Capítulo XXVI #2
El veterano tribuno se apartó del resto para acercarse a su hijo.
El sudor le corría bajo las carrilleras del casco y goteaba sobre la armadura.
Si ellos estaban agotados, los infantes lo estarían mucho más.
Recorrió con la mirada la fortificación que los godos habían levantado sobre la colina.
Resultaba imposible contar el número de carromatos de madera que, reforzados con cuanto habían podido conseguir, conformaban la doble muralla tras la que debían de disponerse la mayor parte de los diez mil guerreros que había logrado convocar el caudillo tervingio, si es que los informantes de Valente no estaban equivocados.
En la ladera habían tomado posiciones los jinetes, en sendas formaciones que no parecían superar el millar de hombres cada una.
El muchacho tenía razón. Hasta él, sin experiencia bélica, era capaz de verlo. Habían esperado mucho tiempo para lanzar aquella ofensiva, y ordenar que las tropas se dispusieran para la batalla tras tan tortuosa marcha no tenía sentido.
Una ráfaga de viento agitó su capa, y el aire caliente se le introdujo por cada recoveco de la armadura, provocándole la desagradable sensación de estar cociéndose en sus propios jugos.
–¿Alguien está cociendo pan? –soltó un protector a su espalda.
Sorprendido, Constancio se dio cuenta de que, efectivamente, un agradable olor a cereal tostado impregnaba el ambiente.
Miró a su espalda, donde esperaba ver a los hombres comenzando a instalar los hornos portátiles, lo que significaría que no habría lucha ese día.
Montarían el campamento para pasar la noche y cargarían a la mañana siguiente.
–Huele bien. –Estilicón sonrió, sintiendo que se le abría el apetito tras la exigente marcha.
–¡Humo, humo! –gritó otro de los hombres de Constancio, al tiempo que señalaba hacia el flanco derecho, desde donde soplaba el viento, mucho más allá de donde se encontraba la caballería de Víctor.
Al instante, se extendió una protesta entre los soldados. Sus esperanzas de descansar y llenar el rugiente estómago no habían sido sino una ilusión.
–Estarán quemando las provisiones para que no nos hagamos con ellas –comentó el protector que había hablado antes.
Sus compañeros corearon su asentimiento, convencidos de que aquella batalla estaba decidida antes de empezar.
Sin embargo, Flavio Constancio miraba las columnas de humo con preocupación.
El viento transportaba el aroma y el humo hacia ellos, lo que aumentaba la sensación de bochorno, además de provocar que se les humedecieran los ojos.
Veterano ya en aquellas lides, pensaba que, si Fritigerno estuviera destruyendo sus reservas, el humo procedería de la propia colina, y no de los alrededores.
* * *
En la colina, una multitud se agolpaba junto al segundo muro de carretas, mientras los hombres encargados de la defensa de aquel punto, muy pocos en comparación con los que se disponían, escudo junto a escudo, delante de la primera línea, intentaban mantenerlos alejados usando las varas de sus lanzas.
Mujeres, niños y ancianos, todos querían ver lo que ocurría en la llanura a sus pies, allí donde decenas de miles de hombres se disponían en perfecta formación, el metal de sus armas y armaduras refulgiendo al sol.
Poco después, cuando comenzara la lucha, la mayor parte de ellos se retirarían al interior del campamento a rezar, cada uno a sus dioses, para que las carretas y quienes las defendían resistieran a los ataques.
La familia de Safrax también estaba allí.
Aleda buscaba con la mirada a Teudiselo, que ocupaba un lugar junto a su padre en la primera línea; Baddo estaba al lado de Amage, quien, pese a todos los ruegos, se había negado a marcharse con los niños.
Hilduara se había ofrecido a hacerlo ella misma, y aquello había puesto punto y final a la discusión.
La greutunga sujetaba con firmeza la mano de Tulga.
Asombrada, contemplaba fijamente la llanura.
Nunca había visto una multitud armada como aquélla, y por primera vez dudaba si había medido mal la situación en la que se encontraban.
Buscó a Ragnahilda, y la encontró a pocos pasos, con el rictus serio y el largo cabello recogido en una red, como si se encontrara ante una ocasión especial.
Pensó en sus palabras, en lo que se había atrevido a decir el día anterior, e imaginó a su hijo, aquel que todavía no había nacido, cargado de cadenas.
Se estremeció por un momento. No, aquello no ocurriría, porque Donar le había hablado, igual que le había hablado en el pasado.
Atentos a lo que sucedía colina abajo, las respiraciones parecían haberse contenido.
Y nadie se percató de que uno de los niños conseguía burlar la vigilancia de los hombres que custodiaban los carromatos.
Alarico, aprovechando un descuido, se había deslizado debajo de la primera carreta.
