La frontera de piedra Capítulo XXVIII
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Capítulo XXVIII

CAPÍTULO XXVIII

Hilduara respiró con ganas al salir de la tienda.

Sin embargo, no contaba con el profuso humo que se había apoderado del campo de batalla, cuyas volutas ascendían incluso hacia lo alto de la colina.

Tosió, y al hacerlo le volvieron las arcadas.

Se inclinó, llevándose la mano al vientre.

El sudor pegaba la tela del vestido a su piel.

Donde instantes antes no había nadie, ahora se arremolinaba un gentío.

Cubriéndose la nariz y boca con el borde de la tela, caminó entre ellos, sorteándolos, buscando en cada rostro los ojos oscuros del hechicero huno.

Vio a ancianos de profundas arrugas abrazando a sus nietos, a mujeres que recogían enseres o contaban historias para entretener a los pequeños, mientras otras –sobre todo tervingias– oraban al dios cristiano con las manos extendidas y los ojos cerrados.

«¿Dónde estará el maldito hechicero?», se preguntó, en el mismo instante en el que unos dedos se le clavaban en el hombro, como las garras de un cuervo.

–¿No sientes fluir la ira en tu interior al verlas?

–La inconfundible voz de Bleda sonó muy cerca de su oído–.

Oh, sí, son débiles, pero tú no lo eres.

Tú no crees en ese dios estúpido capaz de hacer que su hijo se convirtiera en un vulgar carpintero.

No un guerrero ni un señor, sino un simple carpintero con las manos encallecidas de trabajar de sol a sol.

Si hay una cosa que me gusta de los alanos, la única, es que detestan cualquier quehacer que no sea la guerra.

Si necesitan comida, luchan por ella; si necesitan abrigo, lo obtienen por el poder de las armas, y, si necesitaran una estúpida silla, no irían a comprársela a ese dios...

: se la arrebatarían mediante la fuerza, como haría un hombre.

La greuntunga se volvió, apartándose ligeramente del hechicero. Su aliento resultaba desagradable, o quizás era el hedor que desprendían sus ropas, cubiertas allí donde mirara por pequeños huesecillos.

–Yo no soy débil, y por eso estoy aquí.

Bleda volvió a atenazar el hombro de la mujer, obligándola a encararse con él, y esbozó una sonrisa apenas perceptible entre la poblada barba oscura.

Detestaba a todos aquellos godos, también a los alanos y, por supuesto, a los romanos.

Había accedido a acompañar al hijo de su señor Balamir sólo porque éste se lo había ordenado.

Durante ese tiempo había sido, y continuaría siéndolo, los ojos del rey de los hunos más allá de la frontera.

Estudiaba cómo vivían aquellos romanos, cómo eran sus tierras y sus costumbres, si era cierto que las riquezas que acumulaban eran incontables y las ciudades, inmensas.

Ignoraba cuándo, pero sabía que el siguiente paso en el destino de los suyos sería el interior de aquel vasto imperio, donde se harían con cuanto encontraran por la fuerza de las armas.

No obstante, hacía semanas que había comenzado a aburrirse.

Ya había visto cuanto necesitaba, y los dioses lo llamaban.

Esos mismos dioses que atenazaban entre sus garras a las deidades de todos los pueblos a los que sometían en su camino; y algún día también harían caer a aquel débil carpintero a quien adoraba esa muchedumbre patética.

–¿Acaso me buscabas? –preguntó con el ceño fruncido, anticipando en su boca el sabor de la sangre humana tras tanto tiempo sin degustarlo.

Hilduara lo miró con fijeza. Su mandíbula estaba tensa, sus manos temblaban, pero estaba dispuesta a cualquier sacrificio; y más aún si éste despejaba el camino a su hijo en el futuro.

Había encontrado a quien lo hiciera por ella, y debía aprovecharlo.

Alguien a quien podría culpar para alejar las sospechas de ella.

–Sí, te buscaba. Quiero saber lo que deparará el futuro a mi hijo.

Bleda cerró un instante los ojos, abandonándose a la placentera sensación que lo invadía antes de cualquier sacrificio a sus dioses.

–¿Sin importar el precio?

–Asumiendo el precio. Deseo ser grata a ojos de tus dioses y ofrecerles un sacrificio digno de sus favores –respondió ella, sintiendo un escalofrío.

* * *

La caballería de Bacurio atravesó la llanura al galope.

El ibero gritaba sin cesar, tratando de insuflar ánimos a sus hombres, como si de un acto de fe se tratara, pues no sabía qué se encontrarían por delante.

El humo gris parecía haberse adueñado de todo, y apenas eran capaces de ver lo que quedaba a un palmo de sus narices.

A un centenar de pasos, Uldin contemplaba el campo de batalla.

Tenía los ojos entrecerrados, pero parecía no incomodarle el humo.

Elevó la mano al cielo y, al unísono, cientos de arcos se tensaron.

