Capítulo XXI
CAPÍTULO XXI
Comenzaba el verano, y las partidas romanas que habían ocupado los pasos de montaña, impidiendo que los tervingios y sus aliados se desbordaran hacia el sur, se habían retirado para reunirse con el ejército de campaña que el emperador Valente había convocado en la ciudad de Adrianópolis.
Para entonces, varios millares de jinetes hunos se habían asentado en las cercanías del gran campamento tervingio.
Desde allí hasta el Istro ya no imperaba la ley de Roma, sino que todas las ciudades, pueblos y campos estaban al albor de los godos y sus aliados; incluso de quienes, aprovechando su presencia, se habían levantado contra sus amos.
Conscientes de lo extenso del territorio y la fortaleza que los germanos habían mostrado en Ad Salices, los generales de Valente habían decidido entregar dicha región y contentarse con cerrar los pasos a las ricas ciudades de Grecia y la misma capital imperial.
La manera más sencilla de impedir que fuera amenazada por las hordas de Fritigerno.
Gundebaldo había cenado esa noche con el caudillo tervingio y el resto de jefes de su pueblo, aquellos que había conseguido reunir tras tantos meses separados, cada uno vagando y saqueando a su antojo.
Les había llegado noticia de que algunos de los suyos habían sido derrotados en Occidente, lo que había sido utilizado por Fritigerno para dar más peso a sus palabras: era crucial que se mantuvieran juntos, máxime cuando era bien sabido que el emperador se dirigía a su encuentro. Juntos y bajo su guía, claro.
Aunque trataban de aparentar normalidad, a Gundebaldo no se le escapaba que todos desconfiaban de Uldin.
Confiaban en que el huno combatiría con ellos, pero no olvidaban que ese mismo huno los había expulsado de sus tierras, condenándolos a una vida de penurias.
Así se lo habían transmitido algunos al caudillo tervingio; en privado, pues no se atrevían a decirlo delante de Uldin.
Nada habían conseguido en un primer momento, pero, con el paso de las semanas y las protestas de sus más allegados, el enfado por el comportamiento de Safrax y Alateo se iba mitigando.
Cuando ya los comensales se retiraban a descansar, Fritigerno pidió a Gundebaldo que se quedara.
Éste obedeció, no sin lamentarse de que el huno continuara con ellos.
Nervioso, intentaba no mirar a Uldin a los ojos y aguardaba en silencio las órdenes de Fritigerno.
Pero el caudillo tervingio ni se inmutó.
Finalmente fue el huno quien, por iniciativa propia, se marchó, llevándose consigo a la oscura sombra que nunca lo abandonaba: su hechicero.
Gundebaldo dejó de crispar los dedos y se relajó.
–No te gusta, y no te culpo –dijo Fritigerno, apartando por un instante la copa de plata de su boca.
Todos ellos se habían acostumbrado a vivir bien tras tantas penurias sufridas. Joyas, riquezas, vino, esclavos, mujeres..., todo lo que quisieran estaba al alcance de su mano.
–A ti tampoco te agrada.
–Tampoco, pero lo necesitamos; a él y a los suyos.
–Necesitas a Safrax y a Alateo mucho más que a ese demonio.
Fritigerno apuró el contenido de la copa y, achispado, la tiró hacia donde dormitaba uno de los agotados sirvientes, haciendo que el pobre desgraciado se sacudiera, sobresaltado.
–Y por eso estás tú aquí, ¿me equivoco?
Gundebaldo escrutó el rostro surcado de arrugas de su interlocutor.
La cerveza ingerida durante la noche había hecho su efecto, pero no parecía ebrio, tan sólo hastiado; tanto que parecía no importarle hablar sin tapujos.
Le devolvió la mirada, pero en ella no había ni una pizca de resentimiento, tampoco de enfado.
–Intento que os entendáis, pues creo que es bueno para todos. No es el momento de olvidar quién es realmente nuestro enemigo común. Tú mismo nos lo recuerdas siempre.
–¿Tú también vas a decirme ahora que nuestro enemigo es Uldin?
–No, ahora no. Ahora es Roma, desde su emperador hasta el último de sus ciudadanos.
Todos deben pagar por lo que nos han hecho, y, si para conseguirlo, tenemos que cubrir de oro a Uldin, lo acepto; pero creo que, de igual manera, debemos asegurarnos de que greutungos y alanos permanezcan a nuestro lado.
Fritigerno asintió. Acto seguido hizo una seña al asustado sirviente, que rápidamente se dirigió hacia él con una nueva copa repleta de cerveza.
–Está bien, ve a hablar con ellos en mi nombre.
Les ofrezco un lugar en mi campamento: a sus guerreros, pero también a sus mujeres, ancianos y niños.
A todos. Además, al igual que acordé con Uldin, les cederé una parte del botín.
No sólo lo que ellos puedan rapiñar, sino también una parte del que nos corresponda a los tervingios. Creo que es una oferta generosa.
