La frontera de piedra Capítulo XXII
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Capítulo XXII

CAPÍTULO XXII

El ejército imperial abandonó la capital ante las miradas de reproche de muchos de sus habitantes. Eran muchos los ciudadanos que no perdonaban al emperador que hubiera permitido que los bárbaros vagaran libremente por sus territorios, apareciendo incluso al otro lado de sus murallas.

Valente, irritado, se sentía dispuesto a acallar a aquellas voces.

Pronto les ofrecería las cabezas de los salvajes.

Llevaba consigo a sus mejores tropas, que había arrancado de la frontera persa, y, por si con semejante despliegue no hubiera sido suficiente, había acordado con su joven sobrino Graciano reunir sus fuerzas antes de enfrentarse a los bárbaros.

Estaba convencido de que aplastarían a Fritigerno con facilidad, y luego retomaría sus planes para invadir Persia.

E igual que él pensaban los miles de hombres de las unidades orientales que marchaban por las calzadas camino de Adrianópolis.

Tres días después, la infantería del emperador llegó al campamento desde el que la caballería llevaba semanas limpiando los caminos de enemigos.

El sol no había terminado de ocultarse tras la línea del horizonte, y la actividad era frenética, como si esa jornada, y las anteriores, los infantes no hubieran recorrido más de veinte millas.

Valente había aceptado al fin que la caballería podía ser la clave para contrarrestar a aquellos godos, y contaba no sólo con el magister militum Sebastián, que llevaba meses impidiéndoles el paso hacia el sur de Adrianópolis, sino que también se había hecho acompañar de dos de los mejores generales de caballería con los que Flavio Constancio recordaba haber combatido.

–¡Víctor, viejo amigo! –saludó el vándalo, acercándose al guerrero de cabello trigueño que se encontraba de espaldas, atento a las palabras de otro hombre, de pelo blanco y largo, y revestido por una impresionante armadura de escamas desde el cuello hasta las rodillas.

La presencia de éste sorprendió a Estilicón, que avanzó junto a su padre, temiendo quedar atrás.

–Padre –susurró Estilicón, sorprendido.

–Alanos: los reyes de la estepa, hijo –le respondió en idéntico tono de voz–. ¿Recuerdas lo que dije a aquel mercader, Torcuato, hace ya unos años?

Víctor se despidió del guerrero de cabello blanco y se volvió hacia los recién llegados.

Estilicón observó con curiosidad que sus ojos, azules como el cielo en un día de verano, eran ligeramente rasgados y que, pese al extraño color, tanto la barba como el cabello lucían cortos y bien cuidados, al estilo de quienes conformaban el círculo íntimo del emperador.

Su mente voló hacia aquel cobertizo en la ciudad de Dorustorum, a las decenas de atemorizados muchachos alanos que había conocido entonces.

–Vaya, no hay nada que temer si está entre nosotros el gran Flavio Constancio.

–Víctor lo abrazó, y entonces reparó en el joven que aguardaba junto a él.

En sus labios se dibujó una sonrisa–. Y éste debe de ser el no menos noble Flavio Estilicón.

¡Por Dios Todopoderoso, si la última vez que lo vi apenas me llegaba a la cintura!

–Lo es, y, sí, hace unos cuantos años de aquello...

, pero estoy seguro de que no volverá a ocurrir, pues en cuanto todo esto acabe pediré al emperador que lo envíe a Oriente contigo, si te parece bien.

–Se dirigió a su hijo–. Éste es Víctor, muchacho; el mejor comandante de caballería que he conocido en mi vida, y me atrevo a decir que el mejor que tú también conocerás.

A él le debemos que los godos se hayan marchado de los alrededores de Constantinopla. A él, o quizás a su mujer –rio.

El general enarcó una ceja, y al momento Estilicón pensó que su padre se había excedido en sus comentarios. Sin embargo, no había acritud en su voz cuando respondió:

–No puedo decir que no, amigo mío, pues los árabes han resultado tremendamente útiles en los combates contra esos godos. A decir verdad, se han cagado de miedo al ver a los jinetes de mi querida esposa.

Ambos hombres rieron, y Estilicón, más tranquilo al ver que no se había ofendido, dejó salir el aire que había estado conteniendo.

–Víctor es uno de los causantes de que hoy el emperador pueda estar aquí. Se ha sacrificado en aras del Imperio, ¿no es cierto, general? –continuó Constancio, posando una mano sobre el hombro de su hijo.

–He servido al emperador en misiones mucho menos placenteras –rio Víctor–. Mi mujer ha resultado ser fogosa como una amazona, pero también ha sido capaz de aportar paz a nuestra frontera y valiosos jinetes a nuestro ejército.

Víctor llevaba muy poco tiempo casado con su esposa, la joven hija de la reina guerrera árabe Mavia.

Antes, había combatido contra su madre, ambos al frente de sus ejércitos.

