La frontera de piedra Capítulo XX #4
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Capítulo XX #4

–Vamos, ya te he dicho que no, ¿acaso no te basta?

–¿Lo juras?

Palaco se incorporó de un salto y se encaminó hacia los caballos. «Goar es un niño en el cuerpo de un hombre», razonó para sí. Y un estúpido inocente en cuanto a lo que se trataba de mujeres. La vida lo curtiría, ése no era su papel.

–Sí, lo juro. Ahora vámonos, tenemos que encontrar a ese jodido Ricomero. Venga, mocoso, ¡en marcha!

* * *

Junio del 378. Iliricum

Cayo Nepociano trataba de evadirse de los sonidos que la brisa llevaba de un lado para otro: los aullidos de los moribundos y los lamentos de los vencidos.

A los primeros, legionarios y auxiliares, avanzando torpemente sobre el terreno sembrado de cadáveres, les ponían fin con el metal de sus armas sin dedicarles una mirada.

Las órdenes de Frigerido habían sido claras, y no le había temblado el pulso pese a estar ajusticiando a su propio pueblo, o, al menos, al que lo había visto nacer.

Las mujeres y los niños serían enviados a Roma y vendidos como esclavos, pero cualquier hombre que hubiera empuñado un arma contra ellos encontraría la muerte allí mismo.

Mientras de reojo veía como los primeros eran encadenados y conducidos como reses hacia el campamento principal, los segundos centraban toda la atención del tribuno de la I Adiutrix.

–¡Tribuno! –lo llamó uno de los soldados.

Sin querer, dio un respingo y desvió la mirada al cielo, donde comenzaban a revolotear decenas de aves carroñeras ansiosas por comenzar su festín.

–Dime, legionario.

–Señor, hemos reunido a los supervivientes, como nos indicó. Son varios centenares. ¿Los crucificamos? –Aunque apenas perceptible, Nepociano detectó cierta reticencia en la voz de su subordinado.

El tribuno chasqueó la lengua y volvió la vista hacia el grupo de guerreros heridos y derrotados que aguardaban su decisión a poca distancia de allí.

Entre ellos estaba su líder, al que llamaban Farnobio, el mismo que había tenido la nefasta idea de dirigir a los suyos hacia Occidente cuando había tenido las provincias de Mesia y Tracia a sus pies.

Su ambición había representado su propia perdición.

«Probablemente no quería compartir las riquezas con nadie más», pensó Nepociano, moviendo la cabeza de un lado al otro.

Incluso en aquellas circunstancias el caudillo bárbaro mostraba un gesto desafiante. Sostuvo su mirada un momento, sabiendo que la expresión del godo era la de alguien que no tenía nada que perder, y a continuación la dirigió hacia el legionario que aguardaba sus órdenes.

Todos aquellos hombres debían morir. En otras circunstancias, tal vez les hubieran ofrecido, bajo rendición, unirse a sus filas o, al menos, respetarles la vida para venderlos como esclavos. Pero ahora no cabía piedad alguna.

Hacía muchos años que el ajusticiamiento por crucifixión había caído en desuso, sobre todo desde que el credo cristiano había ganado adeptos entre la élite gobernante.

No, no serían crucificados, aun cuando Frigerido, en su afán por demostrar su fidelidad absoluta al emperador Graciano, lo hubiera sugerido.

–Sería muy lento, y no disponemos de tiempo que perder.

Desconocemos si hay más partidas como ésta por los alrededores.

Decapitadlos y dejad sus cuerpos sobre la tierra para que sean pasto de las alimañas.

En cuanto a él –dijo, señalando al líder godo–, cargadlo de cadenas y llevadlo junto al dux . Que él decida su escarmiento.

El soldado asintió, sin duda aliviado al confirmar que no tendrían que cortar y preparar una infinidad de maderos con los que ejecutar a los supervivientes.

Cayo Nepociano lo vio marchar e, involuntariamente, acarició el pomo de su espada. Decidió alejarse de allí antes de que sus órdenes comenzaran a cumplirse, perdido en sus pensamientos.

El combate había sido duro, pese a la superioridad numérica y el efecto sorpresa.

Los godos se habían defendido bien, mucho mejor de lo esperado, y, llevados por la desesperación, habían formado un círculo alrededor de sus familias para protegerlas.

Aun así, habían conseguido derrotarlos, amparados en la mayor profundidad de sus filas, como quien derriba un muro inestable sólo a fuerza de empujones.

Por eso eran tantos los que no habían perdido la vida en la batalla; no habían caído bajo el filo de las armas, sino que habían sido arrollados y pisoteados bajo decenas, centenares de botas imperiales.

Unos habrían muerto por los golpes recibidos, otros asfixiados en aquel terreno húmedo; algunos simplemente habrían recibido una buena paliza antes de percatarse de que eran libres al fin, pero que no lo serían durante mucho más tiempo.

A Nepociano se le ocurrían pocas maneras peores de abandonar este mundo que morir asfixiado en aquel limo.

Sentía lástima por aquellos hombres, pero no debía perder de vista que quizás él tampoco tuviera mucha más suerte en el futuro.

Se avecinaban meses difíciles, tal vez más incluso que los anteriores.