Capítulo XXI #2
–Todos vivimos una única vida, niña –le había dicho Amage al poco de marchar sus hermanos–; y, aunque nos pese en ocasiones, aunque creamos que no podemos soportar tanto dolor, debemos hacerlo.
Y podemos hacerlo. Debemos apurar nuestra vida hasta el final, hasta que llegue el momento del inevitable adiós, que siempre llega.
Mírame: soy una anciana. He sobrevivido a todos mis hijos, a mi marido...
No puede haber mayor desgracia que ésta, puedes creerme.
Sin embargo, sigo aquí, aunque en ocasiones las fuerzas me flaqueen y me haya sentido al borde de desfallecer.
Entiendo tu dolor mucho más de lo que puedas llegar a creer.
Pero hoy estás aquí, como yo, respirando, y, aunque escuches a mi nieto decir que pasado mañana podemos ser derrotados y vendidos como esclavos, todavía tenemos el día de mañana para vivirlo como si fuera el último.
Eres una muchacha joven y hermosa y tienes un gran corazón.
Y esto último es lo más importante, pues hay mujeres hermosas como diosas que albergan demonios en su interior.
–Amage, pero este dolor que me quema en el pecho...
–Sanará. Como toda herida, sólo quedará una cicatriz, y, con el tiempo, también ésta dejará de molestar.
Desde que el destino la llevara junto a Amage y los suyos, Baddo, cada día en el que los hombres miraban hacia el sur con suspicacia y las mujeres con temor, había creído ir sanando.
Miraba las armaduras de aquellos guerreros extraños, de ojos rasgados y melenas rubias y largas como crines de caballo, y le parecía que ella misma se iba revistiendo de una de aquellas corazas.
Reluciente y recia, capaz de contener su propio dolor y de protegerla en adelante.
Días antes, a fines de junio, Gundebaldo y sus hermanos se habían presentado en el campamento.
Por primera vez en meses, Baddo no había rehuido el contacto con su padre, y la emoción en los ojos del hombre cuando permitió que la besara en la frente la turbó.
Abrazó luego a sus hermanos, a los pequeños Alarico y Gosvinta y al siempre nervioso Teudiselo.
Apenas habían cambiado, no como ella, o eso le parecía.
Esa noche, mientras los hombres debatían alrededor de una fogata sobre las últimas noticias recibidas desde el sur, ella se había reunido también junto a otro fuego con sus hermanos y las mujeres de la familia de Safrax.
Alarico había encontrado en Viterico, el niño rey, y en Ataúlfo, el primogénito de Alateo, a sus tan necesarios compañeros de juegos.
Correteaban por los alrededores soliviantando a quienes trataban de descansar, llenando la noche con sus voces agudas, siempre con la intrépida Gosvinta tratando de seguir sus pasos.
Teudiselo, en cambio, se había sentado junto a Baddo y no perdía de vista a Aleda.
La muchacha no pudo evitar sonreírse al comprobar cómo el color arrebolaba las mejillas de su hermano.
Se dio cuenta de que él también había cambiado, aunque ella no lo hubiera apreciado a simple vista.
Tulga dormía en la tienda y, entretanto, Amage, Hilduara y ella compartían trivialidades; una charla agradable e intrascendente que le resultaba más relajante que interesante.
Así, distraída, los ojos de Baddo buscaban lo que sucedía en la hoguera cercana, donde los hombres discutían.
Su padre estaba sentado junto a Safrax, quien, para su sorpresa, parecía haber perdido la mirada hacia ellas.
Safrax, poco mayor que ella, era el líder de aquel grupo heterogéneo pero unido.
La sangre de Amage que corría por sus venas le permitía no mirar atrás ni lamentarse, sino continuar siempre hacia delante, hasta el fin que siempre llega.
Recordó sus palabras: «Si escuchas a mi nieto, creerás que podemos morir o ser vendidos como esclavos pasado mañana».
Safrax no pretendía engañar, pero tampoco permitía que nadie se rindiera antes de tiempo.
Juntos eran más fuertes, y esa fuerza era la única que los ayudaba a sobrevivir, al menos hasta el día siguiente.
Por eso eran miles los que lo seguían, aunque se dirigiera al corazón de aquel Imperio que sólo quería verlos muertos o sometidos.
Sí, sin duda habría preferido ser como ellos: fuerte y valiente, alguien a quien el dolor y el temor no pudieran hacerle mella.
–Hermerico es un buen hombre e importante entre los nuestros. ¿Has pensado en casarte, Baddo? Ya tienes edad.
La joven, al escuchar su nombre, regresó a la conversación. Todavía tardó un instante en entender lo que Hilduara acababa de decir. Cuando lo hizo, se revolvió sobre sí misma y encaró a la goda con el ceño fruncido.
–¿Qué dices? No quiero casarme.
–Pero tienes que hacerlo –respondió Hilduara con una sonrisa–. Eres muy hermosa y además perteneces a una familia bien situada entre los tuyos. Eres un buen partido. Y todas las muchachas de tu edad desean desposarse.
–Yo no lo deseo, y no lo haré –dijo, sin poder evitar que su voz sonara cortante.
Inmediatamente, Amage se dispuso a poner paz. Le gustaba la tervingia, y no permitiría que todos sus esfuerzos por zurcir su alma hecha pedazos fueran echados por tierra, ni siquiera por Hilduara. Podía ser la mujer de su nieto, sí, pero no tenía ascendente alguno sobre ella.
–Deja a la muchacha, Hilduara. Ni tú ni yo somos de su familia; es a su padre a quien le toca decidir sobre estos asuntos.
Hilduara dibujó una sonrisa forzada. La presencia de Baddo entre la familia de Safrax la incomodaba; era demasiado hermosa como para tenerla cerca.
–Es una lástima. Junto a Hermerico podrías prosperar.
Amage sacudió la cabeza. Ambas mujeres eran muy similares físicamente: rubias, de pómulos prominentes y grandes ojos, claros los de la hija de Gundebaldo y color miel los de la greutunga.
Eran muy parecidas, pero también muy distintas.
Hilduara había dado sobradas muestras de su fortaleza; dura como la roca más fuerte de la tierra entre los dos mares, como aquella que había aprisionado para siempre la hoja de la espada del primer rey de los alanos, también era ambiciosa.
Por esa razón Amage dudaba de su amor por Safrax; a sus ojos, Hilduara sólo buscaba asegurar el lugar preeminente de su hijo.
Seguridad y poder; incluso en unas circunstancias tan excepcionales como aquéllas, en las que tan utópico resultaba conseguirlo.
Quizá por eso Safrax no le prestaba oídos cuando intentaba prevenirlo, pues entendía que el pequeño Tulga, como todos, bastante tenía con sobrevivir al nuevo día.
Ni reyes ni caudillos, ni nobles ni siervos: todos serían iguales mientras siguieran allí, la muerte los trataría a todos por igual.
Así que Amage había optado por observar y callar.