La frontera de piedra Capítulo XXVIII #2
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Capítulo XXVIII #2

Se había situado justo delante de la línea de defensa, donde una decena de filas de guerreros de diversas procedencias se hacinaban en apretada formación.

Por mucho que los legionarios empujaran, los carromatos no les permitirían retroceder, por lo que no podrían sobrepasar sus líneas sin matarlos a todos.

Si esto llegaba a suceder, todavía quedarían tres mil guerreros sobre la primera muralla de madera y unos pocos centenares más tras la segunda.

El tervingio se había introducido en la densa formación a codazos, hasta colocarse en la tercera fila. Teudiselo, tras él, le guardaba las espaldas. Vio que el muchacho temblaba. «¿Y quién no?», se dijo Gundebaldo, sintiendo cómo la mano se le escurría sobre el pomo de la espada.

A su alrededor, los hombres comenzaron a gritar desafiando a los enemigos, pero también para descargar parte de su propio miedo.

Y, por primera vez, Gundebaldo pudo ver a los romanos que avanzaban hacia ellos.

Al paso, sin dudar y sin ofrecer un resquicio de carne desprotegida en el que hendir lanzas o flechas, se parapetaban tras los escudos en formación cerrada, como si fueran un armadillo o un dragón de recias escamas.

A pesar del odio que inflamaba su pecho, no pudo más que admirar su valor.

Las lanzas de la primera y segunda fila se situaron delante de la abigarrada formación goda y recibieron la llegada de los escudos imperiales, repiqueteando, pero no por ello los legionarios, revestidos de metal, cuero y madera, aflojaron.

Pronto las lanzas fueron inútiles. Los escudos se apoyaron unos contra otros, y entonces salieron a relucir las espadas romanas, que comenzaron a golpear el frente godo sin piedad, con tal potencia que hasta Teudiselo, en la cuarta fila, se vio obligado a retroceder, al tiempo que la formación se comprimía aún más de lo que hubiera creído posible.

El joven escuchó la voz de su padre, pero no fue capaz de entender lo que decía.

Retrocedieron uno, dos pasos, hasta que la retaguardia reaccionó y comenzó a empujarlos hacia delante.

Allí, en las filas intermedias, Teudiselo y sus compañeros se sintieron atrapados en una de aquellas grandes prensas que habían descubierto en las ricas haciendas romanas que habían saqueado durante los últimos meses.

El penacho del yelmo de Gundebaldo se movía de un lado a otro, mientras su dueño apretaba los dientes al sentir que el umbo del escudo de su hijo se le incrustaba en la malla a su espalda.

Por un momento, el aire abandonó sus pulmones, pero Gundebaldo lanzó un rugido y se obligó a mantener la posición.

Tras aquel primer encontronazo, la presión a lo largo de la línea goda comenzó a estabilizarse, y pronto tervingios y greutungos pudieron responder a sus enemigos empuñando las armas.

La férrea maraña de escudos imperiales impedía el paso de las hojas, aguantando, impasible, un embate tras otro.

Pero la saña y la furia de unos y otros, con el paso de los minutos, dio lugar a las primeras bajas en ambos lados.

Cuando un combatiente caía, quienes se encontraban detrás se veían empujados por sus compañeros para ocupar su lugar con premura, y así Gundebaldo pronto se vio en la segunda fila, donde su espada por fin pudo tomar contacto con las odiadas armas romanas.

Si en algún momento había jurado matar a cuantos romanos tuviera delante, ése era el día perfecto para cumplir su venganza.

* * *

Alarico estrujaba el puñal con nerviosismo. Desde su escondrijo bajo la carreta escuchaba con claridad el sonido del combate: gritos, lamentos, entrechocar de armas. Tal estruendo que estaba seguro de que incluso tapándose los oídos lo seguiría oyendo.

Pensó por un momento en su padre y su hermano, allí, al otro lado, en el lugar donde luchaban y morían sin remedio.

Convencido de que todos estarían demasiado concentrados en lo que ocurría en la ladera como para percatarse de su presencia, tomó aire y retiró parte de los escombros del lateral de la carreta.

Luego, se guardó el puñal y se asomó entre las ruedas.

Se sorprendió al ver que el guerrero que estaba más cerca de él temblaba; de edad similar a la de Teudiselo, parecía muerto de miedo, tal como delataba la mancha que se formaba en la tela de su entrepierna.

Sin apenas pensarlo, Alarico abandonó su escondite para correr bajo una carreta a la que no habían desprovisto de ruedas en primera fila.

Se deslizó por el suelo con la respiración acelerada; en el lateral que daba hacia la ladera, infinidad de piernas y escudos protegían el carro.

El suelo a pocos pasos de él estaba húmedo, regado por la sangre y los fluidos de vivos y muertos.

El hedor resultaba insoportable, pero aquél sería pronto el menor de sus problemas.

* * *

El impacto provocado por el encontronazo contra las filas godas había hecho que el casco de Nepociano se inclinara, entorpeciéndole la vista, a pesar de la correa que lo sostenía con firmeza bajo la barbilla.

