La frontera de piedra Capítulo XXIII #2
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Capítulo XXIII #2

Nepociano sacudió la cabeza con la esperanza de despejarse. Cerca, junto a una fogata, dos auxiliares se incorporaron al verlo.

–Nos alegramos de verlo, tribuno.

El romano se sobresaltó, escandalizado por la escasa marcialidad del saludo, pero enseguida reparó en el largo cabello rubio trenzado que les caía por debajo de los hombros.

–Mi señor Nepociano –dijo el otro soldado.

–¿Goar? –preguntó al fin, creyendo reconocerlo. Parecía él, pero ataviado con cota de malla bajo el sagum de color pardo, como todo soldado–. ¿Y Palaco? ¿Qué hacéis vosotros aquí? –acertó a preguntar.

Ambos jóvenes intercambiaron una mirada, y Palaco hizo una seña a Goar para que fuera él quien respondiera. En las pocas semanas que llevaban juntos había entendido que también en aquello Goar era mejor que él. Pero, en ese caso, poco le importaba.

–Es una larga historia, señor, pero lo importante es que hemos llegado hace unos días y que desde entonces os buscábamos. Marcial os envía saludos.

Nepociano se masajeó las sienes. Necesitaba descansar si no quería que la marcha al día siguiente se convirtiera en un tormento, pero no le quedaba más remedio que aguantar un poco más.

Anduvieron por los pasillos entre las tiendas, esquivando a aquellos que todavía festejaban las noticias de la derrota alamana, hasta llegar a la tienda del tribuno, en cuya puerta los dos legionarios de guardia se apartaron con un saludo.

Nepociano les indicó que tomaran asiento, y un esclavo trajo una fuente con fruta y una jarra de vino, mientras él se deshacía de la ropa formal.

Luego, el tribuno despidió al criado y se sentó frente a los jóvenes.

–Y bien..., imagino que estáis vosotros dos solos por alguna circunstancia excepcional, ¿o acaso están aquí el resto de vuestros compañeros? No deberíamos estar tan desesperados como para enviar niños al frente.

Palaco frunció el ceño, un tanto ofendido, pero Goar le dio un suave codazo en las costillas para que se tranquilizara y lo dejara hablar a él.

–Sólo estamos nosotros –confirmó.

–Al menos no se ha perdido del todo el sentido común, todavía.

–Nepociano les dedicó una media sonrisa–.

No puedo negar que sois buenos combatiendo, los mejores entre los vuestros, y probablemente también mejores que algunos de los soldados de este campamento...

, pero no logro imaginar por qué estáis aquí.

¡Tal vez habéis irritado tanto a Marcial que ha preferido quitaros de su vista!

–No, señor. Estamos aquí gracias a Marcial, pero fuimos nosotros quienes le pedimos que nos enviara lejos de Brigetio. Podríamos decir que tuvimos algunos problemas allí...

–Y no entre vosotros, por lo que veo... –Nepociano enarcó una ceja–, lo cual es toda una novedad.

Los alanos se encogieron de hombros a la vez.

–No, señor. Tuvimos un problema con un ciudadano de la cannaba , y Marcial consideró que lo mejor era que desapareciéramos una temporada de la ciudad –explicó Palaco–. Y por eso estamos aquí.

El romano miró alternativamente a ambos jóvenes, tratando de adivinar el motivo real en sus expresiones de culpabilidad.

–Y no tenéis intención de explicarme cuál fue ese problema, ¿me equivoco?

Goar reparó en el nerviosismo de su compañero.

–Si lo estimáis necesario, Palaco os informará de todo, pero Marcial no quiso darle más importancia de la de una riña de borrachos frente a un tablero de dados.

–Una riña de borrachos, ¿eh? –Nepociano rio sin pretenderlo–. Está bien, muchachos, dejémoslo así. ¿Me envía algún otro mensaje el bueno de Marcial?

–El centenario esperaba que pudierais tomarnos a vuestro servicio.

Nepociano se llevó la mano al mentón. Sí, claro que necesitaría jinetes, porque él mismo comandaría la avanzadilla del ejército occidental, al mando de una unidad mixta de legionarios y caballeros.

Y esos alanos, de los que se había separado hacía sólo unos meses, ahora le parecían verdaderos soldados.

–¿Quién es vuestro oficial?

–Sigefrido, el burgundio.

El romano asintió y, levantándose, se acercó a la única mesa que había en la tienda. Tomó una tablilla y un punzón y comenzó a escribir sobre la cera.

–Éstas son las nuevas órdenes para Sigefrido –dijo, entregándosela a Goar–. A partir de mañana, toda vuestra unidad, incluyéndolo a él, pasará a estar bajo mi mando. Ahora, idos a descansar. No sé vosotros, que sois insultantemente jóvenes, pero yo necesito dormir.

* * *

Julio del 378. Provincia de Tracia

El gran ejército del emperador Valente había aparecido por fin.

Quienes lo habían visto aseguraban que lo formaban miles de guerreros revestidos de metal, que marchaban en filas ordenadas y a paso vivo, y cargando con monstruosas máquinas de guerra sin apenas retrasar su avance.

