Capítulo XX
CAPÍTULO XX
Tras la batalla de Ad Salices, godos, alanos y taifalos se habían dispersado nuevamente por el territorio imperial, saqueándolo a placer.
Cegados por la ambición, los guerreros, seguidos por sus familias, se repartían los objetivos, alejándose entre sí para evitar compartir el fruto de sus correrías; como lobos hambrientos que hubieran llegado al acuerdo de no enfrentarse por la misma presa, pues tenían por delante decenas de jugosos bocados.
Sólo la noticia de la llegada del emperador en persona había conseguido que algunos respondieran a la llamada de Fritigerno y se reagruparan en el corazón de Tracia.
El líder tervingio, consciente de que la llegada de Valente suponía una grave amenaza, temía que fueran derrotados con facilidad si cada cual hacía la guerra por su lado.
Así, había enviado mensajeros al norte y al sur, al este y al oeste, y poco a poco miles de hombres y mujeres habían comenzado a ocupar las llanuras cercanas a su campamento.
Aun así, algunos habían decidido ignorar su llamamiento, entre ellos uno de los más poderosos jefezuelos godos: Farnobio.
Por suerte, Alateo y Safrax sí estaban allí.
Fritigerno estaba nervioso. Había convocado a todos los caudillos para hacerlos partícipes de sus planes, y sabía que, pese a ser necesarias, algunas de sus decisiones no serían bien acogidas por todos.
Los había convocado al atardecer, y, al estilo de sus enemigos romanos, lo había dispuesto todo de la manera más ostentosa y extravagante que se le había ocurrido; había elegido como lugar de reunión el enorme edificio que coronaba la finca en la que se había establecido durante el duro invierno.
Habían sido los antiguos dueños y los soldados capturados en Ad Salices quienes restauraron los muros y eliminaron las huellas del fuego; a los esclavos de la finca, como había hecho en tantos otros lugares, los había liberado, de manera que la mayoría habían pasado a engrosar sus filas.
El edificio, desde luego, no había recuperado su antiguo esplendor, pero para Fritigerno era más que suficiente.
Conforme se acercaba al gran salón donde había ordenado que se dispusiera el banquete, escuchó las voces animadas de quienes habían acudido a su llamada.
Había citado a los cabecillas más poderosos, pero también a sus familias y a sus servidores más cercanos, pues pretendía que el inicio de aquella velada discurriera de la forma más agradable posible.
El tervingio sonrió al ver a la pequeña muchedumbre que comía, bebía y reía.
Tras el infierno de los primeros meses en tierras imperiales, sufriendo muertes, humillaciones y privaciones, los rostros volvían a lucir como antes de la derrota de Atanarico frente a Balamir.
Estaban bien alimentados, y en sus ojos refulgía el brillo de quien se cree bendecido por la victoria.
Y era él el responsable de que volvieran a confiar en la valía de sus armas.
–¡Bienvenidos, hermanos! –gritó, haciéndose con la copa que le ofrecía un esclavo. Se la bebió de un trago, y luego la estampó contra el suelo, sobresaltando al pobre desgraciado.
Las miradas de los presentes se dirigieron hacia él, y fueron varios los que respondieron al saludo elevando sus copas hacia el cielo: Alateo, Safrax y el resto de los jefes tervingios, los que habían ocupado el lugar de los asesinados por Lupicino año y medio antes, y otros que habían llegado después.
De todos, el único que no sonreía ni parecía haberse rendido a los efectos del alcohol era Safrax.
El alano no podía evitar sentirse incómodo allí dentro, con tal despliegue de vacía ostentación, por mucho que se hubiera hecho acompañar de Hilduara y Zandipo.
Pocas veces había estado dentro de un edificio, y esas ocasiones habían sucedido durante la toma de alguna ciudad o pueblo; para él, aquellas paredes conformaban lugares fríos y sin alma, erigidas para encerrar las de las personas.
Como si los romanos se empeñaran en vivir en el interior de las montañas.
–Vamos, brinda con tu jefe como un buen chico –lo reprendió Alateo, borracho.
Safrax lo ignoró. Observaba a Fritigerno, que saludaba a unos y a otros, repartiendo abrazos, palmadas en la espalda y risas. Demasiadas risas, cuando todos habían escuchado que miles de guerreros de Roma habían cruzado el mar con la única misión de destruirlos.
–¿No disfrutas de la fiesta, Safrax? –le preguntó Fritigerno al llegar a su lado, a la vez que dedicaba una ridícula reverencia a Hilduara–. Eres el único que parece no hacerlo.
El alano miró a su alrededor. Fritigerno tenía razón: allí donde mirara, todos parecían estar divirtiéndose.
Demasiada comida, demasiada bebida y demasiadas esclavas vestidas con meros jirones de tela que caminaban con la vista baja entre los comensales.
Pensó que, por mucho tiempo que pasara más allá de la frontera de piedra, jamás podría acostumbrarse a aquello.
Además, tener a tantas gentes sojuzgadas, negándoles la dignidad, le resultaba una idea atroz, mucho peor que poner fin a sus vidas.