Las ágiles tropas a caballo árabes habían saqueado pequeños enclaves imperiales, y los jinetes de Víctor habían respondido echándolas de las grandes ciudades y devolviéndoles la moneda en el desierto.

Pero ninguno de los dos había sido capaz de imponerse.

Finalmente, Valente, temeroso de lo que ocurría en los alrededores de su capital, no había tenido más remedio que ofrecer la paz a Mavia.

No había sido difícil llegar a un acuerdo, pues Valente, acuciado por las circunstancias, no estaba en condiciones de regatear.

Y entre los acuerdos previstos se había incluido el casamiento de la joven árabe con el mismo hombre que había combatido contra ellos en el campo de batalla; de ese modo, se sellaba la paz en las provincias meridionales, además de que el emperador podía contar con centenares de guerreros árabes a caballo, que servirían a las órdenes de Víctor.

–Jinetes que no desmerecen de su nuevo general.

Víctor apretó ligeramente el hombro a Estilicón, haciendo un gesto a Constancio para que dejara de adularlo.

–Conseguirás que me vuelva débil y blando con tanta lisonja. –Miró a su alrededor para comprobar que estaban solos–. Como un romano.

Ambos estallaron en una carcajada, que pronto fue imitada, aunque tímidamente, por Estilicón. Constancio se pasó la manga de la camisa por la cara para enjugarse las lágrimas.

–Víctor nació muy lejos de aquí, Estilicón; todavía mucho más lejos que yo.

Es sármata. Pero la grandeza de Roma es ésta, y es importante que tú, que eres el futuro, también lo entiendas: en Roma siempre debe haber lugar para los más válidos, no sólo para los más serviles.

Debe haber senadores, por supuesto; también ricos comerciantes y hábiles artesanos, pues entre todos han mantenido el Imperio durante siglos.

Pero quienes dirijan los designios de los ejércitos y quienes combatan no sólo tienen que saber hacerlo, sino que tienen que disfrutar haciéndolo.

No pondrías a un sármata a recoger aceitunas y elaborar aceite, pues nunca me atrevería a probar el resultado, al igual que no pondrías a un gordo tendero de Nicea a luchar en el campo de batalla: cada cual debe hacer aquello para lo que está más preparado.

Si en algún momento ese equilibrio se rompe, y hombres como Víctor sólo se encuentran entre nuestros enemigos, estaremos perdidos.

–¿Aceitunas? ¿Qué son esas aceitunas de las que hablas? –exclamó Víctor de forma teatral.

–Realmente no lo sé, sólo se lo he oído decir a los esclavos.

–En fin, muchacho, harás bien en escuchar a tu padre, pues no podría tener más razón.

Atraído por sus risas, un nuevo individuo se acercó a ellos.

–¡Mirad quién ha venido!

El tipo, de aspecto desaliñado, con cabello oscuro y pecho ancho como el de un oso, vestía pantalón negro y una simple armadura de cuero sobre el torso, que parecía estar a punto de ceder en varios sitios por la presión a la que la sometía su corpachón.

–Ha llegado el príncipe –bromeó Constancio, dando un codazo a Víctor.

–¿Y mi reverencia? –protestó el aludido.

Tenía un acento extraño, mas Estilicón no consiguió identificarlo. Entretanto, Constancio y Víctor ejecutaban una burda reverencia entre risas.

–Así está mejor. ¿Y este mozalbete estirado que no es capaz de inclinarse ante un príncipe quién es? Por mucho menos he mandado ajusticiar a gente en mis tierras –preguntó el tipo, lanzando una torva mirada a Estilicón.

–Controla tu lengua, amigo, pues estás ante el gran Flavio Estilicón, el hijo de nuestro viejo amigo Constancio –respondió Víctor.

–¡Vaya, con que éste es tu cachorro! Había escuchado que había heredado la mala costumbre de su padre de andar siempre metido en problemas... Tenías que haber salido a tu madre, muchacho, y haberte dedicado a la política. ¡Y al dinero!

Estilicón escuchaba todo aquello intentando no dar muestras de sorpresa ni, por supuesto, de debilidad.

–Hijo mío, éste es Bacurio, príncipe de los iberos.

–Rey, rey, no me degrades, amigo. Lo que pasa es que difícilmente gobierno en mi propia casa, muchacho..., pero ya me entenderás con el tiempo.

Estilicón estrechó el brazo del recién llegado, sintiendo cómo los dedos se le clavaban en la piel como si fueran las garras de un oso.

–Venid a cenar con nosotros –los invitó Constancio–. He venido para que mi hijo os conozca y, de paso, porque me apetece hablar sobre los viejos tiempos con buenos amigos.

–Si tienes comida suficiente, yo no veo ningún problema. ¿Y tú, Víctor?

El general sármata asintió; observaba fijamente al más joven del grupo.

–Yo tampoco, Bacurio. Y el muchacho parece despierto. Con que lo sea la mitad que su padre, hoy habremos hecho un gran descubrimiento.

* * *

Julio del 378. Provincia de Tracia