La frontera de piedra Capítulo XXIV
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Capítulo XXIV

CAPÍTULO XXIV

La imponente silueta de Adrianópolis, rodeada de las fortificaciones que el ejército imperial había levantado las semanas previas, por fin se recortaba en el horizonte.

Cayo Nepociano dio gracias a Dios en voz baja y azuzó a su montura, pidiéndole un último esfuerzo, pues, como él mismo, el pobre animal estaba extenuado.

Habían galopado durante varias jornadas a un ritmo endiablado, con la esperanza de informar lo antes posible al emperador de que las tropas de Graciano andaban ya cerca.

Y, para avanzar aún más rápido, el tribuno no había tenido más remedio que dejar a sus legionarios a cargo de su segundo, Trebonio, mientras él se adelantaba para poder avanzar todavía más velozmente, luchando por dejar atrás su agotamiento y sus dudas.

Llegado ese instante, con su destino tan cerca, Nepociano se atrevió a mirar a su espalda, a los hombres que habían sobrevivido a los últimos días.

Su aspecto resultaba desolador. Algunos lucían aparatosos vendajes tras los combates que habían tenido que librar frente a los exploradores godos, pero al menos seguían sobre sus monturas.

Otros habían perdido la vida, y habían tenido que enterrarlos de manera apresurada, con una despedida poco digna.

Y es que todos habían sufrido para llegar hasta allí.

Él mismo había resultado herido en uno de los lances; si había sobrevivido, se lo debía a la protección que le otorgaba su armadura y a la rápida reacción de Goar y Palaco; y a Marcial, claro, que los había enviado.

Aun así, la jabalina enemiga había estado a punto de atravesarlo.

En el thoracomachus que vestía bajo la malla todavía se podía observar el agujero de tres dedos de ancho, recuerdo de la punta del arma que había arañado las anillas de su cota, rasgándolas y hendiendo la recia protección que utilizaba debajo de aquélla, antes de detenerse en sus costillas.

Uno de los francos había tenido que coser y vendar la herida, tras comprobar que el metal tan sólo había cercenado carne, pero no había llegado a quebrar las costillas o a dañar los órganos.

Pronto, a una milla de la ciudad, se encontraron con una partida de jinetes árabes que hacían su ronda por los alrededores.

Quienes seguían al tribuno, francos y burgundios en su mayoría, mostraron su sorpresa ante la aparición de aquellos hombres de rasgos exóticos, piel aceitunada y largas y rizadas barbas oscuras.

Nepociano tampoco había visto con anterioridad a gentes como ésas, pero mantuvo un gesto imperturbable al entregar al oficial al mando un rollo escrito por el puño y letra de Ricomero.

Al momento, el individuo, aunque el propio Nepociano estaba seguro de que no habría comprendido nada de lo que estaba escrito en el papel, les indicó que lo siguieran.

–¿Has visto a esos tipos? –preguntó Goar a Palaco en su lengua, para evitar que nadie los entendiera.

Éste no respondió de inmediato. Todos sus sentidos estaban centrados en uno de los árabes que avanzaba a cierta distancia de ellos, como si estuviera escoltándolos.

–No puedo ver otra cosa –reconoció, lo que hizo que su compañero riera por lo bajo.

Para sorpresa de ambos, Nepociano hizo recular a su montura y se situó junto a ellos.

–No volváis a hablar en vuestra lengua en el interior de la ciudad, y tampoco en el campamento, si no queréis tener problemas.

Sois alanos y sólo unos jovenzuelos; no quiero que levantéis la más mínima suspicacia, ¿entendido?

–Ambos asintieron–. Cuando lleguemos, iré en busca del emperador.

Vosotros seguid las instrucciones de los oficiales de guardia y no os metáis en líos.

No quiero ni un solo problema. Como me entere de que habéis discutido con cualquiera o que os habéis unido a alguna partida de dados, yo mismo me encargaré de que os quedéis en la ciudad limpiando letrinas. ¿He sido lo suficientemente claro?

–Sí, tribuno –respondieron al unísono.

En los alrededores de Adrianópolis parecían haber crecido nuevas ciudades; en este caso, de madera, no de piedra.

En ellas se habían construido edificios y levantado muros con fosos por delante.

Varios campamentos casi idénticos en los que dar cabida a más de cuarenta mil combatientes, número que hizo que el asombro de Goar y Palaco no hiciera sino aumentar a cada paso que daban.

Los jóvenes alanos y sus compañeros fueron instalados en uno de aquellos campamentos, donde podrían descansar y donde los heridos podrían ser atendidos.

Por su parte, Cayo Nepociano, escoltado por los jinetes árabes, se dirigió al interior de la urbe.

Miraba con asombro a un lado y a otro, admirado del enorme esfuerzo militar que había hecho Valente para levantar un ejército como aquél, en el que las unidades de la frontera oriental conformaban el esqueleto principal: veteranos de muchas guerras frente al odiado enemigo persa.