Gundebaldo estaba de acuerdo con Fritigerno, pero temía que aquello, al menos conociendo al alano, no fuera suficiente. Era un hombre más de símbolos que de bienes materiales.
–No vendrán. Son orgullosos, y no lo harán mientras el huno esté aquí.
El caudillo tervingio paladeó la cerveza un instante antes de responder.
–Ni puedo ni quiero alejar a Uldin. Lo prefiero aquí, a mi lado, para saber en todo momento lo que hace y lo que se propone. Necesitamos a sus jinetes. Bien sabemos de lo que son capaces en la lucha. Sí, los necesitamos, pero no soy ningún tonto.
–Cuando ese romano al que llaman augusto aparezca, necesitaremos a tantos hombres como podamos reunir, pero...
–¡Lo sé, lo sé! Y todo lo que hago obedece a esa certeza –lo interrumpió Fritigerno, gesticulando para que el sirviente volviera a rellenarle la copa–. ¿Pero qué más puedo ofrecerles para asegurarme de que combatan a nuestro lado?
Si Gundebaldo hubiera tenido la solución se la hubiera dado, pero sólo Alateo y Safrax podían responderle.
–Organizaré un encuentro entre vosotros.
El alano, tú, el greutungo y yo. Solos. Deja a un lado a Uldin por el momento, hasta la batalla.
Sólo lo necesitas para la guerra: tú lo has dicho, y estoy de acuerdo contigo.
Repíteles el ofrecimiento que me has explicado hoy a mí; tendrá más veracidad que si soy yo quien se lo dice.
Si eso no consigue convencerlos, supongo que nada lo hará.
Fritigerno apuró la copa de nuevo. En el último momento, decidió no lanzarla hacia la penumbra, como solía. La depositó en la mesa y se puso en pie, pero no tuvo más remedio que sujetarse a los tablones al reparar en que todo parecía girar a su alrededor.
–Está bien. Ahora ve a descansar, viejo amigo.
Sé que tu labor no es fácil. Mañana irás a transmitirles mi mensaje.
Tranquilízalos, asegúrales que el huno no es más que un medio del que nos desharemos cuando pase la tormenta; pero que ellos deben estar preparados para cuando ésta acontezca.
Si eso es lo que quieren, yo mismo se lo repetiré. Tienes mi palabra.
Gundebaldo asintió, satisfecho. No sabía si tendría éxito, pero no se le había ocurrido nada mejor. Ni el alano ni el greutungo eran estúpidos; tomarían la mejor decisión.
* * *
Las jornadas se sucedían cada una igual a la anterior, como si el tiempo se hubiera detenido.
Tal cosa inquietaba a los hombres, pero era agradable para Baddo.
Tras tantos horrores vividos, tras tantos reveses sufridos, aquel tiempo estaba actuando sobre su maltrecho corazón como un elixir reparador.
Se había acostumbrado a la silenciosa compañía de Amage, «la sabia Amage», como la llamaba; pero también a sus risueñas nietas, Aleda y Caina.
Éstas, aunque jóvenes, eran a la vez mujeres duras, moldeadas por el mismo viento que azotaba la pradera un día tras otro, pues eso le gustaba decir a su abuela.
Hacía meses, muchos, que no tenía amiga alguna con la que compartir confidencias, ni más compañía que la de sus hermanos, para los que ella había ocupado, prematuramente, el lugar de una madre.
Y, mientras las heridas de su corazón restañaban lentamente, de igual manera lo hacía su castigado cuerpo.
El color había vuelto a sus mejillas, y la carne parecía volver a revestir sus huesos.
El dolor en el vientre había cesado, convirtiéndose únicamente en un recuerdo.
Amage le había dicho con gran tristeza que lo más probable era que no fuera capaz de volver a engendrar, pero aquello que para la anciana parecía una desgracia a la joven le traía sin cuidado.
Si podía evitarlo, no volvería a dejar que un hombre le pusiera la mano encima.
Sólo había tenido un momento de vacilación, cuando su padre y sus hermanos se marcharon nuevamente al campamento tervingio.
En ese instante tuvo miedo; miedo a encontrarse sola entre extraños, a perder a los suyos, los únicos apoyos con los que siempre había contado, incluso en los peores momentos.
Pero a los pocos días se dio cuenta de que lo prefería así.
De golpe, no debía ser fuerte en cualquier circunstancia, por muy dura que aquélla fuera, ni el sostén al que agarrarse en medio de la tormenta.
Todo aquello había quedado atrás, y ahora era ella quien podía buscar consuelo, y quien lo recibía sin pedir nada a cambio.
Se había adaptado muy rápido a la vida con las mujeres de la familia de Safrax.
De haberlas conocido, su madre hubiera dicho que eran simples; pero en aquella simplicidad radicaba buena parte de su felicidad: disfrutaban del sol, de la lluvia, del viento, del granizo, hasta observando el vuelo de un ave.
Y ciertamente aquello era cuanto podían hacer, incluso en la peor de las situaciones.