco coronado con hueso.

Pablo regresó por un instante al otro lado del gran río, a cuando era joven y se llamaba Respendial y su padre, Beuca, había degollado, uno tras otro, a los cautivos hunos que habían apresado en una escaramuza.

Le llegó hasta el olor de la hierba seca de la gran pradera en aquel verano que fue el último en el que permaneció junto a los suyos.

Pero el huno ya sacaba con rapidez una flecha, y aquella visión acabó con la calma que habitualmente inundaba a Pablo durante la batalla.

Hincó los talones en el flanco de su montura y, antes de que su oponente acertara a colocar el proyectil, la hoja del alano le desgarró el pecho.

El guerrero huno cayó al suelo como un fardo, pero Pablo, no contento con ello, dejó que su caballo lo pisoteara.

Odiaba a aquellos hombres. Los odiaba cuando era Respendial y los seguía odiando ahora que era Pablo; incluso más aún, porque en ese momento se dio cuenta de que, si estaban tan al sur, sólo podía significar que los suyos habían sido derrotados para siempre.

Imaginó de repente un campo tapizado de cadáveres; hombres valerosos y monturas nobles, metal, carne, sangre y vísceras por doquier, mientras bandadas de negras aves revoloteaban al acecho en el cielo, deseosas de posarse sobre los despojos.

Sacudió la cabeza, pero la visión no desapareció.

Reconoció entre los rostros martirizados el de su padre, Beuca, y, junto a él, el de su viejo y querido amigo Attax.

Los cabellos trenzados, blancos los del primero, trigueños los del segundo, estaban cubiertos por un velo carmesí.

–¡Pablo, Pablo! –Víctor lo reclamaba a poca distancia, pero él parecía escuchar las voces como si vinieran desde muy lejos.

Como si estuviera en trance, su imaginación siguió mostrándole dolorosas escenas.

Una larga y desastrada columna de mujeres y niños, y, entre ellos, su esposa Ayla y sus hijos, Safrax, Aleda y Caina, tal y como los recordaba.

A cierta distancia, unos jinetes achaparrados ataviados con ropas oscuras reían mientras conducían a los prisioneros como si fueran ganado.

Notó que la angustia lo consumía, y se esforzó por volver a la realidad, a la batalla.

Abrió los párpados y, rugiendo como un animal salvaje, se adentró en la formación enemiga.

Volcaría toda su rabia sobre aquellos a los que creía verdugos de su pueblo.

No muy lejos, Hermerico asistía a la lucha con preocupación.

Casi todos los jinetes godos y hunos de ese flanco habían entablado ya combate, y las tropas imperiales, acostumbradas a guerrear año sí año también contra la afamada caballería persa, parecían llevar una clara ventaja.

El greutungo miró hacia su derecha, pero, desde allí y con aquella humareda, no consiguió captar lo que sucedía en el otro extremo del campo de batalla, donde Safrax debía de haber irrumpido ya.

Su obligación era permanecer en pie hasta que aquello ocurriera, así que desenvainó su espada y la elevó al cielo.

A su señal, el medio centenar de jinetes bajo su mando se lanzó a la refriega en auxilio de las castigadas tropas godas, cuya resistencia estaba a punto de ceder.