La frontera de piedra Capítulo XXVI
74%

Capítulo XXVI

CAPÍTULO XXVI

Esa noche, a Hilduara no le resultó sencillo conciliar el sueño.

Cuando por fin cerró los ojos, multitud de imágenes desagradables se agolparon en su mente, provocando que su descanso fuera agitado.

Despertó poco más allá de la medianoche, al escuchar un ruido fuerte y extraño.

Aún en el lecho, comprobó que todo parecía tranquilo a su alrededor.

Tulga dormía, respirando rítmicamente; también Caina y Aleda, con las que compartían tienda, descansaban sin aparente desazón.

Hilduara se llevó una mano al pecho; el corazón le latía desbocado.

Las horribles imágenes del sueño se le aparecieron de nuevo: fuego, humo, miembros mutilados y gritos ensordecedores.

Había visto con sus propios ojos la batalla, había olido la sangre, había sentido el miedo, y, por último, había llorado al distinguir una larga columna de hombres y mujeres que avanzaban encadenados en medio de aquel grotesco campo sembrado de muerte.

Un trueno retumbó, e Hilduara dio un respingo.

Tardó un instante en reparar en que sólo había sido un sueño y en que se había desatado una inusual tormenta de verano.

Se cubrió con un manto y abandonó la tienda con sigilo.

Una vez fuera, aspiró la brisa nocturna, temblando ligeramente por el contraste del aire fresco con el ambiente cargado del interior de la tienda.

Ya más tranquila, observó el cielo en busca del relámpago que entendía no tardaría en aparecer, pero éste se hizo esperar: la tormenta estaba muy lejana.

Pasados varios segundos, creyó percibir un destello hacia el norte del campamento.

Caminó hacia allí sin pensarlo, y poco después un potente trueno rasgó la noche.

Cerca, los animales se revolvían dentro de las cercas que les habían construido a toda prisa en los días anteriores. No se oía nada más.

–Donar, muéstrame el camino –susurró, llevándose una mano al vientre.

Avanzó sin rumbo aparente. Las pocas hogueras que continuaban prendidas hacían bailar las sombras a su alrededor.

Dejó la mente en blanco y se dejó llevar por su intuición, un paso tras otro.

Había salido descalza, pero ni siquiera notaba los guijarros en la planta de los pies, como si estuviera en trance.

De repente, los frenéticos ladridos de los perros se apoderaron de la colina entera.

–Donar, hijo de Woden, señor del trueno, protector de los hombres, muéstrame el camino –murmuró nuevamente, justo en el instante en el que el cielo volvía a iluminarse.

Hilduara sonrió. El mismo dios que había intercedido por la vida de Tulga en su nacimiento respondía de nuevo a sus plegarias.

La criatura que portaba en su vientre también nacería.

Lo supo en su fuero interno, y tuvo ganas de reír a carcajadas, de bailar.

Hasta que una sombra pareció desplazarse hacia ella, apagando la noche a su alrededor.

Hilduara se estremeció. De repente, sintió frío y fue consciente del dolor en la planta de los pies.

Estaba sola, sola y perdida en algún lugar del inmenso campamento.

–¿Quién anda ahí? –preguntó, tratando de que su voz sonara firme.

Aguzó la vista. Por delante, una silueta que parecía vestir totalmente de negro; un pedazo de oscuridad más intensa que la misma noche, una figura encorvada que se acercaba con lentitud.

–¿Qué haces tan lejos de los tuyos, mujer? –preguntó con voz rasposa.

Hilduara volvió a observar el cielo, hacia el punto en que se había reflejado el último relámpago, aquel que la había llevado hasta allí.

–Voy donde quieren mis dioses –no se arredró; ella nunca lo hacía.

El hombre emitió una carcajada grotesca que erizó el vello de la nuca de la greutunga, pese a su determinación.

–¿Qué dioses son ésos a los que sigues, mujer? No hablas como una seguidora del dios crucificado de las que abundan en esta colina. –Bleda se retiró la capucha del rostro.

Hilduara se fijó entonces en que tenía los dedos todavía impregnados con la sangre del animal que acababa de sacrificar, y se estremeció.

En su trance, había llegado hasta la zona en la que se habían instalado los servidores de los guerreros hunos, un lugar al que nadie querría acceder por su propio pie.

–No, no soy cristiana –respondió, escupiendo su desprecio a los pies del huno, que le respondió con una sonrisa desagradable en un rostro de piel seca y surcada por infinidad de cicatrices.

–Sigues entonces al dios del trueno.

Hilduara titubeó, pero cuando respondió sintió que su confianza regresaba.

–Sigo a Donar, hijo de Woden.

–Ah, Donar está furioso esta noche... –repuso Bleda, pensativo.

