La frontera de piedra Capítulo XXVI #3
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Capítulo XXVI #3

Llamó a gritos a Lucio Trebonio, el mismo centenario que lo había acompañado años antes al cruzar el limes , y éste no tardó en presentarse cargado con todo su equipo: el spiculum , el escudo ovalado y las phalerae propias de su rango sobre la malla de la armadura.

A pesar del sudor, no se había retirado el casco para enjugárselo, como muchos de los auxiliares que los rodeaban.

–Centenario, que los hombres se preparen para la inspección. –Nepociano señaló al general Ricomero, que se encontraba a pocos pasos comprobando de primera mano que quienes lucharían bajo su mando se encontraban a la altura de los mejores hombres de Valente.

Trebonio se cuadró y se dispuso a recorrer las filas; cualquier mínima falta sería castigada con un golpe o un grito.

Mientras lo observaba, Nepociano tuvo un último pensamiento para la caballería que lo había acompañado desde Occidente.

A Goar y Palaco, sin embargo, los habían mandado al flanco derecho del general Víctor; la aureola victoriosa del sármata era bien conocida, y no sólo en Oriente, por lo que el tribuno confiaba en que los alanos estuvieran a salvo allí; al menos, todo lo a salvo posible en un campo de batalla.

–¡Alguien se acerca!

En la colina, una pequeña comitiva de doce jinetes sobrepasaba la barrera de carromatos para descender por la suave pendiente.

Cayo Nepociano hizo visera con la mano. La ligera columna de humo que cubría el campo de batalla dificultaba distinguir nada desde tan lejos.

Pero aquello sólo podía significar que los godos enviaban una embajada para parlamentar.

* * *

–Mamá, me haces daño –se quejó Tulga.

Hilduara soltó de inmediato al pequeño. Ni tan siquiera era consciente de haber estado agarrándole el brazo. Sin embargo, ahora podía ver la marca enrojecida de sus dedos sobre la piel del niño.

Estaba nerviosa, demasiado; sólo recordaba haber sentido algo similar cuando murió Hildibaldo. Sola, frágil, vulnerable y asustada. Su cuerpo se sacudió con un temblor involuntario, pero alejó el recuerdo de su mente con rapidez.

Fritigerno había decidido enviar una comitiva a los romanos, encabezada por Gundebaldo, para ganar tiempo y favorecer que la caballería de Safrax y de Alateo pudiera ponerse en posición.

Aquellos que no combatirían debían buscar refugio tras la empalizada, al menos por el momento.

Hilduara acarició la mejilla de su hijo con toda la dulzura de que fue capaz.

Cuando le pareció que el pequeño se calmaba, llamó al resto de niños.

Aleda y Caina se encontraban a su lado; Viterico, unos pasos más allá, junto a Gosvinta.

Ataúlfo le dedicó una mirada desconfiada, pero al final se acercó a ella.

Hilduara suspiró; no tenía otro remedio que hacerse cargo de ellos durante la batalla.

–¿Dónde está Alarico? –preguntó extrañada. Siempre estaban juntos, así que al ver a uno había asumido que el otro andaría cerca.

Ataúlfo tragó saliva, sin saber qué decir. Lo mejor que podía hacer era callarse y no mirar hacia el lugar donde se escondía su amigo o haría que dieran con él.

Pero a Hilduara le traía sin cuidado Alarico, así que no insistió.

En realidad, poco le importaba lo que sucediera con cualquiera que no fueran ella misma o Tulga.

Miró en derredor y se topó con la dura mirada de Ragnahilda.

Le sonrió con gesto altivo, consciente del motivo de la incomodidad de su cuñada: durante la batalla, tanto su hijo como aquel al que parecía haber adoptado estarían en su poder.

–Está bien, seguidme. Éste no es lugar para nosotros –anunció en voz alta, guiándolos hacia el interior del campamento.

Había miedo en los ojos de los niños, pero Hilduara no se veía capaz de consolarlos; ella también sentía que su habitual aplomo flaqueaba.

La visión del ejército imperial había hecho que el miedo calara en su interior; muchas de las certezas que había ido tejiendo en su cabeza parecían deshilacharse, escurrirse entre sus dedos.

Con el hijo que crecía en su vientre tenía definitivamente la oportunidad de conseguir lo que siempre había perseguido.

Safrax jamás abandonaría a su criatura; antes se alejaría de los suyos, aquellos alanos nómadas y salvajes, para convertirse en lo que debía ser: el rey de los greutungos y de todos aquellos que quisieran seguirlo.

A Hilduara no le importaba que alanos y taifalos permanecieran junto a ellos, siempre que se asentaran en una ciudad de piedra, digna del gran gobernante que sería su hijo.

Si Alateo no se plegaba a este arreglo, se desharían de él, y también de Viterico.

Pero, para ello, debían seguir respirando.

Y la greutunga ya no las tenía todas consigo.

Angustiada, se preguntaba si los jóvenes árboles que tumbaba el viento durante las tormentas habrían soñado con el robusto ejemplar que un día podían llegar a ser.

Quizá, obcecada en sus metas, no había sabido ver lo que era capaz de conseguir la poderosa maquinaria de guerra imperial, que ahora se abatía sobre sus esperanzas como un temporal.

Ensimismada como estaba, no se fijó en el hombre que permanecía en el centro del camino hasta que prácticamente chocó contra él.

Logró recuperar el equilibrio a tiempo, pero, cuando alzó la barbilla, se encontró frente a aquellos ropajes oscuros cuajados de huesecillos.

El aire pareció enfriarse a su alrededor, y un escalofrío le recorrió el cuerpo.

–Saludos, servidora de Donar.

La mujer tragó saliva y alzó el mentón. Por toda respuesta, Bleda rio, pero de una manera tan desagradable que los niños, que hasta entonces se resguardaban tras las faldas de la mujer, corrieron despavoridos hacia la tienda.

La mirada del hechicero los acompañó hasta que se ocultaron tras la tela.

Acto seguido, volvió a centrar su mirada en ella.

Abrió la boca y dejó entrever unos dientes amarillentos, con unos colmillos tremendamente afilados.

–Por el día eres aún más hermosa, mujer.

–Y tú más repulsivo –replicó ella.

El hechicero respondió con una sonora carcajada.

–La servidora de Donar se cree invulnerable; cree que su patético dios del trueno puede enfrentarse a mis dioses. ¿Es eso verdad, mujer? ¿Acaso tú no temes a mis dioses, como hacen todos los tuyos?

La greutunga recordó lo sucedido en su último encuentro: truenos, relámpagos, oscuridad y miedo.

Miedo a perder a su hijo en la batalla que se avecinaba; miedo a que las palabras de su cuñada se cumplieran como una maldición.

Así que había seguido los pasos de Donar, y aquél la había llevado hasta ese hombre.

–Donar es poderoso. Además, muchos de los nuestros aseguran que vosotros no creéis en dios alguno. Si es así, ¿por qué debería temerlos?

Bleda extendió el brazo y movió los dedos muy cerca de su frente, como si, nuevamente, quisiera dibujar un rayo sobre su piel.