Capítulo XXIV #3
Como en cualquier ciudad, quienes la habitaban se dividían por barrios; pero allí no había comerciantes, jornaleros u otros oficios, sino que se agrupaban en función de su pueblo de procedencia.
Tervingios por un lado, greutungos por otro, igual que alanos, taifalos, carpos, romanos desertores o esclavos liberados. Y, por supuesto, los hunos.
Se mantenían alejados de todos, pero su presencia no pasaba desapercibida.
Uldin había aparecido con casi tres mil jinetes, amén de mujeres y siervos.
Los guerreros se habían instalado en la llanura, junto con sus caballos, y los civiles, en la planicie que dominaba la colina.
Casi parecía que los hunos habían levantado una sólida empalizada entre ellos y los demás, pues nadie osaba acercarse.
Baddo había vuelto a sentirse extraña en el mismo momento en el que puso un pie en aquel lugar.
Toda la seguridad que Amage había sido capaz de transmitirle durante meses pareció evaporarse al regresar al campamento que tan desgraciados momentos le había deparado.
Su mirada se volvió nerviosa, y ella misma, irascible.
Por primera vez, la interminable cháchara de Aleda y de Caina le resultaba molesta, así como también la desbordante imaginación de Alarico, Ataúlfo y Viterico.
Sólo el reencontrarse con Gosvinta, su hermana menor, había conseguido mitigar en parte su desazón.
La primera noche apenas fue capaz de pegar ojo. Cuando el sol anunció la llegada del nuevo día, ella ya se encontraba fuera de la tienda, abrazada a sus rodillas con la mirada perdida.
–¿Tú tampoco puedes dormir? –escuchó a su espalda.
Hilduara la contemplaba desde la puerta de la tienda, la tela del vestido pegada a su cuerpo a causa del sudor.
–Demasiado calor –mintió, en parte.
–Sí, casi parece que Safrax sigue durmiendo a mi lado –repuso la greutunga con una sonrisa pícara.
Baddo sonrió a su vez, pero no pudo evitar que una sensación extraña la invadiera al escucharla hablar sobre su intimidad con el alano.
Apretó los labios, sabiendo que era ridículo.
No sólo no era consciente de haber sentido amor o deseo por Safrax, sino que dudaba de que hubiera sobre la tierra hombre capaz de despertar tales sentimientos en ella.
El alano la había salvado, había sido amable y atento, y ciertamente era atractivo, pero siempre la había tratado como a una hermana.
Quizá lo que envidiaba de Hilduara era la sensación de que, estando junto a él, sus males se hacían más llevaderos.
La greutunga la escrutaba como si tratara de leer lo que pasaba por su mente. Baddo bajó la cabeza, tratando de ocultar el rubor que se había apoderado de sus mejillas, y buscó algo que decir sin parecer idiota.
–¿Ha dormido bien Tulga? ¿Ya no lo atormentan las pesadillas?
–Sí, hace tiempo que no lo visita dragón alguno. Es curioso... Yo nunca soñé con esas criaturas. ¿Y tú, Baddo?
–No lo recuerdo, pero nunca escuché a mis padres decir nada semejante.
Hilduara tomó asiento a su lado y se recompuso los extremos de la falda.
–Mi hijo es especial. Los dioses, en ocasiones, hablan a través de él.
Baddo sufrió un nuevo escalofrío, que, desde luego, no se debía a la suave brisa de la mañana. Tulga, a sus tres años, era un muchachito tímido, callado, agradable, aunque únicamente parecía sentirse cómodo estando junto a su madre.
–Es afortunado, entonces. Y también nosotros por tenerlo aquí, en un momento en el que tanto los necesitamos a nuestro lado.
Hilduara asintió, complacida.
–En los momentos de zozobra es cuando más necesitamos a nuestros dioses, por más que, en ocasiones, se complazcan en ponernos a prueba.
–Celebro la fortaleza de tu fe, Hilduara –dijo Baddo por cortesía.
Por primera vez desde que llegaran allí, se alegró de ver que Caina se acercaba. Le hizo una seña para que se sentara junto a ellas, y enseguida Hilduara se incorporó dispuesta a marcharse.
–Tú no eres cristiana, ¿verdad, Baddo? –preguntó de repente.
Ésta la observó con extrañeza. Nunca habían hablado de sus inclinaciones religiosas y, al menos a ella, le traía sin cuidado a quién adorara la greutunga.
Pocos años antes de que la desgracia se abatiera sobre ellos, su madre había adoptado la fe de Cristo y había hablado a sus hijos acerca de los misterios del nuevo credo, principalmente a ella y a Teudiselo, los de mayor edad.
Pero, cuando su madre murió, Baddo había dejado de creer en nada.
¿Cómo podía aquel dios permanecer impávido, si era tan poderoso, ante el sufrimiento de los suyos?
Después de la muerte de su madre había comprendido que ninguna deidad acudiría a su llamada cuando lo necesitara; que siempre estaría sola, como lo había estado en aquel cobertizo.
–No, no lo soy, aunque muchos en mi pueblo han abrazado esa fe en los últimos años.
Hilduara entrecerró los ojos, dejando entrever un ligero brillo.
–Me alegro, Baddo, porque he llegado a creer que quizás ellos, y la debilidad de su dios, sean la causa de todo el mal que nos acecha.