Capítulo XIX #3
El centenario golpeó la mesa con las palmas de las manos y se echó a reír a carcajadas. Los jóvenes se miraron entre sí.
–Y bien, ¿quién es el pobre desgraciado? –preguntó, con lágrimas en los ojos.
–Fulvio Necens.
La risa de Marcial se congeló de golpe; tosió, atragantado por su propia saliva.
–Muchacho, ¿te has vuelto loco? ¡Ese tipo es muy peligroso! Controla el negocio de las apuestas en la ciudad, compra a quien le conviene, tiene bandas de matones a sueldo para extorsionar o intimidar a quien le cause problemas... ¡Estáis metidos en un buen lío!
–Lo sé. –Palaco se encogió de hombros–. Un problema mucho más grave que unos cuantos azotes.
–Así que hace un rato –los interrumpió Goar–, en la ciudad, hemos conocido a algunos de sus matones.
–¿Tú también, Goar? –preguntó el oficial, sorprendido–. Te tenía por un chico sensato... Aunque tal vez sea sólo porque eres demasiado joven todavía.
–Él no está metido en este embrollo, pero tuvo la mala suerte de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. –Palaco, al ver que Goar enarcaba una ceja, le hizo un gesto para que guardara silencio.
–Oh, sí. A veces tengo muy mala suerte... –lo secundó con tono irónico.
–¿Estáis heridos? –preguntó Marcial, mirando alternativamente a ambos alanos.
–No, estamos bien. Ellos... no tanto.
–Uno, muerto; el otro, moribundo. Al menos cuando los dejamos –puntualizó Goar.
Marcial meneó la cabeza, atónito. Aquellos dos estúpidos acababan de declarar la guerra al tipo más siniestro de Brigetio, el rey de los bajos fondos, que contaba con un ejército de almas desesperadas que lo obedecerían con sólo chasquear los dedos.
Los auxiliares partirían hacia Oriente al amanecer, y él mismo marcharía a la Galia dos días más tarde.
Esos muchachos quedarían solos en la ciudad a merced de los esbirros de Fulvio Necens.
Estaban condenados, a no ser que él los ayudara.
–Quizá sería bueno que pasáramos una temporada en Kelemantia hasta que se calmen las cosas –propuso Palaco.
–No estaríais lo suficientemente lejos. Los tentáculos de Fulvio Necens son largos, y más si alguien le toca las narices de esta manera. Pero tienes razón en algo: lo mejor sería que ambos desaparecierais una temporada.
Marcial estudió los rostros de sus pupilos.
Le costaba reconocerlo, pero lo cierto era que les había tomado cierto cariño.
Eran voluntariosos, valientes, espléndidos jinetes y buenos luchadores; estaba seguro de que, con un poco de suerte, tendrían una larga vida en la milicia.
Sí, él tenía la solución para sus problemas, aunque implicara despedirse de ellos, probablemente para siempre.
–¿Qué propones, centenario? –inquirió Palaco.
–El río no detendrá a Necens. Pero mañana parte una columna de jinetes hacia el este... Hablaré con Sigefrido, el burgundio, y él os encontrará acomodo. Presentaos al alba a las afueras del pretorio y decidle que yo os envío.
Goar sacudió la cabeza, confundido. Antes de que pudiera decir nada, Palaco dio voz a sus pensamientos.
–¿Y a dónde se supone que iremos?
–A la guerra contra los godos. No será una situación menos peligrosa, pero al menos para esto sí lleváis años preparándoos. Un guerrero no merece morir con un puñal enterrado a traición entre las costillas. Y, por lo que a mí respecta, vosotros ya lo sois.
Ambos muchachos guardaron silencio, todavía tratando de asimilar el alcance de las palabras del oficial.
–Vistas las circunstancias, los azotes que merecéis pueden esperar a otra ocasión. Ahora descansad lo que podáis, recoged vuestras pertenencias y despedíos de vuestros compañeros. Yo me ocuparé de que Sigefrido os proporcione equipo y monturas.
–Sí, señor. Gracias, señor –dijo Palaco, volviéndose para marcharse.
–¿Tienes algo más que decir, Goar? –preguntó Marcial, al ver que permanecía inmóvil frente a él en lugar de ir tras su compañero.
–Señor, me gustaría llevarme la espada corta con la que llegué a la ciudad. Es el único recuerdo que tengo de mi padre.
–De acuerdo, se la haré llegar a Sigefrido para que te la entregue. ¿Eso es todo?
Goar aguardó un poco más hasta estar seguro de que Palaco se había alejado lo suficiente como para no poder escucharlo.
–Me gustaría despedirme de alguien más, de una muchacha. Puede que no la vuelva a ver... –murmuró, un tanto avergonzado y melancólico–. Sé que no debería pedíroslo, pero ¿podríais transmitirle un mensaje, por favor?
–Depende de lo que quieras decirle –repuso Marcial con una sonrisa tranquilizadora–, porque te advierto de que no me veo capaz de recitarle unos versos de amor, ¡y menos unos picantes!
Entonces fue Goar quien esbozó una sonrisa y, a su pesar, se ruborizó.
–Se llama Fara. Es una joven vándala que sirve en las cocinas. Decidle que regresaré a por ella. Por favor, decídselo.
El oficial asintió tratando de parecer serio.
No se había equivocado con Goar: era un muchacho de corazón noble, probablemente demasiado para la vida que le había tocado.
Pero no era su misión aconsejarlo sobre otros asuntos que no fueran los militares; ya aprendería, por las buenas o por las malas, que no era inteligente atar el corazón a una esclava de las cocinas.
Ella no lo esperaría; bastantes problemas tendría ya.
Y él, si era listo, la olvidaría sin más.
–Se lo diré. Pero quiero pedirte algo a cambio.
El joven alano esbozó una sonrisa agradecida.
–Claro, señor, lo que pidáis.
–Si os encontráis con Cayo Nepociano, saludadlo de mi parte. Y cubridle las espaldas durante el combate, si tenéis ocasión.