La frontera de piedra Capítulo XXVII
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Capítulo XXVII

CAPÍTULO XXVII

Los hombres se revolvían, nerviosos. La embajada enemiga ya había descendido la colina.

Habían acudido a caballo, la mayoría revestidos de cotas de malla y con cascos, escudos y espadas, muchas de ellas de las mismas fábricas que proveían a las tropas imperiales.

Pero dos de ellos habían descabalgado, indicando con claros gestos que iban desarmados.

Uno era Ulfilas, el sacerdote; el otro, nuevamente, Gundebaldo.

A veinte pasos del frente erizado de lanzas y cubierto por los escudos, habían exigido reunirse con el emperador para negociar y detener así la batalla en ciernes. Pero sólo con Valente en persona. Y Ricomero, junto a ellos, aguardaba las órdenes del augusto.

Bastante más atrás, Cayo Nepociano mandó callar a sus legionarios, a quienes la tensión del momento había hecho olvidar su habitual marcialidad.

Él mismo se sentía cansado y le dolía la cabeza tras tanto tiempo recibiendo los rayos del sol sobre el casco y respirando aquel aire viciado, pero se obligaba a mantenerse firme en su puesto, como todos.

Buscó a Trebonio con la mirada, y lo encontró a poca distancia, con la frente perlada de sudor y el ceño fruncido.

–¡Centenario! Que avisen al emperador. Quieren negociar y exigen que sea con el augusto en persona.

–¿Otra vez?

Nepociano se encogió de hombros. Ya lo habían intentado anteriormente, sin éxito, y, si creían que Valente había convocado a todo el ejército allí sólo para hablar, estaban muy equivocados.

Con tanta obstinación, únicamente conseguían transmitir su situación desesperada, y tal cosa avivaría la determinación del emperador por destruirlos.

Lo cierto era que la batalla parecía de lo más favorable para sus intereses; quizá las reticencias iniciales que había compartido con Víctor y Flavio Constancio carecieran de fundamento.

Recordó aquella conversación con su viejo amigo Marcial: tanto Constancio como Víctor eran extranjeros al servicio de Roma.

Consciente o inconscientemente, ¿podría haberles traicionado su deseo de que los bárbaros pudieran escapar y regresar con vida al norte?

–Que dos de los muchachos avisen al emperador sin tardanza.

Y, tras ver cómo el legionario marchaba a cumplir sus órdenes, oteó hacia el flanco derecho, donde formaba la caballería de Víctor, el sármata.

* * *

El flanco derecho del ejército imperial parecía encontrarse sumido en una calma engañosa.

Habían sido los primeros en llegar al campo de batalla y, por tanto, los que más tiempo habían tenido para descansar, aunque hubiera sido a lomos de sus monturas.

Eran los mejores jinetes del Imperio, y como tales se comportarían aquel día.

Por más que el sol abrasara sus cuerpos y el humo inundara sus pulmones, aguardaban estoicos, en silencio, a que se diera la señal de avanzar y cargar.

Víctor se había situado tras los clibanarios, en vanguardia. Ésas serían las primeras unidades en lanzarse al combate, las encargadas de desbaratar cuanto se interpusiera en su camino y dejar así expedito el terreno para quienes las seguían.

Ahora, debatía con sus oficiales de mayor rango, custodiados por Pablo y sus hombres, siempre dispuestos a proteger la vida de su general.

A ellos se habían sumado Goar y Palaco, cuya presencia había hecho sonreír a los más veteranos.

Víctor había prometido a Nepociano que procuraría protegerlos, y no se le había ocurrido nada mejor que situarlos entre sus hombres de confianza.

En ese momento, los siervos les ajustaban los correajes de la armadura, así como la hebilla que mantenía el casco, adornado con una orgullosa crin blanca, sujeto bajo su barbilla.

–Así sí que ya no parecéis unos jovenzuelos –les dijo Pablo desde su caballo.

Ambos jóvenes se miraron entre sí, orgullosos.

Habían dejado atrás el atuendo propio de los auxiliares para vestir la panoplia de los jinetes de Pablo: ricas armaduras brillantes e historiadas, las más refinadas que los artesanos del Imperio eran capaces de crear.

Además de la protección compuesta por escamas refulgentes y el casco fabricado con tres láminas de metal, se les había entregado una larga espada, capaz de herir tanto de punta como de tajo, y un arco.

Y también contarían también con lanzas largas; quizá no tan largas como Goar y Palaco recordaban las de los suyos, pero sí más ligeras, lo que permitía que algunos de los escoltas de Víctor hubieran añadido a su panoplia un pequeño escudo con el que protegerse durante la carga.

–Ahora sí que parecemos lo que en verdad somos –se vanaglorió Palaco, estirando los brazos para sentir el peso de la armadura sobre sus hombros.

A su lado, Goar apretó los labios. Sentía un torbellino de emociones encontradas.

Él no era un alano como su abuelo, y nunca llegaría a serlo, porque no se lo habían permitido.

