La frontera de piedra Capítulo XXV #3
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Capítulo XXV #3

Se sorprendió al ver a su hijo sentado a solas con la mayor de las nietas de Amage, Aleda.

Hablaban en voz baja y se miraban con complicidad.

Gundebaldo frunció el ceño, pero poco tardó en sonreírse cuando los jóvenes se separaron al reparar en su presencia.

Ya hablaría con su hijo más adelante, si es que tenían oportunidad de hacerlo.

No, no valía la pena enfurecerse por tal nimiedad cuando la supervivencia misma de todos ellos estaba cuestionada.

–Padre –dijo Teudiselo sin poder disimular sus nervios.

Gundebaldo lo examinó un instante. Delgado y alto, voluntarioso, pero, o mucho se equivocaba, o no tenía madera de gran guerrero, como sí creía adivinar en su hijo menor.

Habría preferido que ese día, y los inmediatamente posteriores, Teudiselo fuera como Alarico, y Alarico como Teudiselo, porque el primero no tendría más remedio que unirse a los suyos en la lucha, mientras que el segundo permanecería a salvo en el interior del campamento, al menos mientras las defensas resistieran.

–Mañana vendrás conmigo. Ahora, salid los dos.

Se acercó hacia las mujeres, que lo observaban con fijeza.

–No habrá paz –anunció, mirándolas alternativamente a los ojos–, así que procederemos tal y como hemos hablado: los niños y los ancianos se quedarán aquí, lejos de los combates.

Y vosotras, mujeres, os encargaréis de apagar las llamas que esos malnacidos consigan prender con sus flechas y su maquinaria de guerra.

–¿Se sabe cuándo tendrá lugar el ataque? –preguntó Hilduara.

–No, pero no tardará en producirse. Ojalá sea cuanto antes; eso nos daría una oportunidad.

Gundebaldo cambió el peso de una pierna a la otra, pues su cuerpo aún protestaba tras la cabalgada.

Se sentía agotado, tanto física como emocionalmente, pero en el fondo estaba deseoso de que comenzara la lucha.

Aquella tensión previa se le antojaba interminable.

Sentía como si todo lo sufrido durante aquellos dos años, desde que cruzaran el maldito río, hubiera sido una prueba para prepararlos para la situación en la que se encontraban.

Tras la marcha de Gundebaldo, las mujeres tardaron un instante en reaccionar, durante el que únicamente se escuchó el crepitar de los maderos en el exterior.

Desde que estaban allí, sólo pensaban en ese momento y se preparaban para él, pero saber que acontecería sin remedio les resultaba sobrecogedor.

Baddo, pese a su juventud, fue la primera que se atrevió a romper el silencio:

–Amage, tú permanecerás aquí con los niños.

Hilduara, Ragnahilda, Aleda y yo ayudaremos junto al muro, como ha dicho Gundebaldo.

Dejaremos a Caina contigo, para que podáis ocuparos de los pequeños.

–Mientras hablaba, sus ojos estaban fijos en la anciana.

Quería protegerla, como ella la había protegido desde que la conociera, pero Amage le devolvió la mirada con dureza.

–No soy ninguna inútil –protestó.

Hilduara observó a las dos mujeres, así como a la siempre reservada Ragnahilda.

Amage podría hacer lo que quisiera, pero ella no pensaba exponer a su futuro hijo a peligro alguno, más allá del evidente.

Se dio cuenta de que Baddo la miraba con insistencia, instándola a secundarla; pero sólo le respondió con una sonrisa de suficiencia.

Había llegado el momento de anunciar a Amage que en sus entrañas portaba la semilla de su nieto y, de paso, de hacer lo propio con la hija de Gundebaldo, para que supiera que Safrax era suyo, y que lo seguiría siendo mientras ella quisiera.

–Yo no podré acompañaros, pues estoy embarazada. Me quedaré con los niños y con Amage, si ella quiere.

La noticia fue tan inesperada que todas olvidaron el verdadero motivo por el que hablaban. Amage se acercó a ella, visiblemente emocionada, y la abrazó con ternura; una ternura que nunca antes le había demostrado.

–Un hijo de Safrax, ¡dioses benditos!

Hilduara sonrió. «Y mío», pensó. Un hijo que sería el rey que parecía no querer ser su padre.

Baddo también abrazó a Hilduara con verdadero cariño, feliz por ella. Por una vez sintió una sensación agridulce al recordar que ella no podría concebir.

–¿De cuántas lunas estás? –preguntó Ragnahilda, ligeramente retirada de las demás. Pese a la cercanía y los años que hacía que se conocían, o precisamente por eso, su relación con Hilduara no había mejorado.

–Ésta es la tercera luna que no sangro.

La mujer de Alateo asintió. Dudó si levantarse y unirse al abrazo, mas finalmente no lo hizo.

Pensó en Tulga, al que por una vez su madre había permitido ir a jugar con los otros pequeños, y sintió piedad por él.

Si conocía lo suficiente a la hermana de su esposo, cuando el bebé naciera, Tulga pasaría a ocupar un lugar muy secundario en sus preocupaciones.

–Si sobrevivimos y llega a nacer, sólo espero que no lo haga como un esclavo, sino como un hombre libre, por el bien de todos nosotros –respondió, sin poder evitar que el tono de su voz resultara duro.

Hilduara sostuvo la mirada de su cuñada.

«Sí, eso es lo que Ragnahilda y Alateo quieren para mi hijo: que sea un vulgar esclavo, si es que llega a nacer», se dijo.

Pero estaban muy equivocados. Llegado el momento, ocuparía un lugar muy por encima del de Alateo o su hijo y, por supuesto, del de Viterico.

–Mi hijo nunca sufrirá las heridas que provoca el ronzal. Puedes estar segura de eso, cuñada.