La frontera de piedra Capítulo XXV
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Capítulo XXV

CAPÍTULO XXV

–Nunca imaginé que en el mundo podía haber tanta gente como hemos visto estos días aquí –reflexionó Goar en voz alta–. ¿Y tú, Palaco?

Habían llegado a la ciudad cuatro días antes, y la jornada anterior las tropas de Ricomero aparecieron al fin por el campamento. Así las cosas, Valente había decidido otorgar unos pocos días a los recién llegados, para que ellos y las monturas descansaran y se prepararan para la inminente batalla.

Ese día les había tocado servir a Nepociano como escolta, y ahora se encontraban junto a su tienda, sentados sobre la hierba. Palaco, con los párpados cerrados, trataba de dormitar, acariciado por el agradable sol de primera hora de la tarde.

–Te estoy hablando a ti –insistió Goar, molesto.

Palaco bostezó, se estiró y se giró hacia su compañero con exasperante parsimonia.

–¿Qué quieres, mocoso? Estaba teniendo un sueño estupendo.

Goar hizo amago de protestar, pero en ese instante reparó en que se había formado un pequeño revuelo a poca distancia. Un grupo de hombres había accedido al campamento, y un burgundio realizaba aspavientos, señalando hacia ellos.

–Viene alguien, ponte en pie –avisó Goar, adecentándose las ropas para resultar lo más marcial posible.

Palaco lo imitó sin tiempo que perder, y, tomando el spiculum que le había tocado en suerte, se cuadró junto a la entrada de la tienda.

Casi una decena de hombres se les acercaban.

La mayoría iban vestidos con el mismo uniforme; si los jóvenes alanos hubieran estado más familiarizados con el ejército imperial, se habrían percatado de que eran los protectores de Valente, pero, instintivamente, Palaco y Goar cruzaron las lanzas junto a la entrada de la tienda.

La comitiva se detuvo de forma brusca, y dos de ellos dieron un paso al frente.

–Avisad a Cayo Nepociano de que el general Víctor está aquí.

No tuvo que repetirlo. Goar se adentró entre las pieles y ordenó a uno de los servidores que avisara al tribuno de la importante visita.

Cuando regresó al exterior, algunos de aquellos hombres armados se habían dispuesto alrededor de la tienda, mientras que cuatro permanecían junto a Palaco: además de los dos oficiales veteranos, los otros dos hombres que los acompañaban le llamaron poderosamente la atención.

El primero, enfundado en una brillante armadura de escamas, tenía el cabello blanquecino, largo y cuidado, y los ojos grises ligeramente rasgados.

Goar contuvo la respiración. Le recordaba a Safrax: era como estar delante de su primo de nuevo, aunque ante un Safrax ya veterano, curtido en mil batallas.

–Padre, apostaría mi caballo a que ése es uno de los alanos de Dorustorum –lo sobresaltó la voz del otro hombre.

Como recién despierto de un sueño, Goar sacudió la cabeza y apartó la mirada de la hipnótica figura del guerrero rubio para dirigirla hacia el hombre que lo señalaba.

Aunque en realidad no era a él, comprendió, sino a la vaina de la espada corta que desde que abandonara Brigetio llevaba siempre pendiendo del cinto.

El que así había hablado parecía un muchacho joven, no mayor que Palaco.

–Por el amor de Dios, tienes razón. Nunca olvidaría una vaina como ésa –convino uno de los hombres más adelantados.

Goar miró hacia aquél. No necesitó cerrar los ojos para que su mente se transportara lejos de allí, al primer barracón en el que había dormido en su vida, lejos de su tierra y de los suyos. El mismo lugar del que Palaco había tratado de escapar sin éxito.

–¿Qué decís? –preguntó Víctor, intrigado.

Flavio Constancio no se hizo de rogar:

–Hace unos años coincidimos con Nepociano en Dorustorum; fue la última ocasión en que lo vi hasta que apareció por aquí.

Por ese entonces, él acababa de regresar de la estepa y traía consigo a medio centenar de jóvenes alanos por orden de Flavio Merobaudes, con los que aquél pretendía agasajar al malogrado Valentiniano.

Intenté hacerme con unos cuantos para ponerlos a tu servicio, pues sé cuánto te gustan sármatas y alanos, Víctor; pero Nepociano no se mostró dispuesto a negociar.

Habría acertado al traéroslos, ¿no crees, Pablo?

El guardaespaldas de Víctor, que tampoco había perdido de vista a los jóvenes alanos, se acercó hasta ellos. Los estudió con interés, como hubiera hecho con potros recién llegados del establo privado del mismísimo emperador.

–Demasiado jóvenes –sentenció.

Ellos le dedicaron una mirada ofendida. Mas no pudieron responder, ya que la tela de la tienda se abrió para dejar paso a Cayo Nepociano, que recorrió al grupo con la mirada.

–Vaya, ¿a qué debo tan ilustre visita? –preguntó el tribuno, sorprendido.

Constancio, antes de responderle, señaló a los dos jóvenes alanos.

–¿Éstos son los alanos que trajiste del otro lado de la frontera hace unos años, tribuno?

Nepociano asintió, sin poder evitar pensar en cómo había cambiado todo desde aquel momento.