Por el contrario, era un jinete de Roma; llevaba años preparándose para ello, y por fin había llegado el momento de demostrarlo.

Para reafirmar sus palabras, Palaco desenvainó la espada y contempló la hoja bien afilada, dispuesto a enterrarla antes de entrar en combate.

–No estamos al otro lado del río como para que hagas eso, muchacho –lo detuvo Pablo con voz cortante.

Palaco dudó. Buscó con la mirada a Goar, para ver si encontraba apoyo en él, pero su compañero se limitó a observarlo con los brazos cruzados sobre el pecho. Pablo señaló en derredor, donde se encontraban los veinte guerreros que formaban la escolta de Víctor.

–Ninguno de nosotros enterrará hoy su espada en el suelo.

Hace años que hemos dejado atrás ese ritual, seguimos al único y verdadero Dios.

Sin embargo, seguimos entrando en combate con el mismo ardor.

Por tu parte, eres libre de hacer lo que consideres; no seré yo quien te lo prohíba.

Haced cada uno lo que sintáis que debéis hacer, pero estad preparados para luchar cuando se os diga.

* * *

En el flanco izquierdo, el humo comenzaba a resultar insoportable. Las monturas protestaban, y los hombres se contenían como podían, pues el general al mando, el ibero Bacurio, había impartido órdenes entre sus oficiales de que castigaran la menor de las faltas de disciplina.

Pese a todo, Bacurio era consciente del irregular coro de toses a su espalda.

Maldijo por lo bajo, y él mismo se llevó el pañuelo a la boca y la nariz para evitar que el molesto humo se introdujera por sus orificios.

Ignoraba cuál era el motivo por el que, ya formados para el combate, no recibían orden alguna.

Pese al cansancio y el hambre por la larga marcha, habría comprendido que hubieran comenzado a levantar el campamento a cierta distancia de la colina fortificada, y también que se hubieran visto obligados a atacar nada más llegar.

Pero lo que no tenía sentido para él era prolongar la espera bajo el sol.

–Me duele el culo y estoy sudando como si estuviera en unas jodidas termas –se quejó su primo Estirio a su espalda.

–No eres el único, así que cállate –contestó el general sin mirarlo.

El humo se había apoderado de buena parte de la llanura, y eran incapaces de distinguir con claridad a los jinetes tervingios en formación junto a la colina.

Ellos serían sus primeros adversarios. No podían estar seguros de cuántos eran, pero desde luego parecían muchos menos que ellos, lo que terminó por convencer a Bacurio de que las disposiciones de Valente habían sido acertadas, pese a las dudas de su viejo amigo Víctor.

–¿Se puede saber a qué estamos esperando? Hemos atravesado toda la jodida Asia para quedarnos ahora aquí pasmados. –El hijo de su hermana Amala, que todavía permanecía en su reino allende las montañas, se unió a las protestas.

Bacurio cerró los ojos y se apretó la tela contra el rostro.

Su caballo pateaba el suelo, inquieto por la larga espera e incómodo por el humo.

El general razonó que, cuando dieran la orden de atacar, si es que la daban, les iba a costar una barbaridad hacerlo; tanto a los hombres como a las bestias.

Trató una vez más de ver lo que sucedía más allá.

Entrecerró los ojos e hizo visera con su mano derecha, pero sólo veía el humo, oscuro y asfixiante..

–¡Callaos de una puta vez! –bramó al fin, fuera de sus casillas.

Y de repente creyó ver un destello. Sacudió la cabeza y estornudó; al hacerlo, los ojos se le llenaron de lágrimas, y milagrosamente se le aclaró la vista. Sí, un destello, muchos destellos más bien. ¿Dónde? ¿A cien pasos? ¿Doscientos?

De inmediato, el cansancio y la rabia desaparecieron. Llevó la mano al pomo de su espada y se volvió. A su espalda, eran muchos los que trataban de cubrirse la cara u ocultarla utilizando pañuelos y capas.

–¡Se acabó la espera! –anunció el ibero, empapado en sudor–.

Que los jinetes se dispongan a avanzar ahora mismo, a mi señal.

Que los arqueros a pie y los infantes ligeros nos sigan y comiencen a disparar hacia la colina mientras nosotros nos deshacemos de su caballería.

Seguro que allá arriba será más difícil que llegue este maldito humo.

Cuanto antes la tomemos, antes respiraremos.

Estirio y su sobrino lo miraron sorprendidos.

–No se ha dado la orden de marchar, tío –dijo el último tímidamente, arrepintiéndose casi de inmediato de haber hablado.

Pero a Bacurio no le importaba la dichosa orden, y tampoco lo que pudieran decirle ni su sobrino ni el mismo Valente. No en ese instante, cuando tan cerca estaban de acabar con aquella tortura y machacar a un enemigo en inferioridad.

–Pues, si no lo han hecho, deberían hacerlo, porque esos cabrones ya están aquí. ¡En marcha!

* * *