Al fin, tras recorrer buena parte de la ciudad, se detuvieron frente a un enorme edificio, que, como tantos otros, había sido requisado para albergar al emperador y a sus principales colaboradores.

No era, sin embargo, el más ostentoso, pues cerca podían verse mejores y más bonitas edificaciones.

El árabe le indicó que aguardara en una gran puerta mientras él se perdía en el interior del edificio.

Nepociano se llevó la mano derecha al costado, más tranquilo al comprobar que el vendaje que cubría su herida continuaba seco, sin rastro de sangre.

Pronto el árabe se presentó nuevamente allí y le indicó que lo siguiera, chapurreando en un latín apenas comprensible.

Atravesaron un largo pasillo y continuaron escaleras arriba, hasta llegar a una puerta vigilada por dos soldados con las lanzas entrecruzadas.

Por delante de ellos, otro guerrero, ataviado con una larga cota de escamas y sin casco, escrutó al árabe.

Éste inclinó la cabeza, y el otro dirigió una mirada curiosa a Nepociano.

Si había terminado por acostumbrarse al peculiar aspecto del árabe, encontrar allí a un alano fue demasiado para el tribuno de la I Adiutrix.

Aquel tipo guardaba sin duda cierto parecido con Goar y Palaco, sólo que su cabello, también trenzado, era aún más claro, como el de la nieve que coronaba las montañas más altas.

«¿Qué demonios hacen árabes y alanos con el emperador? », se preguntó el tribuno.

–Así que eres Cayo Nepociano, de la tropa de Ricomero –dijo el alano en un latín fluido, sin apenas acento, sorprendiéndolo aún más.

–Así es, y el emperador debe escuchar las noticias que traigo, y cuanto antes.

Pablo hizo una seña a los dos protectores que custodiaban la puerta para que se hicieran a un lado e indicó a Nepociano que entrara con él.

En la estancia, iluminada por multitud de pequeñas y delicadas lámparas, dos hombres se sentaban cómodamente en sendos divanes.

Sin ventanas al exterior, la escasa luz de las lamparitas dificultaba distinguir los detalles.

Nepociano entrecerró los ojos, pero lo único que creyó poder adivinar fue el rollo de pergamino que había entregado al árabe en las manos del tipo que se encontraba más alejado de él.

–¡Por los clavos de Cristo! Si no fuera porque lo pone aquí, nunca hubiera creído que quien nos visita hoy es realmente Cayo Nepociano –dijo el hombre más cercano a la puerta.

El interpelado titubeó. Nadie le hablaría con tanta familiaridad delante de un emperador, a quien además no conocía. Se revolvió, incómodo, pero la importancia de la misión lo impelió a dejar de lado tanta prudencia.

–Mis señores, desconozco con quién hablo, pero las noticias que porto son de la mayor urgencia, y es crucial que pueda transmitírselas al augusto Valente a la mayor brevedad posible –anunció, en un tono que esperaba resultase lo suficientemente cortés.

–Además es educado. Creo que deberías ser un poco menos tacaño y gastar parte de tu excelente soldada en iluminar mejor este lugar.

Ciertamente, así es imposible reconocer a nadie –dijo el hombre, poniéndose en pie y acercándose a la puerta–.

Cayo Nepociano, te ruego nos disculpes por apartarte del emperador unos minutos. Le pondremos remedio enseguida.

–¡Mi señor Flavio Constancio! –exclamó el tribuno–. Celebro este encuentro, pero...

–Pensé que quienes se hallan tan cerca del emperador como tú, amigo Constancio, y no tragando el polvo del campo de batalla, tendrían mejores modales. Pero todavía ni siquiera nos has presentado –lo interrumpió el otro, incorporándose del diván.

Flavio Constancio sonrió. Sí, por supuesto que aceptaba aquel reproche viniendo de alguien como su viejo amigo; pero sólo de él, o de Bacurio.

–Está bien, presentémonos, pues. Cayo Nepociano es un viejo conocido, tribuno de la legión I Adiutrix, acantonada en Panonia Valeria –indicó Constancio–. Y él es nada más y nada menos que el general Víctor, magister equitum del emperador Valente. ¿Está bien así? –preguntó, socarrón.

–Mucho mejor –convino el sármata–. Nunca dudo de la palabra de un amigo como Constancio, así que entiendo que tu presencia aquí, tribuno, implica que el augusto Graciano se encuentra cerca. ¿Estoy en lo cierto?

La escasez de luz evitó que el recién llegado pudiera advertir sus rostros expectantes.

–El augusto Graciano, con veinte mil hombres, se dirige hacia aquí, pero aún tardará algunas semanas en llegar. Mientras tanto, el dux Ricomero y una vanguardia de otros cuatro mil se encuentran a pocos días de camino.

Flavio Constancio y Víctor se miraron, animados por aquella revelación. La inesperada llegada del tribuno de la I Adiutrix, en aquel justo momento, resultaba favorable a sus propósitos.

–Mis señores, debo pediros que me llevéis ante el emperador inmediatamente –insistió Nepociano.