Tras el choque inicial, se movían todos a la vez, acuciados por el vozarrón de Trebonio, que se imponía al resto de sonidos que llenaban el campo de batalla: «¡Adelante!

¡Adelante!». Empujaron al unísono, con fuerza; en caso contrario, serían ellos los que sufrirían una embestida aún peor.

Además, los godos contaban a su favor con la inclinación del terreno.

Tanto Nepociano como el último de los auxiliares eran conscientes de que tenían que luchar contra sus enemigos, contra el hambre, el calor y el cansancio, además de contra la pendiente de aquella ladera en la que sus botas buscaban desesperadamente la manera de aferrarse. Si retrocedían, estarían condenados.

En medio de aquella marea cimbreante de metal, los romanos de las últimas filas se separaron por un instante de la protección que les ofrecían los escudos para lanzar sus jabalinas hacia los godos, para volver luego a cerrar la formación con rapidez.

Entonces, se oyó una nueva orden: era el momento de las espadas.

Y, tal y como habían repetido una y otra vez en el campo de instrucción, éstas relucieron y comenzaron a buscar cualquier resquicio entre los escudos enemigos.

La hierba seca se tiñó con rapidez de carmesí, la tierra se reblandeció, y el limo se extendió por una superficie cada vez más resbaladiza.

* * *

Caina sentía cómo la mano de Tulga, fuertemente aferrada a su brazo, le dejaba marcas en la piel.

A pocos pasos, Gosvinta miraba en derredor con los ojos muy abiertos.

Allá donde posaran la vista, la escena era terrible, y Caina se obligó a contener las lágrimas; debía ser fuerte, por los pequeños que la acompañaban y por Alarico.

Pensó en Tasio, y su imaginación voló más allá de la colina.

Cerró los ojos un instante y detuvo sus pasos para orar a los dioses como su abuela le había enseñado.

Rogó por la vida de su hermano, por la de Tasio y también por la de todos los que los acompañaban en aquella cabalgada, que podía ser la última.

Los sollozos de Tulga la sacaron de su ensoñación.

Habían llegado hasta las cercanías de la primera línea de carromatos, todo lo cerca que había creído prudente visto hasta dónde alcanzaban las flechas romanas, pero no había rastro de Alarico por ninguna parte.

A su alrededor, la hierba estaba sembrada de cadáveres, y las mujeres y ancianos que prestaban su apoyo a los guerreros habían tenido que parapetarse tras escudos, tablones o ruedas para salvar la vida.

La joven abrazó a los pequeños cuando una muchedumbre, en su afán por ponerse a salvo, a punto estuvo de arrollarlos. La golpearon y zarandearon, pero logró mantenerse en pie y proteger con su cuerpo a Tulga y a Gosvinta, para que no fueran aplastados bajo sus botas.

–Caina. –Alguien la llamó–. ¡Caina, hija! –insistió Zandipo, situándose a su lado–. ¿Qué hacéis aquí?

La joven dio un respingo.

–¡Zandipo! –exclamó, aliviada, al reconocer al viejo santón.

–¿Qué haces aquí, muchacha? –repitió éste–. Corred, id a la tienda. El combate hace rato que ha comenzado.

–¡Alarico no está! –dijo la muchacha, tratando de imponer su voz sobre el escándalo creciente–. No aparece por ningún lado.

El anciano meneó la cabeza y miró hacia el lugar donde los pocos hombres que quedaban por detrás de la segunda línea de carretas se protegían tras los escudos. «¿Dónde estará este muchacho?», se preguntó, esforzándose en recordar la última ocasión en la que lo había visto.

–Resguardaos allí, vendré enseguida.

Zandipo sacudió la cabeza, contrariado. Alarico podía estar en cualquier lugar; y esperaba que fuera muy lejos de allí, si es que no había perdido la cabeza.

* * *

Milagrosamente, su caballo continuaba avanzando bajo la lluvia de saetas.

Bacurio clavó la espada en el gaznate de uno de los arqueros de Uldin, y la sangre describió un arco, al igual que el acero del ibero, salpicando a quienes se encontraban a su alrededor.

La cortina de humo había impedido que lo vieran llegar.

Bacurio rugió, decidido a vender cara su derrota.

Para cuando los hunos comenzaron a rodearlo, algunos de los suyos aparecían ya al pie de la colina, comandados por Estirio, que gritaba como un poseso.

Bacurio apretó los dientes y redobló sus ataques.

Por primera vez desde que aquella lluvia de flechas parecía haber acabado con todos a su alrededor, volvía a confiar en sus posibilidades de sobrevivir.

El combate se equilibraría a medida que los rezagados iberos y el resto de tropas imperiales a caballo sortearan la laxa formación huna, que hasta entonces se había contentado con descargar una andanada de flechas tras otra sobre el campo enemigo.

Y, junto con la caballería, una miríada de auxiliares tomó posiciones a un centenar de pasos de la colina.

Al momento siguiente, los arqueros romanos dirigían sus armas más allá de los hombres que combatían en lo alto de la colina.