Cuando dejó caer el brazo, el sonido de las cuerdas al soltarse se transmitió con la brisa.

Las armas de madera y hueso despidieron centenares de proyectiles por el cielo.

Poco después, éstos caían sobre la llanura, y el aire se llenó de gritos de dolor y desesperación. Uldin sonrió.

Los gritos de Bacurio cesaron de forma abrupta.

Atónito, vio cómo su montura continuaba su camino en solitario, pues la mayoría de sus hombres habían sido abatidos por las flechas hunas.

Por primera vez, el sudor que lo cubría no se debía sólo al bochorno de agosto, sino también al súbito temor de dirigirse hacia una encerrona.

Mas, si su temeridad lo había llevado hasta allí, ella también tendría que salvarlo. Elevó la espada al cielo y aulló un grito de guerra, dispuesto a enfrentarse él solo al enemigo si era preciso.

* * *

El frente de la infantería romana ascendía por la suave ladera en formación cerrada. Caminaban como uno solo: primero el pie derecho, luego el izquierdo; los escudos levantados en la primera fila, sobre la cabeza los siguientes, mientras que por los flancos cerraban la formación en testudo.

Miles de hombres avanzaban bajo el repiqueteo de una incesante lluvia sobre sus escudos.

Nepociano, en la segunda fila, era consciente de que varias flechas habían rebotado ya sobre la defensa con la que se protegía la cabeza, y en más de una ocasión la fuerza del impacto había hecho que ésta lo golpeara en el casco.

El calor resultaba insoportable dentro de aquella estructura de metal y madera cerrada por todos lados, pero al menos no tenían que preocuparse por el humo, y tampoco por ver el camino. Sólo el hombre más adelantado los dirigía y mantenía el orden.

Éste no era otro que Trebonio, que trataba de imponer su voz sobre el rumor constante de los proyectiles y de los gritos aislados de aquellos que resultaban heridos al interponerse en su mortal vuelo.

En esos momentos, resultaba fundamental que los legionarios no pensaran en la muerte; debían mantener la cabeza ocupada en escuchar a sus superiores, y para eso estaban hombres como Trebonio.

* * *

El ala derecha de la caballería romana avanzaba con rapidez a campo abierto, desafiando las densas columnas de humo que atravesaban la llanura.

Las unidades más pesadas habían dejado que aquéllas más ligeramente armadas se adelantaran y descargaran una andanada tras otra de flechas, para luego apartarse, pues los lanceros irían al choque contra la caballería enemiga.

El impacto de centenares de clibanarios contra los jinetes enemigos provocó un ruido ensordecedor. Desde su posición en las últimas filas, Víctor ordenó que se detuvieran y aguardaran hasta que los arqueros se reagruparan. Sólo entonces se lanzarían nuevamente a la carga.

Eran cuatro las hileras de alanos y sármatas que componían la escolta del general.

Goar y Palaco, entre los últimos hombres, asistían asombrados por primera vez a lo que era una gran batalla.

Observaban con ojos muy abiertos cuanto sucedía a su alrededor, y, pese a que se encontraban alejados del combate cuerpo a cuerpo, allí donde miraran hombres y animales eran derribados por sus oponentes; todo a través de una tenue cortina de humo y polvo que parecía envolver el campo de batalla, que en ese momento era su mundo entero.

Goar soltó un bufido. Había recordado cuando, aun siendo un crío, se había situado detrás de Safrax con una ridícula piedra en la mano, dispuesto a enfrentarse a aquellos jinetes que se acercaban al poblado.

En aquella ocasión, había considerado una pequeña victoria el no haber mojado el calzón durante la espera, pero ahora, envuelto en el mayor combate que se recordaba en años, viviría su verdadero bautizo en una batalla.

Ahí, delante de sus ojos llorosos por el humo, decenas de miles de hombres se batían en un frente infinito.

Ninguna vida se respetaba, ni tan siquiera las de las nobles monturas, para horror de Goar.

Por un momento, dudó si sufría más por los aullidos de los heridos y moribundos o por los relinchos desesperados de los animales al ser atravesados por las armas de los hombres.

Notó de repente que alguien lo zarandeaba.

Hizo amago de protestar y se volvió. A su lado, Palaco lo miraba muy serio.

Un poco más allá, Pablo había elevado el arco por encima de su cabeza.

Aquélla era la señal convenida para que la escolta de Víctor entrara en combate.

A partir de ese instante todo dejaba de tener importancia; todo, salvo mantenerse con vida.

* * *

Gundebaldo extrajo su espada de la vaina.

Las voces resonaban cada vez con más fuerza al otro lado de la línea de defensa.

Tenían que resistir, aunque fueran sometidos a una sangría, al menos hasta que la caballería de Safrax y Alateo abriera el flanco romano.

Ésa era su esperanza; la suya y la de todos quienes aguardaban más allá de los carromatos.