Además, se rumoreaba que algunas partidas de caballería habían combatido contra los jinetes ligeros que actuaban como vanguardia del ejército imperial: gentes extrañas de tez muy morena y rasgos exóticos que luchaban con una ferocidad desconocida para todos ellos.

Por si eso fuera poco, otro ejército parecía venir desde el oeste.

Y Akkal había marchado al mando de unos pocos millares de jinetes alanos y taifalos con la esperanza de interceptarlo antes de que consiguieran reunirse con las tropas del emperador para retrasar su avance.

Con los dos ejércitos imperiales reunidos frente a ellos, lo único que podían esperar era la derrota, la muerte y la esclavitud.

Y muchos, para sobrevivir, emprenderían el camino de regreso al Istro para esconderse nuevamente en las montañas, como creían que seguían haciendo el juez tervingio Atanarico y quienes habían permanecido a su lado.

Así las cosas, la misión de Akkal, aunque desesperada, resultaba crucial.

El combate decisivo no tardaría en dirimirse, y para entonces los hombres, mujeres y niños que no tomaran parte en la batalla debían estar a salvo.

Pero no resultaba sencillo dar con la manera de conseguirlo, y Safrax, Alateo y el taifalo Upazan habían debatido largamente sobre ello.

Descartada la primera idea de enviarlos al norte con una pequeña escolta, por el miedo de toparse con una partida imperial o, incluso, con pobladores de la zona deseosos de vengarse de los ultrajes y saqueos, habían optado por aceptar la propuesta de Fritigerno.

Fue Gundebaldo quien se la transmitió: mientras durase la campaña, acogería a todos los no combatientes en su campamento; allí se reunirían decenas de miles de guerreros, y tras ellos, sus familias.

Al principio, Alateo protestó, pues entendía que lo que pretendía el tervingio era contar con rehenes para asegurarse de que actuaran como él pretendía; y, como dijo repetidas veces, él no estaba dispuesto a ser el perro de nadie.

Pero Gundebaldo hizo gala de sus mejores argumentos para tratar de convencer al greutungo: si caían derrotados, no estarían a salvo en ningún lugar: ni en el norte, ni escondidos en los bosques, ni tras la más férrea muralla de carros; si Valente los derrotaba, todos, hombres, mujeres, niños y ancianos morirían o serían vendidos como esclavos.

Y ellos lucharían más tranquilos sabiendo que los suyos estaban rodeados por decenas de miles de guerreros que imaginándolos al norte sin apenas protección, a merced de los enemigos.

A la mañana siguiente, Tasio y uno de los caudillos de Alateo partirían con dos mil jinetes como escolta de la enorme columna hasta el lugar donde acamparían hasta que la batalla finalizara.

El grueso de las tropas permanecería más al norte, con la esperanza de que la presencia de su temible cuerpo de caballería pasara desapercibida a los exploradores del emperador hasta que fuera demasiado tarde.

Así que ésa fue una noche de despedidas. Una noche triste para todos.

Safrax tomó un pellejo de licor elaborado con leche fermentada y fue en busca de su amigo Tasio, aunque a él tardaría pocos días en volver a verlo.

Caminaron juntos por el enorme campamento, saludando casi a cada paso y recordando los tiempos pasados, cuando eran sólo unos muchachos, antes de que las cicatrices les surcaran la piel, allí donde no los protegían las armaduras, y el alma, aunque de forma invisible.

Todos habían perdido a alguno de sus seres queridos en los tres últimos años: tres años que se sentían como muchos más.

Recordaron a los que ya no estaban, con los que quizá no tardarían en reunirse, y brindaron por los recuerdos y las esperanzas.

Después, Safrax quiso despedirse de los suyos.

Al primero al que encontró fue a Zandipo, que, sentado junto a la hoguera, jugueteaba con los huesecillos que siempre guardaba entre las pieles que vestía.

–Viejo amigo –lo saludó, sentándose a su lado, agradecido por lo mullido del terreno.

–Muchacho –respondió aquél, y los labios de Safrax se curvaron en una sonrisa.

–Me gusta que me llames así. Cuando lo haces, me parece serlo de nuevo y que son otros los que tienen que cargar sobre sus hombros con la responsabilidad que me abruma.

–Puedes creer que estos viejos ojos han visto mucho más de lo que pudieras imaginar y que poca gente he conocido que considere capaz de hacer lo que tú has hecho, muchacho. Y sé que Beuca, allí donde aguarda a que nos reunamos con él, aprueba cada uno de tus pasos.

Safrax sintió un nudo en la garganta. Estaba siendo una noche difícil; volvía a despedirse de aquellos a los que amaba y pedía a los dioses volver a verlos más adelante, no como había sucedido con Beuca.

–Sólo he tratado de hacer lo que debía hacerse en cada momento.

–Lo que no deja de ser algo extraordinariamente difícil. Hace mucho tiempo que quería hacerte una pregunta, muchacho...: ¿sigues escuchando a los dioses, aún estando tan lejos de nuestra tierra?

Safrax miró hacia las llamas. Reflexionó sobre aquella pregunta, para la que no estaba preparado, y sintió la calidez del fuego en el rostro.