La frontera de piedra Capítulo XXV #2
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Capítulo XXV #2

Goar no perdió un instante. Se agachó y rebuscó en la bolsa donde guardaba parte de sus pertenencias, tomó dos cuerdas en su mano izquierda y arrojó una hacia donde se encontraba el mayor de los alanos, que le dedicó un asentimiento.

El joven cerró los ojos, en busca de aquella paz que siempre anhelaba antes de acariciar el arma.

Desenrolló la cuerda, enganchó un extremo en el hueso del arco, y lo dobló lo suficiente para anudar también el otro extremo.

Cuando levantó la cabeza, comprobó que Pablo lo miraba sin arrogancia, complacido con su proceder.

–Dispara cuando estés preparado –le indicó Pablo, a la vez que con el extremo del arma de Palaco marcaba una línea sobre la tierra, delimitando el lugar donde se colocarían.

Goar no se hizo de rogar: tomó una de las flechas y se adelantó hasta la línea.

En ese instante, los dos protectores que habían ocupado la calle dejaron de existir para él.

Se concentró, y el escudo circular pareció estar más cerca de él, como si su sola voluntad fuera capaz de acercarlo, pese a que se encontraba tan alejado que era incapaz de adivinar la enseña que lo adornaba.

Como tantas otras veces, llevó la cuerda de tripa de venado con rapidez hasta su oreja derecha.

Elevó los brazos, e instintivamente calculó la intensidad del viento para corregir el ángulo de lanzamiento.

La flecha partió con un potente zumbido.

El chasquido de la punta de metal al atravesar la rodela se escuchó nítidamente desde su posición.

Palaco se adelantó unos cuantos pasos a la carrera, y de repente comenzó a saltar, alborozado.

–¡En el centro, mocoso, le has dado en el jodido centro! –exclamó, regresando junto a Goar para palmearle el hombro, sin creer todavía lo que había visto.

Pero, entonces, la tela de la tienda volvió a levantarse, dejando paso a los cuatro oficiales. De inmediato, Goar llevó el arco hacia su espalda y lo dejó caer al suelo.

–¿A qué viene este alboroto? –preguntó Nepociano.

Los dos jóvenes se cuadraron, pero entonces Goar se percató de que él no portaba lanza, como sí lo hacía su compañero. Miró hacia el suelo con disimulo, allí donde creía haberla dejado, y los ojos del tribuno siguieron los suyos.

–Les he propuesto un juego a estos muchachos. –Pablo tomó la palabra–. Tardabais demasiado, y me aburría. –Encordó su arco y se giró hacia el blanco–. Estábamos a punto de terminar.

Sin más preámbulo, llevó la flecha hacia detrás y la soltó. El proyectil salió despedido a una velocidad tan endiablada que, por mucho que trataron de seguirlo con la mirada, no fueron capaces de adivinar dónde podía haber impactado.

A lo lejos, el protector que se encontraba más cerca de la diana trepó hasta el escudo y, tras descolgarlo, se acercó a su compañero, que emitió una carcajada en cuanto lo vio.

Poco después, lo dejaban a los pies de Pablo.

Un murmullo de asombro se extendió entre quienes se arracimaban junto a la tienda de Nepociano.

Ninguno había visto caer la flecha de Pablo porque tan sólo eran capaces de vislumbrar, desde la distancia, un único proyectil en el centro del escudo.

Allí, tan cerca, comprobaron que se trataba de dos proyectiles, sólo que el segundo había atravesado el primero, partiendo en dos el astil, pero dejando la punta firmemente enterrada en la madera del escudo.

Sólo Víctor, menos sorprendido que el resto del resultado, fue capaz de articular palabra:

–¿Habéis terminado ya de jugar?

Pablo asintió con la cabeza y dio unos pasos hacia los jóvenes. Entregó el arco a Goar, que lo miraba estupefacto y con una sonrisa

–Estaba equivocado. Dije que eran muy jóvenes, pero me equivoqué: están preparados –dijo Pablo, indicando a Víctor con un gesto que todo había terminado y que podían marcharse de regreso a la ciudad.

* * *

Al día siguiente, y para sorpresa de todos, apareció frente a las murallas de Adrianópolis la comitiva del caudillo godo Fritigerno.

La pequeña escolta estaba formada por una docena de hombres a caballo, un sacerdote y un noble, pero sólo los dos últimos fueron admitidos en el interior de la ciudad.

Gundebaldo, pues era él quien asistía al hombre que transmitiría el mensaje de su señor, miraba con desagrado a su alrededor.

En otro momento se hubiera amilanado ante la visión de miles de combatientes perfectamente equipados y dispuestos para la batalla, como también de las decenas de armas de asedio instaladas a lo largo del recinto fortificado; sin embargo, se negaba a demostrar temor, y lo cierto era que tampoco lo sentía.

Nada le quedaba por perder, salvo la propia vida, y, una vez la perdiera, cualquier sufrimiento acabaría.

El emperador los hizo esperar durante horas, decidido a humillar a sus enemigos.