De repente, se dio cuenta de que algunos cabecillas lo miraban, atentos a su reacción.
–Un alano guarda su gozo para el campo de batalla –acertó a contestar.
Fritigerno se echó a reír, como si aquella ocurrencia lo divirtiera, y las risas de los demás pronto reverberaron en el gran salón.
Palmeó a Safrax en el hombro y avanzó hacia la cabecera de la estancia, el único lugar que no estaba ocupado por mesas llenas de comida y bebida.
Una vez allí, elevó ambos brazos y aguardó a que se hiciera el silencio y le prestaran atención.
–Queridos amigos, espero que disfrutéis de este banquete.
Creo que, al menos yo, podría llegar a acostumbrarme a celebrar uno cada día de mi vida.
–Algunos hombres rieron, y Fritigerno esperó a que callaran para continuar–.
Pero, para poder hacerlo, a ninguno se os escapa que primero debemos derrotar al emperador de estas tierras, como se hace llamar, y a cuantos hombres lance contra nosotros.
–¡Lo derrotaremos de nuevo! –gritó uno de los tervingios más exaltados desde las últimas filas, aunque en esa ocasión fueron pocos los que corearon sus palabras.
Aquello no arredró a Fritigerno. No era ningún estúpido; se enfrentaban a una situación complicada, pero creía haber encontrado la solución. Una con la que quizá no todos estuvieran de acuerdo, pero la única posible a su juicio. Tomó aire antes de continuar.
–Todos sabéis que debemos prepararnos para lo que está por venir, pues están en juego nuestras vidas y las de nuestros seres queridos.
Sólo juntos lo conseguiremos; si seguimos dispersos por el territorio, como hasta hace poco, facilitaremos que Roma nos extermine.
Poco a poco, por separado, como a un puñado de molestas moscas.
En nuestro número, en nuestra unión, radica nuestra fuerza.
¡Debemos pelear juntos! –exclamó, alzando el puño cerrado para enfatizar sus palabras.
–¡Lucharemos juntos! –gritó otro de los presentes.
Fritigerno esbozó una ligera sonrisa.
–Sí, claro que lo haremos. –Hizo una seña discreta a los guerreros que custodiaban la puerta–. Pero ni siquiera así podemos estar seguros de la victoria. Necesitamos a todos los hombres que podamos reunir, ¡a todos, sin importar su origen! –enfatizó.
A la vez que terminaba la frase, se escuchó el chirrido de las hojas de la puerta al abrirse.
Tras ellas quedaron a la vista dos extrañas figuras.
La primera era la de un hombre fornido, de corta estatura, hombros anchos y piernas poderosas.
El cabello, enmarañado y muy oscuro, y también las cejas, anchas y pobladas, y la barba, eran negras como la noche.
En las mejillas destacaban sendas cicatrices blanquecinas que venían a enmascarar, en parte, su juventud.
Vestía de negro desde las botas hasta el gorro que le cubría la cabeza; la única nota de color era el destello metálico de una delicada cota de mallas.
Pero si la estampa de aquél los podía sorprender, aún más asombrosa era la de quien lo acompañaba un paso por detrás: de edad avanzada y porte achaparrado, iba enfundado en un capote oscuro que caía sobre unas ropas remendadas aquí y allá, de las que colgaban vistosas alhajas de delicado brillo, así como lo que parecían numerosos huesecillos de animales.
Un murmullo de asombro se elevó entre la concurrencia, pero nadie se atrevió a hablar, hasta que Zandipo, con voz temblorosa, señaló al segundo de los recién llegados.
–¡Él no puede estar aquí!
Safrax miró con extrañeza al viejo compañero de su abuelo, pues Zandipo solía guardar silencio salvo cuando se encontraba con sus más cercanos y, al igual que él, apenas había bebido.
Pero enseguida entendió su reacción, junto al porqué de la desazón que lo había invadido cuando aquellos hombres habían penetrado en la habitación, como si su simple presencia hubiera sido capaz de ocultar el sol; y sintió como si un afilado puñal le penetrara en las entrañas.
–Bleda va donde yo voy –soltó el guerrero oscuro, con un acento extraño a oídos de todos los presentes–. Como mis dioses.
–¡Tú no tienes dioses! –espetó el santón alano, adelantándose para escupir a los pies del guerrero.
Un murmullo incómodo se elevó entre los presentes.
–Si no controlas a tus perros, Fritigerno, yo mismo tendré que enseñarles a mostrar respeto. –El guerrero de oscuras ropas dedicó una mirada cargada de arrogancia al viejo alano.
La sangre parecía bullir en su interior.
Safrax sólo deseaba tomar un arma y acabar con la vida de aquel maldito huno.
No podía comprender qué hacían esos demonios allí, ni qué podría haber pasado por la cabeza de Fritigerno para acogerlos como aliados.
Sintió la mano de Hilduara sobre su brazo, tratando de calmarlo y evitar así que tiñera aquel extraño banquete con la sangre de la venganza.