Capítulo XXIII #4
Safrax creía estar preparado para escuchar cualquier cosa, salvo aquélla.
Le costó reaccionar. Un hijo... ¡Un hijo!
Notó por un instante una alegría feroz, pero enseguida quedó empañada por una oscura tristeza.
¿Por qué tenía que ser justo cuando se dirigían a una muerte cierta?
¿Qué dioses podían ser tan crueles como para darles ese regalo cuando estaban a punto de perderlo todo, incluso la vida?
Sintió la boca pastosa, la cabeza a punto de estallar, y trató de evitar el examen de los ojos color miel de Hilduara.
–¿Es que acaso no te alegras? –preguntó la mujer, incrédula.
–Claro que me alegro –respondió él, tomándola por los hombros–. Nada podría hacerme más feliz. Sólo pensaba en... por qué justo ahora, cuando...
Hilduara le acarició el cabello con lentitud, como a él le gustaba.
Ella también había tenido dudas al principio, pero lo había asumido como la voluntad de sus dioses; los antiguos dioses de sus ancestros, los del trueno y de la guerra, aquellos que ofrecían sus dádivas a quienes se hacían merecedores de ellas.
Ella se había criado en esas creencias; sus señales habían marcado su vida.
Lamentaba profundamente que muchos de su pueblo, cada vez más, parecieran haberles dado la espalda para seguir al dios crucificado.
Los hunos, sin embargo, no se habían doblegado al nuevo credo; y por eso sus dioses seguían bendiciendo los pasos de sus guerreros, que regaban la tierra con la sangre de sus enemigos.
Quizá, si vencían juntos, su pueblo entendería que debían recuperar la estela de los viejos dioses.
–Son los dioses los que nos muestran el camino, Safrax; si nos han bendecido con esta criatura, quiere decir que sobreviviremos. ¡Es una señal!
Pero Safrax no la escuchaba. Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el hombro de la mujer.
–Olvidémoslo todo: la guerra, la responsabilidad –propuso de pronto–.
¡Marchémonos lejos! Tú, yo, Tulga y mi familia.
Podemos poner rumbo al norte y establecernos más allá del río.
Un nuevo comienzo, una oportunidad para que nuestro hijo nazca libre y viva su vida tal y como lo hicieron nuestros ancestros.
La mirada de Hilduara, hasta entonces serena, se endureció. No, no había sufrido tanto para vivir como lo hacían aquellos nómadas alanos. Sus hijos serían príncipes o morirían en el intento.
–Safrax, ¿acaso has perdido el juicio? ¿Cómo quieres que el hijo que llevo en mis entrañas medre en aquella tierra? ¡Los dioses han escrito para él el destino de un príncipe! Tú mismo eres un rey, aunque no quieras verlo.
El alano se quedó perplejo. Él no era rey. E incluso, si lo fuera, entregaría su poder y todo lo que tenía con tal de ser libres y vivir en paz.
–Sólo quiero tenerlo en mis brazos y verlo crecer, me da igual dónde sea. Podemos ser felices, juntos, en cualquier lugar, mientras seamos libres.
Hilduara retiró la mano del cabello del alano, crispada.
–¡No puedes condenar a tu hijo a vivir como un mendigo o un campesino sólo por tu cobardía!
Safrax sintió una punzada de ira. Lo atacaba con crueldad, cuando lo único que él pretendía era salvar a quienes más amaba en el mundo.
–¡No soy un cobarde, bien lo sabes! Pero no quiero condenar a mi hijo a morir antes de nacer, ¿no lo entiendes?
Hilduara luchó consigo misma para contener su enfado.
Con el tiempo había aprendido a amar a Safrax, pero su simpleza la seguía enervando.
Lo achacaba a su sangre nómada, a lo primitivo que seguía siendo su pueblo, capaz de detener una batalla para contemplar el vuelo de un águila.
Como tantas otras veces, asumió que nada conseguiría hablando con él sobre aquel tema, pues no la entendería.
Había vivido a su lado casi tres años, y no permitiría que todo acabara entonces, cuando la semilla había prendido en su vientre.
Sólo tenían una opción, y ésta implicaba derrotar en batalla a aquellos romanos, como ya habían hecho en el pasado, por mucho que la que tenían a las puertas fuera la prueba más difícil a la que se hubieran enfrentado hasta el momento.
Confiaba en Safrax, y también en su hermano, pues sabía que era un gran luchador, y con el paso de los días había llegado a comprender mejor a Fritigerno.
Todos ellos habían sido derrotados por los hunos, que habían demostrado ser unos guerreros todavía más fieros y avezados que los de su propio pueblo.
Si alguien podía derrotar a aquel emperador y sus millares de hombres, eran los mismos espectros que habían dejado la llanura huérfana a su paso.
Hilduara sabía que los dioses estaban de su lado; se comunicaban con ella y obraban a través de ella.
Se repetía continuamente las historias que sus abuelos le habían transmitido, la manera de ganar su favor, de rogar por su intercesión.
Cómo complacer a aquellos dioses, crueles y caprichosos en ocasiones, pero poderosos, y generosos con quienes los veneraban.
Demostraría su fe inquebrantable en ellos, haría los sacrificios necesarios para agradar a Woden, y ellos responderían.
Haría lo que fuera pertinente, y Safrax no tendría más remedio que aceptarlo.
–Los dioses nos ponen a prueba, Safrax. Ellos han guiado nuestros pasos hasta aquí, y también superaremos este reto. Debes confiar en ellos; debes confiar en mí –dijo con voz suave–. Ven –lo invitó, aflojándose las ropas–. No quiero que nos despidamos así.