La frontera de piedra Capítulo XX #2
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Capítulo XX #2

–¡Basta! –gritó Fritigerno, apartando a cuantos se encontraban a su lado para situarse junto al recién llegado–. Os he dicho que necesitamos a todos los hombres que seamos capaces de reunir, sin excepción. Y Uldin, hijo de Balamir, es uno de ellos.

–¿Te has atrevido a traer a un huno a nuestra presencia? –bramó Alateo, indignado, recuperando parte de su lucidez a pesar del alcohol ingerido.

–¡Basta, he dicho! –insistió el tervingio–.

Uldin luchará a nuestro lado, junto a dos millares de los suyos.

Su ayuda es necesaria si queremos derrotar a Valente y a cuantos osen interponerse en nuestro camino; y, cuando lo hagamos, nos repartiremos los despojos, pero no como perros luchando por un mísero hueso, sino por la más sabrosa de las presas.

Dejad vuestra beligerancia a un lado hasta entonces. Tenemos un enemigo común.

–Sí, él –respondió Alateo señalando al huno, y unos pocos lo jalearon.

Aun así, parecía que la mayoría de los tervingios aceptaba las disposiciones de su líder, pues permanecieron en silencio.

Uldin, en lugar de acobardarse, esbozó una sonrisa y abrió los brazos, como si expusiera el pecho a las armas de sus enemigos.

Claramente, parecía disfrutar el momento.

Era para él un desafío, sabiéndose temido y odiado a partes iguales por aquellos hombres.

Sin embargo, en realidad Uldin no temía a nada; no en balde, Bleda, su hechicero, había predicho años atrás que él sería el primero en dirigir a los hunos hacia las tierras del oeste, donde gobernaban los emperadores de una ciudad milenaria.

Él guiaría a los suyos, y juntos devastarían aquellas tierras, abriendo el camino a los príncipes hunos que seguirían sus pasos en el futuro.

Por eso estaba allí aquel día: para conocer aquella tierra que esperaba que un día fuera suya.

Y también porque Fritigerno le pagaría generosamente por sus servicios.

–Ese hombre te expulsó de tus tierras, Fritigerno. ¡Asesinó a los tuyos! ¿Acaso lo has olvidado? ¿Crees que tus dioses lo han hecho? ¿Dónde está tu honor? –Safrax se puso en pie.

El huno lo miró con una sonrisa provocadora. Fritigerno, sin embargo, bufó, furioso por la cortedad de miras que demostraba el alano en aquel asunto. A sus ojos, todos ellos se jugaban mucho más que el honor.

–¡Claro que no lo he olvidado! Pero hoy estamos en una tierra mil veces mejor, y haré todo lo que sea necesario para hacerme con ella. Si tengo que pagar una parte del botín para conseguir el mayor de los premios, lo haré; y vosotros también, si sois inteligentes.

–Pues lo harás solo –bramó Alateo, airado.

Había olvidado de golpe el banquete, y la cerveza parecía haberse convertido en hiel en su garganta. Dedicó una última mirada cargada de odio a los hunos y se marchó del salón, golpeando a Fritigerno hombro contra hombro al pasar a su lado.

El caudillo tervingio no tuvo más remedio que soportar el insulto. Pese a todo, necesitaba a Alateo y a sus greutungos, así que venció el impulso de ordenar a sus hombres que lo detuvieran. Más tarde intentaría hacerlo cambiar de opinión.

El silencio se adueñó de la estancia, sólo roto por el suave chisporroteo de las teas. Uldin no perdía la sonrisa; estaba disfrutando con aquella situación casi tanto como si hubiera entrado en combate.

–Tú, alano –dijo al cabo, señalando a Safrax–, deberías estarnos agradecido. Tu pueblo nunca hubiera llegado tan lejos si nosotros, los lobos, no os hubiéramos azuzado como a temerosas ovejas.

La mano derecha de Safrax se cerró sobre el mango de su cuchillo.

–¡Basta, Uldin! Has venido aquí con un propósito, que es servirnos en la guerra, no a provocar a quienes combatirán a tu lado –exclamó Fritigerno, fuera de sus casillas.

Un murmullo de aprobación se extendió entre los suyos, coreando sus palabras. Pero Safrax no lo oyó, fija su atención por completo en su enemigo, y sólo pareció despertar cuando escuchó la voz de Hilduara.

–Marchémonos. Por hoy hemos tenido bastante –le susurró al oído–. Vamos, regresemos al campamento con mi hermano –insistió, colocándole una mano sobre el hombro.

Los dedos de Safrax juguetearon de nuevo con el mango del puñal que llevaba escondido, pero al fin se levantó e hizo una seña a Zandipo. Los ojos de Uldin no se separaron un instante de ellos mientras abandonaban la sala. Un depredador observando a su presa.

Hilduara sintió un escalofrío al notar la mirada del huno.

Su actitud arrogante la inquietaba; su aspecto, salvaje, peligroso, le ponía la piel de gallina.

Era completamente opuesto a Safrax: el cabello negro como el ala de un cuervo; los ojos, profundos como pozos, parecían encerrar una oscuridad tan plena que resultaba casi hipnótica.

El alano representaba el sol de la mañana, mientras el huno era la misma noche.