Hizo una seña a Ataúlfo para que lo siguiera, pero éste dudó un segundo, tiempo suficiente para que un guerrero lo mirara con expresión admonitoria, haciéndolo retroceder.
Ataúlfo sintió la boca seca; miraba alternativamente al guerrero y a la carreta bajo la cual había desaparecido su amigo, en parte desconsolado por haberle fallado, en parte aliviado por no tener que enfrentarse más tarde a la reprobación de sus mayores.
El hijo de Gundebaldo tardó poco tiempo en darse cuenta de que se quedaba solo.
Se frotó las rodillas, magulladas tras la hazaña, y miró hacia la primera línea de defensa: allí los carromatos habían sido desprovistos de las ruedas, para proporcionar mayor solidez a quienes los defendían.
En el segundo círculo, los hombres se habían conformado con cubrir los laterales con piedras, troncos o setos espinosos, cualquier cosa que sirviera para dificultar que los romanos lo atravesaran.
Alarico suspiró. No podía seguir avanzando, así que permanecería allí; al menos, hasta que el combate diera comienzo y quienes se apostaban entonces frente a la línea de carromatos combatieran para alejar a los romanos de sus familias.
Ellos y la madera de las carretas era cuanto se interponía entre el muchacho y la esclavitud o la muerte.
* * *
Safrax percibió el olor a quemado. Se encontraba lejos de la gran línea de defensa goda, pero aquélla era la señal de que debían ponerse en marcha.
Los jinetes que formaban junto a la colina, hunos y tervingios en su mayor parte, prenderían fuego a cultivos y matorrales cercanos para entorpecer el avance de las tropas de Valente, pero también para que el humo ocultara a la caballería de Safrax y Alateo, que sólo debía aparecer una vez la lucha hubiera comenzado.
Con las manos cerradas con firmeza sobre la empuñadura de su espada, firmemente clavada en la tierra, el alano arrugó la nariz tratando de ignorar el molesto olor.
Sin entender por qué, la aldea carpa en la que había luchado por primera vez se dibujó en su mente; habían dejado que las llamas la devorasen, y él había quedado profundamente impresionado.
Nunca olvidaría aquel momento, aunque los siguientes cuatro años hubiera participado en tantos combates que ya ni siquiera era capaz de recordarlos todos.
Cuatro años que parecían toda una vida. Apretó el pomo con fuerza, sintiendo la sangre manar de la herida que acababa de abrirse en la palma.
Las gotas se deslizaron por el metal y regaron la tierra.
Su sacrificio había sido realizado; ahora su sangre corría por el metal de la misma manera que lo hacía en su interior: su espada y él eran uno.
Tuvo un último pensamiento para aquellos que lo aguardaban en la colina; dependían de que ellos y los hombres de Fritigerno se mantuvieran firmes frente a la marea de metal y carne que se les echaría encima.
Si ese día luchaba, era por ellos, pero también por tantos otros.
Por Goar, su primo pequeño, el hermano que nunca había tenido y que no había vuelto a ver desde que marchara a la tierra que ahora pisaba; por Beuca, por su madre y también por su padre, Respendial, al que ni siquiera recordaba y que había muerto a ese lado de la frontera de piedra.
–La señal, Safrax –le advirtió Tasio en voz baja, como si no quisiera interrumpir sus pensamientos.
–Acaba ya. Ha llegado el momento de ponerse en marcha –intervino Alateo con bastantes menos miramientos.
El greutungo no llegaba a acostumbrarse al ritual que los alanos repetían antes de la batalla.
Primero se trenzaban el cabello como las mujeres, lenta y minuciosamente, para después enterrar con firmeza la espada en la tierra y orar sobre ella, dejando correr su propia sangre por el metal.
Si no supiera de primera mano lo excelentes que eran como guerreros, se habría reído de su solemnidad en no pocas ocasiones.
Pero no lo había hecho. Por contra, había aprendido a respetarlos, pues se habían mostrado aliados fieles tanto en la guerra como en la paz: la poca que habían disfrutado.
Safrax abrió los ojos y atrapó en el aire el paño que Tasio le ofrecía.
Un ciclo terminaba, y una nueva vida empezaría después de esa jornada.
Se secó la sangre de la mano, taponando por un momento la herida, y acto seguido limpió metódicamente la hoja de su espada.
Su sacrificio había sido consumado: la siguiente sangre que probaría el metal sería la de sus enemigos.
* * *
Cayo Nepociano ya había hecho formar a sus legionarios de la I Adiutrix. Ahora, aguardaban órdenes, mientras que muchas de las unidades auxiliares venidas desde la Galia todavía pugnaban por ocupar sus posiciones delante de ellos.