Capítulo XXI #3
Baddo, en cambio, tenía el aspecto frágil de un pajarillo; aun así, lo sufrido durante los meses anteriores daba fe sobre la fortaleza que albergaba en su interior.
Educada y afectuosa, Amage se había encariñado enseguida con ella.
La había cuidado durante varios días con sus noches, y había velado su sueño, administrándole bebedizos que le aliviaran el dolor y limpiaran su interior mientras oraba a los dioses para que la muchacha se salvara, para convencerla de que merecía la pena luchar por conservar la vida.
Y lo había conseguido; ella, que a punto había estado de arrebatarse la suya propia.
En una de las hogueras cercanas, hacía rato que Safrax había dejado de prestar atención a lo que se hablaba entre quienes lo rodeaban.
Gundebaldo había regresado, y eso solo ya era motivo de alegría para él.
Las noticias que había traído consigo no eran tranquilizadoras, pero ¿qué otra cosa podían esperar?
Habían desafiado el poder de quienes habitaban más allá de la frontera de piedra, de aquellos capaces de construir fortalezas que asemejaban montañas, de levantar ejércitos en los que se contaban hombres de todos los pueblos conocidos; hombres que, para sus ancestros, eran tan poderosos como dioses.
Sólo era cuestión de tiempo que los derrotaran y pusieran fin para siempre a su sueño, el sueño de vivir un día más.
Miró a las mujeres y sonrió. Recordó algo que Zandipo le había dicho: «Extraños compañeros de viaje procura el destino».
–Y tú, Safrax, ¿qué opinas?
El alano sacudió la cabeza, como si hubiera estado dormitando. Al verlo, Alateo se echó a reír, despertando a muchos de los que sí dormían.
–El amigo Gundebaldo dice que deberíamos volver bajo la bota de Fritigerno, por mucho que nos haya insultado. ¿Tú qué opinas? –insistió el pelirrojo.
–¿Cuándo llegará el emperador con sus legiones?
–Los espías creen que podría estar en Adrianópolis en diez días a lo sumo, pero parece que ha pedido ayuda a su sobrino. Esperará a reunirse con las tropas de éste antes de atacarnos. Sin duda, nos teme –respondió Gundebaldo.
–Han tenido que unirse los dos. Están cagados de miedo –intervino Alateo, con más orgullo que temor.
–Siempre será mejor la bota de Fritigerno que la de Valente o la de Graciano, ¿no? –respondió Safrax.
–Si negociamos con los romanos en posición de fuerza, no como hizo Fritigerno en su momento, quizá podamos obtener de ellos lo que queremos: tierras donde asentarnos y gobernar a los nuestros...
«Habla por ti, amigo», se dijo Safrax. Él sería feliz en medio de una llanura sin nada más que una tienda de piel, un puñado de caballos y su familia. Sería feliz si pudiera retroceder en el tiempo y dejar atrás tanta responsabilidad.
–Fritigerno lo hará, no es tonto –intervino Gundebaldo–. Enviará emisarios a Valente en cuanto pueda para ofrecerle ese mismo trato.
–¿Y crees que Valente escuchará a cualquiera que vaya de parte de tu señor? –preguntó Safrax, intrigado.
–Tenemos cristianos entre los nuestros, incluso algunos monjes. Ellos lo conseguirán.
–Pues enviadlos, pero mantened a esa gentuza alejada –espetó Alateo, mostrando su rechazo. Los misioneros romanos nunca habían prosperado entre los suyos, al contrario que entre sus parientes tervingios, más cercanos al limes .
–Si es así, creo que no tendremos más remedio que confiar en Fritigerno, por mucho que no sepa de quién rodearse. ¿Has vuelto a ver a Uldin? –preguntó Safrax, sin poder evitar que su rostro se ensombreciera al recordar al huno y a su hechicero.
–Continúa en el campamento, pero los suyos se mantienen alejados. Son mercenarios, luchan por riquezas. Fritigerno se deshará de él en cuanto hayamos conjurado la amenaza romana, si es que lo conseguimos.
–¿Es tu percepción o te lo ha dicho él mismo? –quiso saber Alateo, siempre desconfiado.
–Fue el propio Fritigerno quien me dijo que os lo trasmitiera. Si vencemos, enviará al huno y a los suyos lejos. Si queréis, él mismo os lo repetirá en persona.
Safrax miró fijamente a Alateo, tratando de descifrar en sus ojos lo que pensaba.
Junto a él se sentaba Upazan, cabecilla taifalo que se había unido a ellos más de un año atrás.
Desde entonces, el veterano guerrero los había seguido fielmente.
Sí, extraños compañeros de viaje reunían en su camino, quién sabía hacia dónde.
–Si es así... –comenzó a hablar Safrax, sin despegar sus ojos del greutungo.
Pese a unos inicios poco prometedores y la desconfianza de Hilduara, en esos tres años Alateo se había convertido en un aliado fiel y un confidente sincero.
–Si es así, contará con nuestra ayuda. Pero debemos actuar antes de que se reúnan los romanos; si eso ocurriera, lo mejor sería cruzar el río y dejarlo a solas con sus hunos y sus problemas –concluyó Alateo.
Gundebaldo sonrió, satisfecho, pues había conseguido lo que se había propuesto.
–Pues no se hable más y emborrachadme de una jodida vez. ¿O es que acaso se os han olvidado las más elementales normas de hospitalidad?