Capítulo XXII #2
Había llegado el día en que Gundebaldo debía regresar con Fritigerno, pero lo cierto era que una parte de él hubiera deseado permanecer allí.
Tras varias jornadas en compañía de alanos y greutungos, tanto él como sus hijos parecían haber olvidado las desgracias pasadas, e incluso también aquellas que todos sabían que estaban por venir.
Y había disfrutado especialmente de su hija, con quien se había sentido por fin, tras tanto tiempo, cómodo.
«Al menos», se dijo, «llegado el momento contaremos con el concurso de los avezados jinetes de Safrax y de Alateo».
Una buena noticia en un mar de desgracias.
Después de desayunar frugalmente, dispusieron los últimos preparativos para la partida.
Sus hombres ya lo aguardaban, y también sus dos hijos varones, que se despedían de Baddo agitando las manos.
La muchacha estaba fuera de la tienda en la que dormía con la abuela de Safrax, y Gundebaldo se acercó a ella.
–Nos marchamos –le anunció. La joven vestía un traje marrón y un chal al uso de los alanos sobre los hombros, que no tardaría en retirarse cuando calentara el sol–. ¿Estás segura de que no prefieres venir con nosotros?
Ella negó con la cabeza. Lo había hablado la noche anterior con Amage, y también con Aleda y con Caina.
Su cuerpo había sanado, y su corazón, en parte; pero todavía era mucho lo que quedaba por restañar en su interior, como le dijera la anciana.
Permanecería allí cuanto tiempo pudiera, en aquella especie de fortaleza en la que se sentía a salvo, donde podía mostrarse frágil cuando así lo requería, pues sus muros eran firmes y estaban bien defendidos.
–Ya lo hemos hablado: no me encuentro con fuerzas para regresar con nuestro pueblo. Permaneceré aquí una temporada más.
Gundebaldo asintió. Aun sabiendo cuál iba a ser la respuesta, había querido intentarlo una vez más.
Y lo seguiría intentando. Amaba a Baddo y no se resignaba a perderla.
Tal vez lo merecía, pero había cambiado y esperaba que le permitiera demostrárselo en el futuro.
No volvería a dejarla sola, ni a ella ni a ninguno de sus hijos.
Suspiró y miró a su hija con cariño. Se mostraba tranquila, con el rostro sereno y los ojos sin las marcas propias del llanto. Tan diferente a como él la recordaba.
–Te echaremos de menos; sobre todo, tu hermana.
–Ahora no me necesita, pues te tiene a ti, padre. Has vuelto –respondió Baddo con voz suave, esbozando una ligera sonrisa.
Ante aquellas palabras, Gundebaldo sintió que los ojos se le humedecían, y, antes de que su hija lo viera llorar, la abrazó con ternura. Fue una sensación extraña. Se agarró a ella como si, al soltarla, temiera caer al vacío; cerró los párpados, intentando contener las lágrimas.
–Veo que todavía no te has ido. –Oyeron la familiar voz de Safrax por detrás.
El alano caminaba hacia ellos vestido sin boato alguno, como si se acabara de levantar; todo lo contrario que Gundebaldo, que portaba la armadura completa, incluso con la espada al cinto. El tervingio se apartó ligeramente de su hija y recompuso su aspecto, o al menos lo intentó.
–No, era temprano, y quería despedirme de Baddo.
Safrax dedicó una sonrisa a la muchacha y otra al caudillo tervingio.
–No os molesto entonces. –Y dio un paso atrás, dispuesto a marcharse y dejar solos a padre e hija.
–No, descuida. Ya es hora de que partamos. –Se enjugó los ojos con disimulo y miró al alano–: Safrax, sé que no es necesario que te lo pida, pero cuida de ella.
–Como si fuera mi propia hermana. Queda tranquilo, amigo.
Gundebaldo le dedicó una inclinación de cabeza. Luego, depositó un beso en la frente de su hija, y entonces les dio la espalda y caminó hacia donde lo aguardaban los suyos.
Safrax avanzó dos pasos y se situó junto a la muchacha, que volvía a despedirse de su familia elevando la mano hacia el cielo.
–Gracias –dijo ella sin mirarlo.
El alano desvió la vista de las monturas de los tervingios y la centró en la joven.
–¿Por qué deberías dármelas? –Recordó de pronto lo que siempre le decía Gundebaldo: que él había salvado a su hija.
Así que, antes de dejar que la muchacha respondiera, le hizo un gesto para que lo dejara continuar–: No fui yo quien te salvó, sino Amage.
Yo únicamente entendí que, si había alguien capaz de hacerlo, sería ella.
–No lo digo sólo por eso. Lo digo por acogerme como a una hermana.
El alano se encogió de hombros. Su abuela adoraba a la muchacha; también Caina y Aleda, de las que apenas se despegaba.
