Capítulo XX #3
El tervingio parpadeó, sin poder creerse lo beneficioso del acuerdo. Él regresaría junto a los suyos y se aseguraría de convencer a Fritigerno de que se disculpara ante Safrax y Alateo: de que hiciera lo necesario para contar con el concurso de sus hombres en la batalla.
–¿Cómo nos comunicaremos?
–Enviaré a algunos taifalos de confianza al campamento principal. No despertarán sospechas.
–¿Y mi familia? –Gundebaldo carraspeó.
–Puede marchar contigo. Quizá no estaría de más que Baddo permaneciera un tiempo más entre nosotros al cuidado de mi abuela. Pero lo dejo a tu elección.
El tervingio volvió la mirada hacia el fuego.
Safrax lo desconcertaba. Era apenas un muchacho, aunque tratara de ocultarlo tras la barba, casi blanca, y las cicatrices; aunque cargara con tamaña responsabilidad sobre sus hombros.
Fiero en el combate, se esforzaba en decidir con justicia, y había una cosa en particular que lo diferenciaba de cuantos caudillos había conocido en su dilatada vida: era sensible al dolor y a las preocupaciones de los demás.
Después de todo, quizá lo correcto fuera servirlo en el futuro.
–Estoy de acuerdo, Baddo permanecerá con vosotros. No me imagino unas manos mejores en las que dejarla.
* * *
Junio del 378. Iliricum
–Qué gran idea tuviste al citarme en el anfiteatro –gruñó Goar, sentado frente a Palaco.
Era la segunda vez en que le echaba en cara lo sucedido desde que se habían detenido para que las cabalgaduras se tomaran un respiro. Palaco, que se había tumbado cómodamente al sol, chasqueó la lengua.
–Déjalo ya, mocoso... Si no lo hubiera hecho, hoy seguirías pudriéndote en aquel jodido barracón. Ahora, al menos, eres un guerrero de verdad. Deberías darme las gracias en lugar de protestar tanto.
Goar bufó. Agarró una de las ramas que se encontraban a su alrededor y se la lanzó. Ligera como era, se desvió de su objetivo y se estrelló lejos del cuerpo de Palaco, que no se inmutó.
El trino de los pájaros se había apoderado del bosque. Y el otro único sonido era el suave rumor del riachuelo junto al que habían dejado a sus caballos. Cada uno de ellos había partido con dos monturas, muy temprano, antes del alba, tras haber dado cuenta de un frugal desayuno.
Llevaban tres jornadas en Iliricum, cerca ya del ejército del dux Ricomero, con quien se debían reunir.
Por ese motivo, Sigefrido, el oficial al mando de la columna de jinetes francos y burgundios, los había hecho adelantarse.
Poco había tardado en darse cuenta de que, pese a su juventud, aquel par de alanos eran los jinetes más rápidos y resistentes a su cargo.
Con un gruñido, a Goar no le quedó más remedio que reconocer que Palaco, en cierto modo, estaba en lo cierto.
Pese a lo rápido que había ocurrido todo, ya eran equites de Roma; con tan sólo quince años, Goar había entrado a formar parte de un ala de caballería.
Se había convertido en todo lo que su abuelo había detestado.
«Le está bien merecido», pensó con orgullo.
–Venga, debemos ponernos en marcha –instó a su compañero, poniéndose en pie de un salto.
Palaco, en lugar de imitarlo, se acomodó aún más.
–Relájate, mocoso. Ese Ricomero debe de estar muy cerca, ya oíste a los centinelas de la última torre. No tardaremos en dar con él, y puede que tú, no –dijo con sorna–, pero los caballos necesitan descansar.
Goar lanzó una mirada hacia los animales. Su compañero no andaba errado: les habían exigido un ritmo endiablado, por mucho que hubieran cambiado de montura durante el trayecto. Así que volvió a tumbarse, cerró los ojos y se dejó vencer por el agradable arrullo del agua.
Pero un instante más tarde abrió de nuevo los ojos. Palaco se había incorporado sobre un brazo y observaba a los caballos en silencio.
«Qué extraño», pensó. Estaba allí por culpa de Palaco.
Una semana antes lo hubiera matado con sus propias manos y, de repente, se convertía en lo único a lo que podía aferrarse, además de a sus armas.
Todo era extraño en la tierra más allá de la frontera de piedra; extraño y cambiante.
Al llegar allí, se sentía completamente perdido; luego, se había adaptado a la rutina, compartiendo cuatro largos años con Fariban, Malvar y el resto de muchachos.
Pero en ese momento únicamente tenía a Palaco, su rival durante todo aquel tiempo. Y, si lo perdía, volvería a estar solo.
Palaco era arrogante y estúpido, llevaba años llamándolo mocoso y se había reído de él a la menor oportunidad. Sin embargo, él también lo había humillado siempre que se le había presentado la ocasión. Y ahora sólo había una cosa que no conseguía dejar atrás sobre él.
–Palaco, tengo que preguntarte algo –dijo de repente, sobresaltándolo.
–Desembucha.
–Sobre Fara...
–¿Quién?
–Fara, la muchacha por la que fui al anfiteatro.
–¿La esclava? No puedo creer que todavía estés con eso.
–Sólo dime si tú y ella... –dudó sobre cómo seguir.
–¿Qué quieres saber, mocoso? –Palaco enarcó una ceja, sardónico.
Goar apretó los labios. El cabrón estaba disfrutando de la situación, pero él necesitaba respuestas.
–¿Le hiciste daño?
–Claro que no –respondió Palaco, meneando la cabeza–. Sólo quería joderte a ti, no a ella.
–¿Te acostaste con ella? –contuvo la respiración.
–Eres imbécil. –Palaco se echó a reír–. Empiezas a caerme bien, pero en algunas cosas sigues siendo un crío imbécil.
Estudió el ceño fruncido de Goar sin entender en qué podía cambiar aquello las cosas. Sin embargo, parecía ser importante para él. Al fin, suspiró. Aquella situación lo divertía, pero se decidió a no seguir hiriendo sus sentimientos.
–Si eso es lo que te preocupa, olvídate, mocoso. No era mi tipo. –Movió la mano con indiferencia.
Sin embargo, aquella respuesta no pareció tranquilizar a Goar, cuyo rostro seguía congestionado.