La frontera de piedra Capítulo XXIV #2
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Capítulo XXIV #2

–Tribuno –comenzó a explicar Víctor–, en el círculo cercano al emperador hay quien opina que no es necesaria la ayuda de Graciano para reducir a los godos, y que haría bien en hacerlo él mismo antes de que éste llegara, para demostrar así quién de los dos es el más fuerte.

Sin embargo, ni Constancio ni yo somos de ese parecer.

–¡Pero eso es una estupidez! Graciano está muy cerca. Juntos destruiremos a esos godos y los devolveremos más allá del limes –respondió Nepociano, indignado.

–Sé que suena estúpido... Sin embargo, no debemos tomarlo a la ligera: no en vano, estamos hablando de política.

Nepociano observó a los comandantes y recordó a su viejo amigo Marcial.

Allí estaba, delante de dos de los hombres más poderosos del círculo del emperador Valente, ambos nacidos más allá del limes y ambos con más poder que él o que Tito Valerio Flaco.

Aquel día, que le parecía lejano, había preguntado a su amigo si creía que alguien como Flavio Constancio sería capaz de traicionar al Imperio.

Entonces había estado seguro de su respuesta; en ese momento, casi podía comprender las posibles reservas del emperador.

Si bien esperar los refuerzos de Graciano era la opción más sensata, ¿por qué debería desconfiar Valente de sus generales?

¿Qué mala intención podría esconder aquel consejo?

¿Quizá brindar más tiempo a Fritigerno para organizarse?

¿Solicitaban ellos su colaboración al saber que su discurso calaría más si era un oficial romano el que lo transmitía?

Bien, a su juicio, los que lo alentaban a lanzarse sobre los godos sin tardanza teniendo los refuerzos tan cerca eran los que erraban en su planteamiento; así que, si tenía que tomar partido, lo haría por aquel a quien debía lealtad, que en ese momento recorría las calzadas a marchas forzadas para lanzarse al combate junto a los suyos.

Flavio Constancio lo tomó del brazo, decidido a solventar sus dudas:

–Tu llegada es más que bienvenida, Cayo Nepociano, pues tu testimonio es lo más preciado que podemos llevar al emperador.

El augusto acaba de convocar a sus generales para debatir los próximos pasos del ejército, y tú vendrás con nosotros.

Debe escuchar que su sobrino no lo ha abandonado, sino todo lo contrario: que se dirige hacia aquí dispuesto a unir sus fuerzas a las nuestras y, por una vez, no sólo por nuestras bárbaras bocas.

* * *

–Vaya, ¡qué sorpresa! Si son Víctor y Constancio... –Escucharon al llegar a la puerta de doble hoja que daba paso a la sala de audiencias del emperador.

– Magister Sebastián –correspondió el sármata al saludo.

–Me extrañaba que no hubierais sido los primeros en llegar.

Víctor se mordió el labio inferior, molesto. Hacía días que el emperador se negaba a escuchar sus consejos, entre otros motivos por la insistencia de Sebastián de lanzarse cuanto antes a la batalla.

Para sorpresa de todos, Cayo Nepociano apartó con delicadeza a los dos comandantes de origen bárbaro y se situó frente a Sebastián.

–Se presenta el tribuno Cayo Nepociano, de la legión I Adiutrix –anunció, como si se encontrara en el patio de instrucción del campamento de Brigetio.

Sebastián torció el gesto al observar el lamentable aspecto del tribuno.

Lamentable ya de por sí, sucio, con la ropa hecha jirones y con desvaídas marcas carmesíes allí donde había sido herido; y una guisa totalmente inaceptable si se trataba de acudir a una audiencia con el mismísimo emperador.

Miró alternativamente al sármata y al vándalo, horrorizado, pero, cuando se disponía a hablar y negarle la entrada, la puerta se abrió, y por ella apareció Bacurio, que sonrió al ver a sus amigos.

–Por mis dioses, ¡si son el sármata y el vándalo!

–exclamó. Al ver la desagradable mirada que le dedicaba Sebastián, apostilló con una reverencia–.

Y el ilustre Sebastián, por supuesto. ¡Qué suerte teneros a todos aquí!

Bien, sois los últimos, así que entrad de una jodida vez para que podamos comenzar.

Sebastián no tuvo más remedio que guardar silencio y seguir al ibero.

En la gran sala, se habían reunido una veintena de hombres ataviados con distinguidas galas.

En cuanto la puerta se cerró a su espalda, el emperador, cómodamente sentado en una posición elevada, indicó a uno de los secretarios que tomara la palabra.

Éste, con voz nasal, comenzó a enumerar las tropas acantonadas en la ciudad y en sus cercanías.

Nepociano escuchó las cifras con asombro.

Realmente, Valente no había escatimado en medios para hacerse con la victoria; había convocado a un ejército enorme, en el que se encontraban tanto tropas fronterizas como las de élite arrancadas de la frontera persa.

Eran muchos hombres, tantos que llegó a dudar de que los que pudiera aportar Graciano fueran realmente necesarios.

