Capítulo XXIII
CAPÍTULO XXIII
Los alrededores de la ciudad hervían de actividad.
Se estaba levantando un enorme campamento en el que albergar a los ejércitos de Roma: cerca de cuarenta mil hombres.
Un ejército formidable, formado por las tropas limitanei de las provincias del Istro, o lo que quedaba de ellas, y las de campaña que acompañaba al emperador, los comitatenses.
Emplearon días y días en mejorar las defensas de la ciudad y fortificar los alrededores.
Levantaron empalizadas de madera, restauraron muros de piedra y caminos de ronda, sobre los que instalaron decenas de máquinas de guerra en un ejercicio demostrativo del enorme poder que era capaz de desplegar el ejército imperial.
A ellas se unieron incontables barracones, talleres, letrinas...
, cualquier construcción que pudieran necesitar los miles de hombres que permanecerían allí hasta el instante en el que se les ordenara marchar al norte.
Pero los días se sucedían, y seguían sin llegar noticias desde el oeste.
Comenzaba el mes de julio, y para entonces ya todos sabían que el sobrino del emperador, Graciano, había derrotado a los alamanes en la batalla de Argentovaria.
El joven emperador había perseguido a los supervivientes al otro lado del río para impedir que se reorganizaran, pero de aquello habían pasado varias semanas.
La falta de nuevas martirizaba a Valente, y, además, algunos en su círculo continuaban vertiendo en su oído la semilla de la duda.
Si su sobrino ya había vencido a sus enemigos, ¿por qué los perseguía más allá del limes ?
¿Y para qué iba a arriesgarse si el problema, en el fondo, no le atañía?
Así, jornada tras jornada, la misma letanía iba calando cada vez más en la mente del emperador.
El general Víctor acababa de regresar de explorar los alrededores con algunos de sus árabes a caballo.
Era un ejercicio diario, pues, estando tan lejos de sus tierras, debían familiarizarse con el terreno y ser capaces de orientarse.
Si bien eran unos fantásticos jinetes, a su juicio no podían compararse con los de su pueblo de nacimiento.
Y, según los rumores, centenares de alanos, y probablemente también algunos sármatas, formaban parte del contingente de pueblos bárbaros acampado a escasos días de distancia de su posición.
Entregó las riendas de su caballo a uno de los palafreneros, que acudió presto a su llegada. Poco tardó en situarse a su lado Pablo, como si de su sombra se tratara.
–Hacía años que no estaba a este lado del mar. No recordaba ver tanto verde desde entonces –dijo el alano, tomando de las manos de un esclavo una bacinilla de bronce para refrescarse.
Víctor asintió, un tanto melancólico.
–Sígueme, vayamos a la ciudad.
Traspasaron la gran puerta y ascendieron por el amplio cardo hasta el lugar que el emperador había reservado para su estado mayor. Ya cerca de su destino, les sorprendió encontrar allí al joven hijo de su amigo Flavio Constancio.
–General Víctor, mi señor –saludó, inclinando la cabeza.
Acostumbrado a que el color de su cabello llamara la atención, anunciando su procedencia ajena al Imperio a quien lo viera, le resultaba algo ridículo que Flavio Estilicón se empeñara en aceitárselo para ocultarlo.
–¿Está tu padre aquí?
–Precisamente me dirigía a verlo. Creo que abandonó la residencia del emperador hace poco menos de una hora, después de organizar el turno de guardia de los protectores.
–Está bien, te acompañaré –decidió, despidiéndose de Pablo con un gesto.
Apenas hablaron durante el camino, pues cada uno tenía sus propios problemas en los que pensar. Tras atravesar varios pasillos y puertas, se encontraron a un Flavio Constancio con cara de pocos amigos.
–¿Llegamos en mal momento? –preguntó Víctor, reparando en el ceño fruncido y las mejillas arreboladas.
–Nunca es un mal momento para vosotros. Sentaos, por favor. ¡Lucrecio! –llamó a uno de sus sirvientes personales–. Trae vino. ¡Mucho!
El militar de origen sármata sonrió y se puso cómodo en el taburete.
–Llevo días recorriendo los alrededores.
Venía hablando con Pablo de que hacía muchos años que no estábamos por aquí; pero sigo siendo incapaz de entender cómo diez mil hombres, más mujeres, ancianos y niños, no sólo hayan podido evitar que los aplastáramos como moscas, sino que hayan logrado vencernos varias veces.
Hay algo que escapa a mi entendimiento –dijo, negando con la cabeza.
Los espías enviados al norte aseguraban que Fritigerno no podría reunir más de diez mil hombres para la batalla, por lo que el ejército imperial tendría un número casi cuatro veces superior al de sus enemigos.
Y con esas noticias, los aduladores cercanos al emperador no cesaban de repetir que no tenía sentido aguardar a la llegada de Graciano; bastaba con las tropas de Valente para llevar la paz a aquellas castigadas provincias.
Sin embargo, Constancio y Víctor no eran de la misma opinión.
