Capítulo XXIII #3
–Cuando entierro mi espada en la tierra, siento que están a mi lado.
Es extraño, pero imagino que a todos nos ocurre igual.
Cierro los ojos, y lo que instantes antes era caos se convierte de pronto en un remanso de calma.
Desaparecen el miedo, la furia, la duda...
, todo, y lo único que permanece es una paz extraña, irreal.
Luego, cuando los abro, se desata el caos y corre la sangre.
Pero, justo en ese instante..., sé que los dioses me escuchan, que están conmigo.
En esa ocasión, fue Zandipo quien sonrió, complacido, y numerosas arrugas se le marcaron en las comisuras de los labios.
–Ignoro si volveremos a vernos en esta vida, muchacho; pero ya estás preparado, ya eres un hombre, así que quizá debería dejar de llamarte así.
Y debo darte las gracias, Safrax, pues después de escuchar tus palabras sé que nuestros dioses siempre nos acompañarán, en la fértil llanura entre los dos mares, junto al cauce del ancho río que nos separaba de Roma, y también aquí.
En cualquier lugar en el que uno de sus hijos se atreva a llamarlos enterrando su espada en la tierra y entregando su sangre como ofrenda.
Safrax asintió en silencio. Lo haría, ejecutaría ese ritual hasta que perdiera la vida en la batalla, como correspondía a un alano, como le había enseñado su abuelo.
–Volveremos a vernos, Zandipo, en esta vida o en la otra, de eso puedes estar seguro. Si soy el primero en reunirme con Beuca, intentaré entretenerlo con historias hasta que pueda disfrutar de nuevo de tu compañía.
–¡Safrax, Safrax! –Oyeron las voces de Aleda y Caina, que corrían a su encuentro.
Él las recibió con alegría, levantándolas en volandas cuando llegaron a su lado, como cuando eran más pequeñas. Luego posó una mano en el hombro de cada una y las miró a los ojos.
–Cuidad de Amage –les pidió, serio.
–¿Y quién cuidará de ti? ¿Tasio? –preguntó Aleda, provocando el sonrojo de Caina, que le propinó un codazo disimulado.
–Tasio me protegerá, y yo a él, como hemos hecho durante todos estos años. –Safrax sonrió; también él se había percatado de cómo Caina miraba a su amigo–. Quién sabe, puede que en el futuro no sólo sea mi hermano de armas...
Los ojos de Caina se abrieron desmesuradamente por unos instantes, pero enseguida devolvió la mirada a su hermano sin poder disimular su emoción.
–Muchachas, a dormir. –Amage salió de la tienda, seguida de cerca por Baddo–. Mañana nos levantaremos muy temprano.
–Abuela, déjanos un poco más –protestó Caina, pero la sola mirada de la anciana fue suficiente para que agachara la cabeza.
Amage observó cómo se marchaban con los brazos en jarra, y sólo cuando estuvieron dentro de la tienda volvió a hablar, esta vez en voz baja:
–Son unas desvergonzadas, aunque lo cierto es que deberíamos ir pensando en desposarlas. Sobre todo a Aleda, que ya ha cumplido los diecisiete.
A Safrax no le pasó desapercibido el mohín de disgusto que se dibujó en el rostro de Baddo; ella tenía la misma edad que su hermana mayor.
–Prometo que lo arreglaremos más adelante, si es que tenemos ocasión.
Ahora mismo es el menor de nuestros problemas...
Baddo –se volvió hacia ella–, hoy soy yo quien te pide que cuides de los míos.
El campamento de Fritigerno será enorme, y nuestras familias están en vuestras manos.
Se lo he pedido también a tu padre, y sé que lo hará; pero él estará combatiendo, mientras que vosotras os quedaréis en la retaguardia.
–Por supuesto, es lo menos que puedo hacer por vosotros. Puedes estar tranquilo.
Safrax abrazó a su abuela con ternura, sorprendiéndose al comprobar lo ligera que parecía entre sus brazos.
–Te prometo que, si vencemos, buscaremos esposo a Aleda. El que ella quiera, siempre que tú y yo estemos de acuerdo. Y, si vencemos... –se detuvo un instante, en busca de las palabras adecuadas–, si vencemos, buscaremos a Goar. Lo juro.
Amage sintió que algo se encogía en su interior.
Abandonándose por completo al abrazo, enterró la cabeza en el pecho de Safrax y sollozó como no lo había hecho desde la muerte de su amado Beuca.
En su imaginación seguía viendo a Goar como el mismo muchacho que se había marchado cuando tan sólo tenía once años, cuando lo cierto era que ni tan siquiera sabía si seguía viviendo.
Safrax la sostuvo con cariño, hasta que su respiración volvió a ser pausada y las lágrimas dejaron de aflorar. Sólo entonces la soltó con ternura y le dio un beso en la frente. Luego inclinó la cabeza en dirección a Baddo.
–Ahora, si me disculpáis, debo despedirme de Hilduara y del niño.
Caminó hasta su tienda con paso lento, intentando repetir en su cabeza qué decir, cómo actuar.
Se separarían, quizá para siempre. Podía morir él, o ellos; en realidad, lo más probable era que murieran todos.
Respiró hondo. Como solía decir Zandipo, cuando nada tienes tampoco tienes nada que perder.
Asumir que cualquier decisión que tomara no bastaría para apartarlos de su destino alivió, en cierto modo, su inquietud.
Encontró a Hilduara sentada en la cama, con las piernas cruzadas, mientras Tulga dormía tranquilamente.
Hacía meses que las pesadillas habían dejado de atormentar al pequeño.
«Cuanto más desesperada es la situación, más tranquilo está él», pensó Safrax al ver su semblante relajado.
Pero todo se borró de su mente cuando Hilduara lo tomó por la cintura y lo besó.
Safrax trató de abrazarla fuerte contra su pecho; ella se resistió y se apartó.
El alano la miró, apenado por su reacción.
–¿Estás furiosa conmigo por alejaros de mí?
–No podría estarlo. Sé que haces lo que debe hacerse.
–Entonces, ¿por qué te alejas? ¿Por qué rechazas mi abrazo?
–Creo que estoy encinta, Safrax. –Ella esbozó una tímida sonrisa–. Por fin los dioses bendicen nuestra unión.