Cuando los recibió al fin, ni la elocuencia esgrimida por Ulfila, un sacerdote convertido en la época en la que los cristianos habían elevado a la categoría de santo a Sabas, sirvió para mucho.

Ulfila había ofrecido a Valente una paz duradera y ventajosa para Roma: solicitaban asentarse en las tierras de Tracia, que entonces ya ocupaban, y someterse a la disciplina del emperador para combatir en su ejército, además de convertirse a su credo quienes aún no lo habían hecho.

Valente los escuchó sin aparentar mucho interés, y, cuando por fin habló, sus palabras no fueron las que Fritigerno habría deseado escuchar.

No habría acuerdo, porque para Valente aquellas palabras sólo demostraban una cosa: que los godos, desesperados, no sabían cómo salir con vida de aquella terrible situación.

Cumplido su cometido, Ulfila y Gundebaldo fueron escoltados hasta la puerta de la muralla, donde los despidieron con toda clase de abucheos e insultos, y hasta con el lanzamiento de alguna que otra flecha dirigida hacia el suelo.

En el trayecto de regreso, el sacerdote se encerró en su cantinela, rezando y pidiendo a su Dios que le revelara el motivo por el que su lengua no había tenido la elocuencia de la de los discípulos de su hijo, cuando tanto lo había necesitado su pueblo.

Por su parte, Gundebaldo prefirió permanecer callado a compartir su opinión.

Había previsto la respuesta, y no se lamentaba por ella.

Confiaba, por el contrario, que mostrarse débiles ante el emperador sirviera para provocarlo y para que se decidiera a atacarlos sin demora.

Si hubiera aceptado el acuerdo, habrían ganado, sin duda; pero no aceptándolo habían conseguido una oportunidad para vencer.

Aun así, le resultaba difícil imaginar la derrota de aquel inmenso ejército.

En anteriores ocasiones, habían tenido que hacer frente a varios miles de guerreros de Roma, con desigual suerte: algunas veces habían vencido, otras habían sido derrotados, y otras tantas el resultado no había sido definitivo para ninguno de los dos bandos.

Pero nunca se habían enfrentado antes a tal cantidad de guerreros.

Pese a todo, la estrategia de Fritigerno había dado sus frutos, y durante las últimas semanas se habían ido uniendo a ellos más y más hombres, y, en todo momento, habían intentado que los exploradores de Roma, en la medida de lo posible, no se percataran de ello, aprovechando la doble línea circular de carromatos tras la que se parapetaban.

Y, además, al norte, a resguardo de ojos indiscretos, permanecía oculta la mejor baza de su ejército: la caballería de Safrax y de Alateo con cuatro mil jinetes alanos y greutungos escogidos.

El resultado del parlamento tampoco tomó por sorpresa a Fritigerno, ni a él ni al resto de caudillos.

Si el emperador había reunido tal ejército como el que aseguraba Gundebaldo haber visto y había hecho a sus tropas de élite cruzar el mar, aquello sólo podía tener una lectura, y era que estaba decidido a combatir.

Sin embargo, todos habían estado de acuerdo en enviar aquel parlamento.

Según las últimas noticias que habían recibido, el sobrino del emperador todavía se encontraba lejos, y no avanzaba tan rápido como habría sido posible, al parecer aquejado por alguna enfermedad.

Si se mostraban sumisos y débiles, quizá lograrían azuzar a las tropas del emperador contra ellos antes de tiempo.

Cuando Gundebaldo terminó de exponer sus impresiones, el sol ya estaba a punto de ocultarse. Avanzó entre aquel inmenso mar de tiendas, en el que apenas se podía dar un paso sin tropezar con las pertenencias de algunos de los que allí se hacinaban, hacia el lugar que ocupaba su familia.

–¡Padre! –gritó Alarico al verlo, seguido de cerca por Ataúlfo y Viterico.

–¡Hijo mío! –Gundebaldo alborotó el cabello pajizo del muchacho.

–¿Habrá guerra? –le preguntó. Para sorpresa de su padre, no había zozobra en su voz, y los ojos le brillaban como si desde tan corta edad soñara con el entrechocar de las armas.

–Con suerte tú no la verás estando aquí dentro, pero, sí, la guerra es inevitable. Sin embargo, sé que tú sabrás cuidarte bien y que harás lo propio con Ataúlfo –apostilló, señalando al hijo de Alateo–. Ahora tengo que hablar con Teudiselo y con Baddo. ¿Dónde están?

–Con la familia de Safrax y con mi madre –anunció Ataúlfo, señalando hacia la zona donde se habían instalado los alanos.

Con una sonrisa, Gundebaldo les hizo un gesto para que continuaran jugando, y poco tardó en presentarse en la enorme tienda bajo la que se guarecían.

Pensó que eran gente extraña aquellos alanos, para los que vivir en lugares como ése durante toda su vida no suponía problema alguno.

Al contrario: no conocían otro modo, pues despreciaban los edificios de madera y piedra, como aquel en el que él mismo había vivido tiempo atrás.