El hechicero alargó una mano y rozó con ella la blanca frente de la mujer, quien, pese al rechazo que le provocaba, no se retiró.

Sus dedos, delgados y nudosos, con las uñas llenas de mugre, se deslizaron por la piel suave de Hilduara, dibujando en su frente un trueno con la sangre del cordero recién parido cuyas entrañas acababa de leer.

Luego, Bleda sonrió, y le hizo una señal para que regresara por donde había llegado.

–Has tenido la fortuna de que tu dios te hablara esta noche, así que regocíjate por ello. Pero ahora márchate. Una mujer como tú no debería aventurarse a solas, en la oscuridad, en un lugar como éste.

* * *

Valente había tomado la decisión inamovible de avanzar. Habían transcurrido otras dos jornadas, y no estaba dispuesto a aguardar más. Acabaría con aquellos godos en solitario, y toda la gloria recaería sobre él.

Partieron de Adrianópolis poco antes del alba.

El tamaño de la columna era tal que necesitaron varias horas para movilizar a los últimos guerreros que la componían, a pesar de que dejaron atrás la mayor parte de su impedimenta, así como a los servidores de las máquinas de guerra y a un millar de auxiliares dispuestos a proteger en su ausencia la ciudad en la que habían establecido su campamento de campaña.

Ese día no había en el horizonte nube alguna que se interpusiera entre el sol y quienes avanzaban cargados con sus armas. El calor abrasador era dueño de la llanura Tracia. Todos recordaban lo vivido al este de la frontera persa, mas nadie protestó o ralentizó el paso.

Unas horas después llegaron al lugar donde los aguardaba el ejército godo, parapetado en lo alto de una suave colina.

Ante su sola visión, muchos de los soldados suspiraron de alivio; no por la batalla que sabían tendría lugar tarde o temprano, sino porque aquello significaba que la marcha había llegado a su fin.

A la orden del estado mayor de Valente, un buen número de jinetes ligeros marcharon a repartir las órdenes, ante el desconcierto de los comandantes, que habían esperado poder dar un respiro a la tropa.

El ejército se dispondría conforme a la tradición, con la caballería en los flancos y la vasta infantería ocupando el centro. Tras ellos se situaría la escolta que arroparía al emperador si resultaba necesario que éste entrara en batalla.

Víctor comandaría el flanco derecho del ejército.

Contaba con dos millares de jinetes a sus órdenes: auxiliares árabes y unidades de la frontera persa, entre ellas arqueros a caballo y jinetes pesados, los temidos clibanarios.

Una hueste poderosa y versátil que, además de proteger aquel costado, tenía la orden de percutir en la línea goda sin piedad una y otra vez, persiguiendo desbaratar a la caballería enemiga, que en ese momento se encontraba en una de las laderas.

Más allá del enorme cuadro de la infantería, quienes más habían sufrido la marcha, justo al otro extremo de la formación, estaría Bacurio.

El príncipe ibero tenía bajo su mando a sus propias tropas, pero también a una fuerza mixta de jinetes y arqueros.

Como todos, sudaba copiosamente y trataba de aliviar la sed vertiendo el contenido de un odre en sus labios y bebiendo el líquido con avidez.

Tras las incontables filas de infantería de auxiliares y legiones palatinas, entre las que se encontraban las unidades de élite de lanciarii , mattiarii y batavi , se agolpaban las unidades bajo las órdenes de los generales Trajano y Saturnino; y, tras éstas, el emperador Valente, rodeado de sus protectores.

Entre éstos se encontraba Flavio Constancio, y junto a él, gracias a la intercesión del augusto, su hijo, pese a que aún no hubiera ingresado oficialmente en ese cuerpo.

Una suave brisa comenzó a soplar desde el este, atravesando el campo de batalla.

Sin embargo, no transportaba frescor alguno, sino sólo más calor, así como el murmullo de las protestas de quienes debían formar apresuradamente sin haber descansado.

Los caballos relinchaban, nerviosos, y delante del veterano vándalo sólo se veía un mar de cabezas moviéndose, cada una buscando su lugar en la formación.

Flavio Constancio miró a sus hombres, satisfecho al ver lo rápido que habían formado sobre el terreno.

Delante suyo, a cierta distancia, Valente estaba reunido con los generales, pero no consiguió ver por ningún lado a su amigo Víctor.

El vándalo gruñó por lo bajo. Definitivamente, Sebastián, Saturnino y los de su cuerda se habían salido con la suya y aconsejaban al emperador sin tener que lidiar con la siempre molesta opinión del sármata y de otros oficiales competentes.

–Padre, ¿va a comenzar ya la batalla? –Estilicón se dirigió a él en voz baja–. Los hombres están extenuados.