La frontera de piedra Capítulo XXVII #2
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Capítulo XXVII #2

Casi al mismo tiempo, los cuatro mil jinetes encabezados por Safrax y Alateo se pusieron en marcha hacia el campo de batalla.

Rodeando la colina, aparecerían por su flanco derecho, donde los hombres de Uldin debían aguantar hasta su llegada, y los tomarían por sorpresa.

Si todo salía según lo previsto, los alanos se encontrarían a sus dos mayores enemigos matándose entre ellos; e, irrumpiendo entre ellos con su caballería pesada como un torrente desbocado, destrozarían la línea romana en el mismo centro, hasta llegar a donde se encontraba el mismísimo emperador.

Ése era su objetivo: llegar hasta Valente y tomarlo prisionero. Así, sus generales se verían obligados a detener el combate y aceptar sus condiciones de paz.

Su pueblo llevaba demasiado tiempo huyendo. Los días en el mar de hierba habían llegado a su fin, y también en la llanura goda. Si querían que sus familias, por ese entonces en lo alto de la colina, vivieran a salvo, debían llegar hasta el emperador. Aunque les costara hasta el último hombre.

* * *

Sola, lejos de todos, Hilduara se había sentado en un extremo de la tienda.

Caina, mientras trenzaba el cabello de la pequeña Gosvinta, la miraba con expresión indescifrable, con Tulga a su lado.

Ataúlfo y Viterico, en el rincón más alejado, hablaban en voz baja; eran el hijo de un rey y el de un regente, como a Alateo le gustaba ser llamado.

A Hilduara, por más que trataba de alejar la idea de su mente, las palabras de Bleda le resonaban en la cabeza una y otra vez.

Según la leyenda, cuando su pueblo vivía en la lejana Scandia, uno de sus antiguos reyes se había visto obligado a sacrificar a su primogénito para salvar a los suyos por exigencia de Woden.

El mismo dios había perdido un ojo para obtener la sabiduría.

Ningún don quedaba nunca exento de pago, ni siquiera para los propios dioses.

Sacudió la cabeza tratando de despejarse, pero no alejó de su mente aquel tono de voz, monótono y grave, con ese acento tan extraño, sibilante como una serpiente.

Le había dicho que sus dioses eran poderosos, más que Donar, Woden o Frigga, y que aquélla era la razón de que los hunos hubieran alejado a los godos de su hogar, viéndose obligados a mendigar tierras nuevas.

«Incluso Hildibaldo se dejó la vida combatiendo contra ellos», se dijo con un escalofrío.

Había rogado a los dioses que salvaguardaran a su hijo, pero ¿acaso podrían concedérselo?

¿Volvería a ganarse su favor si les ofrecía un sacrificio digno de los antiguos reyes?

¿O debía sellar un pacto con los dioses del hechicero oscuro?

Estrujó la tela del vestido entre las manos y miró a los niños.

Mientras los herederos de Vitimero y Alateo vivieran, sus hijos difícilmente conseguirían todo el poder.

Safrax y Alateo habían reunido no sólo al pueblo greutungo, el verdadero pueblo de Tulga, sino también a alanos, taifalos, tervingios, carpos e incluso romanos. Quizá su pequeño dragón todavía tendría un papel liderando a los primeros, aunque siempre bajo la tutela de su hermano menor.

Lamentablemente, nunca había podido hallar en Safrax el aliado que habría necesitado para allanar el camino de Tulga; el alano parecía obviar la amenaza que Viterico, pero también Alateo, representaban para su liderazgo.

Quizás ahora, con un hijo propio en camino, sería capaz de verlo; en caso contrario, intentaría que su intervención pasara desapercibida en la situación en la que estaban y guardaría para siempre el secreto de lo que había tenido que hacer para beneficiar a su amante.

Las manos le temblaron al imaginar al silencioso heredero de Vitimero sin vida, con la sangre manchándole el blanco cuello.

Pero ¿y su sobrino Ataúlfo? Lo detestaba, de igual manera que tampoco soportaba a su hermano, aunque nunca se había creído capaz de llegar tan lejos.

Y, si Alateo se llegara a enterar, acabaría con ella con sus propias manos.

Pero... ¿y si todo fuera culpa del hechicero huno, y ella no hubiera podido hacer nada por evitarlo?

Todos odiaban, y temían, a los hunos; todos los creían capaces de las mayores atrocidades.

Si fuera su palabra contra la de Bleda, ¿a quién creerían?

Sabía que a Safrax podría convencerlo. Tendría que tener cuidado con Ragnahilda, pero sería fácil desmontar sus argumentos y decir a todos que eran invenciones de su mente destrozada por el dolor de perder a su pequeño.

De repente, se sintió serena. Dejó de temblar, sus pensamientos se aclararon, y se vio invadida por una fría determinación.

–Caina –llamó.

La muchacha se acercó a ella tras comprobar que Tulga y Gosvinta continuaban con sus juegos.

–Estoy preocupada por Alarico –anunció Hilduara con voz meliflua–.

La lucha estará a punto de comenzar, y ese muchacho continúa aún ahí fuera...

Por favor, hija, haz el favor de salir en su busca.

Llévate a Tulga y a Gosvinta contigo, y encontradlo, ¿de acuerdo?

Quizá su hermana sepa dónde puede haberse metido.

Caina asentía con la cabeza, pero, al escuchar la última frase, se quedó quieta, asaltada por las dudas. Abrió los labios, resecos como la paja en verano, pero no llegó a pronunciar palabra. Con dulzura, tiró de los niños para que la siguieran hacia el exterior.

–No volváis sin él, pero tened cuidado –dijo Hilduara a modo de despedida.

La mujer se alisó los pliegues del vestido.

Le había resultado fácil quedarse a solas con los niños.

Ahora debía pensar en el siguiente paso.

Tenía que dar con Bleda rápidamente, antes de que aquellos tres regresaran, pero no tan pronto como para que pudieran ver que se alejaba de la tienda.

Permaneció en silencio, la mente en blanco, hasta que intuyó que era el momento adecuado.

–Viterico, Ataúlfo, es extraño que Caina no haya regresado todavía. Aguardad aquí, no os mováis pase lo que pase. Voy a buscarlos. Con uno que se haya perdido, ya tenemos más que suficiente.

* * *