A duras penas consiguió apartar la vista de él antes de abandonar el edificio.

* * *

Junio del 378. Provincia de Tracia

El sol había comenzado a declinar sobre la llanura.

Aquí y allá, en grupos de mayor o menor tamaño, tantos como tribus desgajadas del contingente principal de Fritigerno, brillaban infinidad de hogueras desafiando a la negrura que en breve los abrazaría.

Al norte, no muy lejos, se habían establecido los seguidores de Safrax y de Alateo.

Pese a la distancia, era visible el resplandor de las hogueras de los campamentos tervingios.

Desde el banquete en el que Fritigerno había anunciado su acuerdo con Uldin, no habían vuelto a reunirse, ni tampoco habían aceptado recibir a ninguno de los emisarios enviados por el caudillo tervingio.

Todavía entonces, una semana después, Alateo y Safrax seguían furiosos por aquella encerrona, por no haberles consultado lo que planeaba hacer antes de ponerlo en marcha.

A la mañana siguiente del banquete, alanos y greutungos habían levantado el campamento y marchado al norte, para instalarse más lejos, aunque a menos de un día de distancia de Fritigerno, y, desde entonces, Safrax tampoco había vuelto a ver a Alateo.

El greutungo se había encerrado en su tienda junto con su enfado, y sólo permitía la entrada a su mujer, Ragnahilda, y a sus hijos.

Ninguno de los dos compartía la decisión de Fritigerno.

Pero lo que más frustración les causaba era la situación en la que se encontraban, con las tropas veteranas del emperador marchando hacia ellos.

Hasta el momento habían derrotado a algunos generales romanos, pero entendían que aquellas tropas no podían compararse con el ejército imperial que pretendía invadir Persia.

Ambos sabían que no podían abandonar a Fritigerno en aquel momento, pues en tal caso estarían condenando a sus pueblos.

La única opción que les quedaría era volver a cruzar el gran río, hacia el norte, y regresar a sus tierras.

Sin embargo, allí los esperarían no sólo dos millares de hunos, sino todas las tribus que seguían a Balamir.

De modo que los consumía la certeza de que dependían de aquellos que habían causado su desgracia en el pasado.

Esa noche de finales de primavera, Safrax se había sentado fuera de la tienda, con las piernas cruzadas, dispuesto a dormir al arrullo del sonido de los grillos.

Le dolía la cabeza de tanto pensar. La batalla definitiva se acercaba, pero era imposible tratar de anticipar cuándo comenzaría y cómo se desarrollaría.

Frente a él se encontraba un desconsolado Gundebaldo, siempre a su lado desde la curación de Baddo. El balto había sido fiel a su palabra, por mucho que su corazón sufriera al verse alejado de su pueblo; y tal sentimiento no pasaba desapercibido para el alano.

–Gundebaldo, vete con los tuyos –dijo Safrax una vez más.

Él no respondió de inmediato. Miraba las ascuas como si en aquéllas pudiera encontrar la respuesta a todas sus preguntas.

–Di mi palabra de seguirte y hago honor a ella.

–Y yo te libero de ella. Te estimo y sé que eres un hombre leal y que, de estar en mi situación, harías lo mismo.

Pero también comprendo que éste no es tu pueblo y que no debes de sentirte cómodo entre nosotros ahora que Fritigerno nos ha ofendido.

Ve con los tuyos, marcha en paz; tu honor no sufrirá menoscabo alguno.

–¡Pero tú salvaste a mi hija, a Baddo! –repuso, impotente, Gundebaldo.

Safrax hundió los hombros. Estaba agotado, tanto física como mentalmente. Desde que abandonaran su hogar más allá del gran río, todos creían deberle algo, cuando lo único que él hacía era buscar la manera de sobrevivir a un mundo cada vez más hostil, para él y para quienes se empeñaban en seguirlo.

–Fue mi abuela quien la salvó, no yo –apuntó el alano, señalando a Amage, que dormitaba frente a ellos arrebujada en una manta.

–Es tu sangre, como Baddo es la mía.

Safrax sonrió. Trataba de ser sensato, pero parecía que nadie lo escuchaba o que no eran capaces de entenderlo.

–¿Y si soy yo quien te envía con Fritigerno?

–Se mesó la barba, pensativo–. Si yo te lo ordeno, tendrás que obedecer, ¿no es así?

Necesito a alguien en su campamento, alguien que me informe de lo que sucede y de lo que pretende hacer; y no puedo enviar a ninguno de los míos, pues, al igual que hacemos nosotros con los suyos, los enviaría de vuelta en cuanto se presenten allí, imagino.

Gundebaldo pareció meditar. Comprendía al alano y a Alateo.

Él también censuraba la decisión de Fritigerno, aunque entendía que lo que éste pretendía era asegurar la supervivencia de todos frente a un enemigo temible.

Si podía mediar, lo haría gustoso; si querían tener una oportunidad, tervingios, greutungos, alanos y taifalos debían encontrar la manera de luchar como uno solo.

–¿Estás seguro de que es lo que quieres? –preguntó, evaluando el rostro ojeroso del alano.

–Lo estoy, no tengo otra manera de saber qué se propone Fritigerno ni de hacerle llegar mis pensamientos si lo considerara oportuno. ¿Harías eso por mí, por nosotros?