Capítulo XXVI #4
–La gente dice lo que quiere creer. Quieren pensar que somos impíos, que no contamos con el favor de dios alguno; pero entonces, si así fuera, ¿cómo podríamos estar aquí hoy?
¿Cómo podríamos haberos barrido a todos, tervingios, greutungos y alanos, como lo hicimos?
Vuestra era la estepa, y hoy suplicáis nuestra ayuda para conseguir un pedazo de tierra...
–A medida que el hechicero hablaba, el rostro de Hilduara se crispaba.
El temor inicial fue sustituido por la rabia, pero el hechicero continuó hablando, como si su ira lo divirtiese–.
¿Crees acaso, mujer, que seríamos capaces de predecir el futuro si no contáramos con su beneplácito?
¿No te das cuenta de que es gracias a nuestros dioses, de los que vosotros todo desconocéis, por lo que hemos podido derrotaros una y otra vez?
¿Cuándo entenderéis que somos invencibles?
Ese Donar al que adoras, al igual que el dios cristiano, terminará postrándose ante nuestros dioses.
Hilduara boqueó, sin saber bien qué decir.
La seguridad que desprendía aquel hombre era tal que nada de lo que ella pudiera decir le parecía tener sentido suficiente.
Dudó. Acaso aquel hechicero oscuro, de la mano de sus dioses, era capaz de ver el futuro.
El hombre le sostuvo la mirada, aguardando una respuesta.
Sin embargo, ante su mutismo, su mirada se tornó despectiva y, al momento, se volvió para seguir su camino.
Venciendo su aprensión, Hilduara lo sujetó por la grasienta capa.
–Aguarda –pidió–. ¿Es cierto que eres capaz de predecir el futuro?
El hechicero dio un tirón a la capa, arrancando bruscamente la tela de entre sus dedos.
–¿Quién quiere saberlo? –inquirió, acercándose a Hilduara hasta que ésta sintió su respiración contra el rostro.
–Yo quiero saberlo –respondió, llevándose la mano involuntariamente al vientre.
–¿Pagarías el precio, mujer? Todo favor de los dioses requiere un sacrificio; tú debes saberlo, si adoras a Woden y Donar.
Hilduara inspiró con fuerza. Sí, aquello era cierto: los dioses exigían sacrificios, aunque muchos de los suyos, tras años influenciados por sus parientes tervingios, ya no quisieran verlo así.
Pero ella recordaba con claridad los rituales de los ancianos cuando ella sólo era una niña.
Se sacrificaban animales e incluso vidas humanas: esclavos o enemigos capturados en batalla.
–Tengo oro –ofreció, mostrándole un brazalete profusamente decorado.
Bleda sonrió. El oro no le era desconocido: los hombres como Uldin lo poseían, y en grandes cantidades. Pero el oro compraba la fidelidad de los guerreros, no la complicidad de los dioses.
–No es oro lo que buscan mis dioses.
La tervingia dio un respingo. El hechicero la escrutaba con mal disimulada lascivia, lo que la llevó a intuir el sentido de sus palabras y a responder con dureza.
–¡Soy noble y estoy encinta! No osarás ponerme la mano encima, ¡pues los míos se asegurarán de que os la corten, además de otras cosas!
Bleda, lejos de sentirse acobardado, rio con aquella risa desagradable que más parecía el lamento de una corneja.
–Crees que tu virtud vale mucho más de lo que realmente vale, mujer. Eso a lo que tú das tanta importancia no es nada para mis dioses. La adivinación no requiere de dos cuerpos sudorosos y jadeantes; de lo que precisa es de sangre, vísceras y huesos.
De repente, Hilduara sintió un extraño calor en la frente, justo allí donde el hombre dibujara con sus manos manchadas de sangre la señal del trueno aquella noche sin luna.
–Sangre –murmuró, estremeciéndose.
–Ahora que conoces el precio, ¿estás dispuesta a pagarlo? ¿Es tan importante acaso eso que deseas conocer?
Sentía, entre temblores, los labios resecos y el retumbar de su propio corazón martilleándole en los oídos.
¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué escuchaba a aquel hombre oscuro como un pájaro de mal agüero hablar de sangre y sacrificios?
¿Por qué no se marchaba, se encerraba con los niños en la tienda y se olvidaba de aquellos ojos crueles que parecían traspasarle el alma?
–Es importante –dijo, sin embargo, con un hilo de voz.
–Decídete, entonces. Elige, y mis dioses te mostrarán lo que ha de acontecer. Aunque te advierto que lo que te revelen podría no ser de tu agrado.
El sudor comenzó a correrle por la espalda. Necesitaba saber el destino de ese hijo que llevaba en el vientre, costara lo que costara.
–Quiero saber si el hijo que llevo en mi vientre nacerá libre, y si será rey.
El hechicero la miraba a los ojos sin pestañear.
–Pides demasiado, mujer. Semejante pregunta conlleva un precio que no creo que estés dispuesta a pagar.
–¿Qué piden tus dioses? ¿Gallinas, terneros, lechones? ¿Un potro?
Bleda estalló en una carcajada sarcástica.
–Eso es lo que pediría a una campesina que quisiera saber si sus verrugas desaparecerán. Tú deseas saber si tu hijo será rey; el pago ha de ser acorde.
Hilduara sintió que el aire comenzaba a faltarle, pero no se debía a las finas volutas de humo que inundaban la colina, sino a su propia angustia.
–¿Qué sacrificio los satisfaría? –musitó.
Bleda alargó el brazo y aprisionó el mentón de Hilduara entre los dedos, regocijándose con la expresión aterrada de la mujer.
–Dos preguntas, dos vidas humanas; una de ellas, la de un rey. Ése es el pago justo para lo que deseas. Ahora, déjame tranquilo, a menos que puedas pagarlo.