Recordó la jornada en que habían medido sus armas a las de aquellos godos en Ad Salices, menos de un año antes: el resultado había sido incierto para ambos ejércitos.

Nepociano había creído que sus posibilidades de alzarse con la victoria eran claras hasta que una partida a caballo de alanos y godos hicieron retroceder a sus filas a posiciones defensivas.

Aquel día habían convocado a algo menos de diez mil romanos, entre los que comandaba Ricomero y los que habían acudido junto a los generales de Valente.

Aun así, habían estado muy cerca de la victoria, y ahora, a medida que escuchaba las unidades que se pondrían en liza, sus dudas aumentaban.

La voz de Sebastián lo sacó de su ensimismamiento.

–Mi señor augusto, esta misma mañana hemos recibido los últimos informes de nuestros espías.

Un murmullo se elevó entre los presentes, acallado al instante por un simple gesto con la mano derecha de Valente.

–Te escucho.

–Los rebeldes se encuentran agrupados alrededor de una colina, apenas a unas horas de distancia de aquí. Aunque entre todos ellos suman decenas de miles, no hay entre ellos más de diez mil hombres capaces de luchar. Nunca antes ningún ejército de Roma se habrá hecho con tal cantidad de esclavos.

–¡Hundiremos el mercado de esclavos! Valdrán menos que una hogaza de pan –comentó un general.

Unos pocos rieron, pero el silencio se instaló de nuevo en la sala en cuanto Valente se puso en pie. Y Víctor decidió aprovechar para tomar la palabra:

–Mi señor augusto, el magister Sebastián ha informado de que en esa colina hay decenas de miles de personas.

Decenas de miles –repitió, volviéndose para que quienes se encontraban a su espalda pudieran escucharlo bien–.

No dudo de que nuestros espías hayan hecho un gran trabajo, pero entre tal multitud resulta difícil distinguir quién es capaz de portar un arma y quién no.

Sebastián escrutó al sármata sin poder disimular su animadversión.

–¿Preferirías ir tú con tus árabes, Víctor, y decirnos con cuántos enemigos hemos de vernos? ¿Contarlos uno a uno, a ver si un puñado más de bárbaros puede marcar la diferencia ante nuestras tropas? ¿Acaso tu valentía ha sufrido tanto menoscabo durante los últimos meses?

–¡Silencio! –bramó el emperador, al ver que el sármata iba directo hacia el magister Sebastián con la ira dibujada en el rostro–. No toleraré este tipo de comportamientos. Nuestro enemigo está fuera, no dentro de las murallas.

Ambos generales se obligaron a contenerse.

–Mis disculpas, augusto –dijo Sebastián, bajando la mirada.

Víctor se alejó unos pasos de su rival y miró al emperador, pero, antes de que pudiera decir nada, éste lo recriminó.

–Sé que consideras que debemos aguardar a mi sobrino, Víctor. Llevas días abogando por ello, pero su tardanza es del todo inadmisible. No podemos esperar más: es él mismo quien nos obliga a actuar sin demora.

–Mi señor Valente, estáis en lo cierto cuando decís que la tardanza de Graciano ha supuesto un serio contratiempo, pero ya está en camino. Hoy mismo ha llegado uno de sus enviados, que puede corroborarlo –intervino Constancio, señalando a Nepociano.

El vándalo inclinó la cabeza, respetuoso, pero Valente pareció fulminarlo con la mirada.

–Mi sobrino ha tenido tiempo de sobra para cumplir con su palabra. Yo mismo me presenté aquí en el plazo acordado, pese a tener que recorrer para ello una distancia enorme. Mucho mayor que la suya.

–Mi señor Valente, ruego me disculpéis. –Nepociano dio un paso al frente y se situó junto a Víctor.

La voz le temblaba, pero la mirada de agradecimiento que le dedicó el sármata lo animó a continuar–.

Soy Cayo Nepociano, tribuno de la I Adiutrix.

Formo parte de la vanguardia enviada por el augusto Graciano, bajo el mando del dux Ricomero.

Éste llegará aquí en pocos días; tres, a lo sumo.

Aguardad su llegada. Sé que no tengo derecho a pediros nada, pero aun así se lo debo a aquellos hombres que, siguiendo mis pasos, arden en deseos de vengar lo ocurrido en la batalla de Ad Salices.

Os lo ruego, mi señor. Dadles al menos esa oportunidad, si es que no podéis aguardar hasta que el ejército occidental al completo se una a vuestras huestes.

* * *

Julio del 378. Provincia de Tracia

Habían llegado al campamento de Fritigerno el día anterior. Si hasta entonces habían creído que ellos eran demasiados, ese día comprendieron que quienes seguían al caudillo tervingio eran muchos, muchísimos más.

Miles y miles de personas se dispersaban por la enorme colina en la que Fritigerno había decidido hacerse fuerte, como si ellos mismos estuvieran diseñando un intricado plano que pudiera dar lugar a una nueva y grandiosa ciudad.

Una urbe sin edificios de piedra, sin termas ni calzadas, tampoco anfiteatros, sino tan sólo con tiendas de tela y cuero y caminos desbrozados tras la infinidad de pisadas diarias.