Capítulo XXVII #3
El viento no sólo transportaba la ceniza y removía el humo, sino también los gritos y el entrechocar de las armas. Resonaba por la llanura el fragor del combate.
Los legionarios de la I Adiutrix estaban tensos: las filas juntas, las armas dispuestas. Frente a ellos, la comitiva enemiga había comenzado a replegarse. No había habido parlamento todavía; sin embargo, la lucha parecía haber comenzado.
Gundebaldo llevó la mano al pomo de la espada y ordenó con una seña a un guerrero que tomara las riendas del caballo del sacerdote y lo condujera colina arriba.
–¡Romano! –gritó el tervingio, convencido de que algo extraño ocurría en medio de la tormenta de polvo y humo, y de que ya habían conseguido retrasar el ataque durante un tiempo más que suficiente.
Ricomero recibía en ese instante a Cayo Nepociano. Por fin llegaba la respuesta del augusto: rechazaba reunirse con la embajada goda.
–Si queréis hablar con el emperador, tendrá que ser vuestro líder Fritigerno quien se presente aquí, dispuesto a someterse –pronunció Ricomero en voz alta, pues los hombres de Gundebaldo poco a poco ya ascendían por la colina.
Gundebaldo miró a derecha e izquierda. Era casi imposible distinguir nada, pero hasta él seguían llegando los ruidos que transportaba el viento. Tenían que marcharse de allí antes de que fuera demasiado tarde y quedaran atrapados en la falda de la colina.
–Si queréis a Fritigerno, id a buscarlo –respondió y, señalando hacia la cima, tiró de las riendas de su montura para seguir a los suyos.
Nepociano siguió con la mirada las figuras de los godos perdiéndose entre la humareda, como si se los tragara para siempre. Miró luego a Ricomero, cuyo rostro delataba la indignación por el comportamiento de sus enemigos.
–Malditos bastardos... ¿Es que ya no queda honor al otro lado del río? –murmuró, más para sí mismo que para quienes lo rodeaban.
* * *
Para sorpresa de unos y de otros, la batalla parecía haber comenzado.
No les resultó sencillo orientarse, pero al fin Gundebaldo y sus hombres se adentraron entre los carromatos y, al instante, los hombres que allí los esperaban volvieron a cerrar la que esperaban fuera una impenetrable muralla de madera.
En su solidez confiaban para mantener a raya el acoso de la experimentada infantería imperial.
Alarico lo contemplaba todo desde su escondrijo. A punto estuvo de llamar a su padre, aliviado al verlo regresar; pero pronto recordó que con aquello se ganaría una regañina y verse privado de asistir a la batalla, así que se cuidó de guardar silencio.
Centenares, miles de hombres completamente equipados para la lucha se dispusieron entonces frente a la primera hilera de carros.
Vestían armaduras de excepcional factura, como si todos ellos fueran señores, con escudos, cascos rematados por largas crines y espadas relucientes.
Al otro lado, grupos de muchachos cargaban con haces de flechas que iban depositando sobre la hierba cada pocos pasos, para que entre los arqueros situados junto a la segunda línea de defensa no escasearan los proyectiles.
Gundebaldo entregó las riendas de su montura a una mujer.
Pese a la distancia, Alarico supo que era Baddo, y sintió un extraño cosquilleo en el estómago cuando su padre la tomó por el hombro y la estrechó contra su pecho.
Por un instante, deseó unirse a aquel abrazo, pero no podía.
Sacudió la cabeza y agarró con fuerza el puñal que había robado de uno de los grandes montículos de armas que habían acumulado cerca de las barricadas.
Si algún romano intentaba cruzar por donde él estaba, le cortaría el cuello, como había visto hacer tantas veces a las mujeres con las gallinas que terminaban en los calderos.
Vengaría el recuerdo de su madre por su propia mano, y también el sufrimiento de su hermana.
Levantó de nuevo la vista justo cuando Teudiselo se acercaba a su padre. La armadura de escamas le quedaba demasiado ancha, y Alarico sonrió al verlo: no tenía un aspecto muy marcial.
Entonces, de repente, el tintineo de las armaduras y las respiraciones agitadas de los guerreros parecieron intensificarse, y Alarico, inconscientemente, se retiró hacia el interior de su escondite.
Los resoplidos de esfuerzo de una gran multitud de hombres ascendiendo por la ladera comenzaban a inundarlo todo.
Al otro lado del muro de madera, los hombres intercambiaban gritos de ánimo y aferraban sus armas con nerviosismo.
Al momento siguiente, las puntas de las lanzas se adelantaron de la línea de escudos, como si un enorme erizo protegiera la colina.
Alarico cerró los ojos y trató de imaginarse el muro de metal y carne que avanzaba hacia ellos, implacable.
Oró a los dioses, a los suyos; no a aquel al que los romanos dedicaban todo tipo de loas y a cuyos misterios exigían que ellos se convirtieran.
Todo habían sido mentiras desde que atravesaran el gran río, así que, agarrando con más fuerza el puñal, llamó a Woden y a Donar y esperó a que el trueno retumbara en la lejanía.