Muchas veces creía que su presencia había ayudado a Amage a sobrellevar la pérdida de Beuca, e incluso la de Goar; como si volcar su cariño en aquella muchacha desvalida hubiera llenado parte del inmenso hueco.
Y Safrax lo entendía, pues resultaba sencillo encariñarse con la hija de Gundebaldo.
Había llegado a ellos como un pajarillo herido, y poco a poco, entre todos, estaban consiguiendo que remontara el vuelo.
Era reservada, cierto, pero también era generosa y amable.
Además, quería de verdad a Amage. Podía leerlo en sus ojos y percibirlo en sus acciones, y la anciana parecía haber recobrado fuerzas para continuar, pues el camino siempre se recorre mejor en compañía, y no sólo el más espinoso.
Eso era lo que decía Zandipo, ahora que, tras tanto tiempo, había vuelto a prestar oídos a sus palabras.
–No tienes nada que agradecer. Mi abuela te aprecia, y también te apreciamos mis hermanas y yo. Eres una de nosotros, aunque no compartas nuestra sangre.
Baddo no respondió, sino que continuó mirando hacia el lugar por el que terminaban de desaparecer las figuras de los suyos. Cuando ya no había rastro de ellos en el horizonte, Safrax seguía a su lado.
–Ellos son mi familia, ellos me dieron la vida, pero tu abuela, de alguna manera, me la devolvió. Es una mujer excepcional, y eres afortunado por tenerla y sabio por escucharla. Yo nunca conocí a mis abuelas.
–Lo siento. –Safrax carraspeó, incómodo–. Yo apenas conocí a mis padres, y ha sido Amage quien siempre ha estado a mi lado.
–Soy yo la que lo siente... No lo sabía –susurró Baddo, apenada.
–No te preocupes, sucedió hace tanto tiempo que casi ni lo recuerdo.
Mi padre desapareció más allá de la frontera de piedra cuando yo era más pequeño que tu hermano Alarico.
Murió, imagino, en alguna de las guerras de Roma.
Ignoro dónde, y más ahora que sé lo extensa que es esta tierra.
Quizá muriera aquí –dijo, golpeando la tierra con la puntera de su bota–; o quizás en esa lejana Persia de donde viene el emperador.
Nunca lo sabré. Lo único cierto es que murió solo, lejos de su pueblo y de su familia, y que sus huesos no han podido encontrar la paz que otorga la tierra propia.
Siempre he querido pensar que, allí donde descanse, nuestros dioses velarán por él, aunque él abandonara a los suyos.
Baddo miró al alano, y por primera vez creyó percibir cuán joven y frágil era en realidad.
–Es triste, pero estoy segura de que partió pensando que era lo mejor para todos –trató de consolarlo.
–Apenas recuerdo nada de él, salvo que su cabello era tan claro como el mío.
Mi madre murió poco después a causa de unas fiebres.
Amage dice que ocurrió durante el primer invierno en el que se dio cuenta de que algo extraño sucedía, pues el frío resultaba más intenso y pertinaz que nunca.
No había cumplido ocho años y ya era huérfano.
–Miró a la muchacha y se encogió de hombros.
Ya no le dolía hablar de aquello. Y, desde la muerte de Beuca, había entendido que no podía darse el lujo de perder un instante con sus propias penas cuando había tantas entre su pueblo–.
Pero Amage siempre ha estado a mi lado, al igual que Beuca, mi abuelo, hasta que esos malditos hunos acabaron con su vida, poco antes de que nuestro mundo acabara saltando en pedazos.
–A medida que hablaba, el gesto de Safrax se iba endureciendo.
–Tus hermanas me han hablado de él. Aseguran que fue un gran hombre, como tú también lo eres.
Safrax suavizó la expresión.
–No lo soy, sólo hago lo que se espera de mí en las circunstancias que nos ha tocado vivir. Cualquiera haría lo mismo en mi lugar.
Baddo pensó en Fritigerno, en Alavivo, en su padre y en otros tantos nobles godos de cuando ella misma formaba parte de una familia con relevancia entre los suyos, como era la de los baltos.
Su pueblo había perdido sus tierras, pero aquello no era importante comparado con la dignidad, que luego también habían perdido por las humillaciones de los romanos.
No, no todos habían actuado igual: las circunstancias, en ocasiones, constituyen una losa demasiado pesada para deshacerse de ella.
–Te equivocas. Muy pocos serían capaces de hacer lo que tú estás haciendo. Yo creo que eres un gran hombre, y no conocí a tu abuelo.
Safrax sonrió, arrancando a su vez una sonrisa de los siempre tristes labios de la tervingia.
–Pasas demasiado tiempo con Amage, y de todos es sabido que los nietos son la debilidad de los abuelos. Ven, vayamos a desayunar.