–Yo tampoco puedo entenderlo. Y el emperador empieza a impacientarse... De cada tres frases que pronuncia, dos son para quejarse de la actitud de su sobrino, y la tercera para preguntar cuándo llegan las últimas unidades que nos restan.
–No me parece que el joven Graciano haya actuado mal, según las informaciones que nos llegan. No creo que merezca tantos reproches por parte del emperador –intervino Estilicón, dejando a un lado su timidez.
–Bien. –Constancio puso la mano sobre el hombro de su hijo–. Pero ahora quiero escuchar la opinión de un sagaz general que lleva siéndolo..., ¿cuánto?, ¿quince años?
–Dieciséis –puntualizó el sármata.
–Dieciséis... Y, ahora que lo pienso, ¿qué ha pasado para que tus hijos no estén aquí junto con el mío? Ya no eres un muchacho.
–Pero ellos, sí. No todos teníamos tanta prisa como tú por engendrar.
–Claro, seguro que tu carrera política, oh, cónsul, tuvo algo que ver. Estabas muy ocupado convirtiéndote en senador como para fornicar.
Víctor estalló en carcajadas, y a punto estuvo de atragantarse con un sorbo de vino. Se pasó el dorso de la mano por los labios antes de contestar.
–Como excónsul puedo decirte que el emperador está en su derecho de dudar de la actuación de su sobrino en la Galia.
Ahora, como maestre de caballería y militar experimentado, no me creo que esos godos cuenten sólo con diez mil tipos muertos de hambre.
Es imposible. Si así hubiera sido, Trajano y Profuturo los habrían despachado hace tiempo.
¡Qué digo! ¡Hasta el inútil de Lupicino tendría que haberlos aplastado desde el primer momento!
–Constancio hizo amago de interrumpirlo, pero el sármata le pidió silencio con un gesto–.
Has dicho que querías escuchar mi opinión, y por los clavos de Cristo que la vas a escuchar.
No me lo creo. Ahí fuera –señaló hacia la ventana– tiene que haber no diez mil, sino decenas de miles de ellos dispersos por todo el territorio.
¿No destruyó acaso Frigerido un contingente de unos pocos miles más al oeste?
–Sí, eso supimos hace unas semanas.
–Pues, como ése, habrá muchos; quién sabe, decenas quizá. Y, hasta que no sepamos contra quién nos enfrentamos realmente, deberíamos reunir a todos los hombres que nos sea posible. Debemos prepararnos para cualquier imprevisto.
–Está bien, está bien. Veo que no soy el único en pensar así. Pero ¿qué podemos hacer?
–Convencer a Valente de que nos haga caso y aguarde a la llegada de Graciano. Iré a hablar con él. Algo no me cuadra, y nos jugamos mucho.
Flavio Constancio asintió, pues aquello era, ni más ni menos, lo que él mismo llevaba mucho tiempo intentando, sin éxito.
–Por suerte estás de mi lado, como siempre. Pero, antes de ir, serénate. Creo que ahora mismo no está de muy buen humor, y lo último que necesita es escuchar a un bárbaro diciéndole justo aquello que no quiere oír.
* * *
Julio del 378. Provincia de Iliricum
Cayo Nepociano aferró el cálamo con cuidado; debía esforzarse en que su caligrafía resultara legible.
Esa misma tarde, poco antes de la caída del sol, había recibido un despacho desde el oeste.
El caballo había llegado bañado en sudor, con los hollares dilatados y los belfos cubiertos de espuma.
Tampoco el jinete se encontraba en mejor estado, y aseguraba que había dejado al menos otras cuatro monturas exhaustas a lo largo del camino.
Las noticias habían hecho que el campamento estallara en vítores: el emperador Graciano había conseguido cercar y derrotar de forma incontestable a los alamanes.
El limes del Rhenus se encontraba por fin pacificado, y ahora el ejército de campaña se dirigía a marchas forzadas hacia el este.
Por medio de aquella misiva instaba a las tropas acantonadas en Iliricum, al mando de Frigerido y Ricomero, a que se pusieran en camino de inmediato para auxiliar al ejército convocado por su tío Valente, sin aguardar a su llegada.
Con el dux Frigerido enfermo de consideración, sería Ricomero quien comandaría a los hombres. Con suerte, el gobernador de Panonia se recuperaría a tiempo de unirse a Graciano cuando éste alcanzara su posición.
Tras haber conjurado la amenaza de Farnobio días antes, todo parecían ser buenas noticias. Y esa noche, pese a que al alba tendrían que ponerse en marcha, habían sido muchos los que habían decidido divertirse.
Entre ellos no estaba Nepociano. Su rango no le permitía ignorar las obligaciones, y al momento había comenzado a disponer todo lo necesario para la partida.
Con sus ayudantes y los de Ricomero, había hecho recuento de las armas, impedimenta y vituallas para los siguientes días, amén de descartar a los soldados que, heridos o enfermos, no podrían seguir el exigente paso del ejército.
Con la cabeza dolorida por el esfuerzo de leer las tablillas a la tenue luz de las lucernarias, salió de la tienda del dux dispuesto a descansar unas pocas horas.