Había atravesado medio mundo, visto cosas que pensaba que ninguno de los suyos llegaría a ver y traído a aquellos muchachos.

Y ese día estaban todos ahí, Constancio, Estilicón, Goar, Palaco y él mismo, dispuestos a luchar bajo la misma enseña.

–Tenéis buena memoria, Flavio Constancio. Sí, éstos son dos de aquellos muchachos. Y, ahora, pasad y hablaremos con calma.

El tribuno sostuvo la tela, y por ella pasaron Víctor y Constancio, pero también Estilicón.

Por toda despedida, Nepociano dirigió una mirada severa a los jóvenes alanos con la que, sin palabras, les advertía de que no quería que nadie los molestara.

Ellos, cumplidores, sujetaron nuevamente las lanzas en actitud desafiante, aunque sus ojos seguían prendados del guerrero alano que permanecía a pocos pasos de ellos.

Éste, igualmente intrigado, les devolvió la mirada hasta que pareció quedar satisfecho con su escrutinio.

–¿Cómo os llamáis? –les espetó en la lengua del Imperio, sorprendiéndolos, porque, sin saber muy bien el motivo, habían esperado que lo hiciera en la que usaban más allá de la frontera de piedra.

–Goar.

–Palaco.

Pablo asintió, complacido al escuchar aquellos nombres tan familiares, pero a la vez tan lejanos. Todavía algunos entre quienes lo seguían mantenían sus antiguos nombres, pero la mayor parte hacía años que los habían sustituido por otros menos exóticos a oídos de los romanos, como él mismo.

–¿Qué clase de nombre es Pablo? –se atrevió a preguntar Palaco, poniendo voz a la misma pregunta que rondaba por la cabeza de su compañero.

El interpelado esbozó una media sonrisa.

A él también le había sonado extraño aquel nombre cuando lo escuchó por primera vez de labios de un religioso que frecuentaba el hogar de Víctor, como igualmente extraño le resultó el nombre del general sármata al que salvó la vida frente a las murallas de Ctesifonte.

«Pero ya han pasado quince años de aquello», razonó.

–Es mi nombre –respondió con las mismas palabras que usara el sármata con él.

–Nunca lo había oído –reconoció Palaco.

–Al menos, no en un alano –completó Goar la frase–. Porque eres alano, ¿verdad?

Pablo lo miró fijamente. Era alto, con el pecho ancho y las piernas largas y ligeramente arqueadas, pero no podía ocultar los rasgos aniñados de su rostro lampiño.

–¿Te refieres a si sé montar a caballo y utilizar un arco como los vuestros? La respuesta a ambas preguntas es sí. ¿Y vosotros? Lleváis años a este lado del río, pero incluso ahora sois poco más que críos.

Goar endureció el gesto. Muchos otros le habían dedicado esas mismas palabras en Brigetio; entre ellos, su compañero ese día. Se había esforzado en demostrar a todos lo equivocados que estaban, y haría lo mismo con aquel hombre, fuera quien fuera.

–Mejor que tú –le espetó Goar, lo que hizo que a Palaco se le escapara una carcajada.

Sin embargo, Pablo no rio, sino que lo escrutó con renovado interés.

Caminó a su alrededor, y por último tomó uno de los arcos.

Sopesó la madera con la que estaba fabricado, también el hueso aplicado en los extremos, obra de la pericia de Palaco, tal y como recordaba que hacían sus mayores.

Era una buena arma, aunque no podía compararse con la que él guardaba en la ciudad.

–Está bien, te dejaré que me lo demuestres.

–Tomó el segundo de los arcos y se lo lanzó a Goar, que lo atajó al vuelo–.

Tu señor te ha indicado que no abandones tu puesto, así que no seré yo quien te busque un castigo ¿Ves aquel escudo que está a unos cien pasos, sobre la viga de aquella tienda?

Un solo disparo. El que se acerque más al centro, gana.

Sencillo para un alano como tú, ¿no te parece, muchacho?

Palaco emitió un resoplido al reparar en el blanco que había designado Pablo.

A un centenar de pasos en línea recta, se levantaba la tienda de un grupo de auxiliares burgundios que en ese momento estaban de permiso en la ciudad.

No se veía a nadie en los alrededores, pero aquello podía cambiar en cualquier momento.

–Podríamos meternos en problemas, mocoso –aconsejó Palaco a Goar en voz baja.

Pero Goar se sintió incapaz de prestar oídos a su compañero.

Todos sus sentidos estaban ya centrados en el lugar que había designado Pablo como diana.

No había peligro de herir a nadie: la flecha cruzaría la calle a mucha altura para caer en picado cuando se encontrara cerca de su objetivo.

Un único disparo, y aquel arrogante se tragaría sus palabras.

–Yo lanzaré primero.

Palaco pateó el suelo, sin creer lo que estaba ocurriendo. Por su parte, Pablo llamó a dos de los protectores que habían acudido con ellos y que continuaban en guardia alrededor de la tienda de Nepociano.

–Vosotros, aseguraos de que nadie cruza por la calle. Si alguien se acerca, mantenedlo alejados. Será cuestión de un momento.