La frontera de piedra Capítulo XIX #2
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Capítulo XIX #2

Aquellas palabras hicieron que a Goar, por primera vez esa noche, lo embargara una sensación similar al alivio.

Se dejó caer contra el muro y emitió un suspiro.

El mayor de los alanos enarcó una ceja; como había sospechado, aquel mocoso cabrón que tantas veces lo había humillado en el campo de entrenamiento era, en el fondo, un estúpido sentimental.

–¿Ella está bien? ¿No le has hecho nada malo? –quiso confirmar el chico.

–No quiero nada de ella; no es más que una maldita esclava entre centenares. Sólo pretendía que vinieras para darte tu merecido, mocoso. –Palaco suavizó la expresión y se echó a reír nerviosamente–. Y ahora resulta que tengo algo que agradecerte... Quién me lo iba a decir.

Goar lo contempló por primera vez en mucho tiempo sin que una desasosegadora sensación cercana al odio lo poseyera.

Palaco, serio, le palmeó el hombro. «Es extraño, como si la enemistad entre nosotros se hubiera diluido en parte, como si Palaco no fuera un maldito pathicus », se dijo. Y dibujó una sonrisa desvaída.

–Pues no sé qué pretendías ahí fuera, pero creo que no ha salido como esperabas... ¿Qué demonios ha sucedido? ¿Por qué me citaste en el anfiteatro y quiénes eran esos tipos?

–Te cité allí para que nadie del campamento se enterara de lo que nos traíamos entre manos, que no era otra cosa más que darte una buena y merecida paliza.

Te habría dejado allí, tendido, a merced de vagabundos y ladrones, y a saber cómo hubieras despertado.

A algunos romanos les gusta enseñar ciertas lecciones a los muchachos...

–Hizo un gesto obsceno y rio entre dientes.

–Estúpido –masculló Goar, al tiempo que le daba un manotazo–.

Sabes que habría vuelto a vencerte, y hubieras sido tú quien pasara una buena temporada sin poder sentarte.

–Se apartó un poco, en previsión de una represalia por el comentario, pero Palaco se limitó a sonreír con sorna–.

Me pregunto quiénes eran esos matones y qué buscaban al atacarnos.

Palaco miró de forma apenas perceptible hacia la poterna, como si esperara que en ese instante alguien apareciera por allí.

–¿Mataste al tuyo? –le preguntó, bajando la voz.

Goar se encogió de hombros. Nunca antes había matado a nadie, pero llevaba tiempo deseando superar aquella prueba: demostrar que era un auténtico guerrero y que no le temblaría el pulso a la hora de segar la vida de sus enemigos.

Aquélla era una seña de identidad de su pueblo que no deseaba olvidar.

En aquel lado del limes , esta consideración sólo le llegaría cuando fuera destinado a Kelemantia o cuando entrara a formar parte de alguna de las unidades regulares de la frontera.

Era cuanto había creído hasta entonces, que su primer combate tendría lugar contra quienes se encontraban más allá del río: cuados, alamanes, incluso vándalos, y que uno de aquéllos moriría bajo el filo de sus armas para ofrecerle así su bautizo de sangre.

Sin embargo, todo podía haber perdido su sentido esa noche.

Cerró los ojos y rememoró el breve forcejeo con su agresor, cómo el instinto lo había llevado a enterrarle el puñal en el vientre y cómo, casi al instante, su cuerpo se había desmadejado, sin fuerzas.

Lo más probable era que una herida como aquélla acarreara la muerte de quien la sufriera, quizá tras una lenta agonía.

Nunca sabría qué había sucedido con aquel tipo, ni siquiera quién era o qué intenciones escondía, lo que le restaba toda épica al hecho de haber logrado su primera víctima.

En su imaginación había visto batallas, sentido el arco en su mano y escuchado el retumbar de los cascos de su montura al galope; la realidad lo había puesto frente a un callejón oscuro pasada la medianoche, una pelea confusa en el cieno y un traicionero y simple puñal.

–Supongo que morirá –contestó al fin.

–Pues yo creo que también me he cargado al otro, joder –confesó Palaco, tratando de ocultar el temblor de sus manos–. Y, si tú no hubieras estado allí también, yo mismo podría haber acabado igual, frío como un maldito témpano; así que supongo que debería darte las gracias, mocoso.

–Muy inteligente por tu parte citarme en una zona tan peligrosa –se burló Goar.

–Ese ataque no fue una casualidad –bufó Palaco–. Esos hijos de perra me siguieron hasta allí.

–¿Acaso los conocías? ¿Quiénes eran esos tipos? –inquirió Goar, sintiendo cómo un escalofrío le recorría la espalda.

Pero para entonces Palaco ya se había incorporado y le tendía la mano para que se levantara. Goar dudó. Un rato antes hubiera deseado golpearlo hasta hacerle perder la conciencia, y ese sentimiento había sido mutuo. Entretanto, Palaco, impaciente, se removió y retiró la mano.

–Te lo contaré todo en otro momento. Ahora tenemos que buscar una salida a este asunto, y pronto. Cuando encuentren los cadáveres, estaremos en un buen lío, porque te aseguro que sabrán quién ha sido, al menos en mi caso. Y yo sé qué tú también estabas allí.

–¿En qué líos andas metido, Palaco?

–Líos de mayores, mocoso. Y ahora pensemos cómo desaparecer de aquí una temporada.

–Vaya, vaya, menuda sorpresa... Si resulta que al final estos dos son buenos amigos y llevan todo este tiempo actuando como dos bujarrones actores de teatro... –Una voz socarrona los interrumpió.

Al volverse, a los alanos se les erizó el vello de la nuca. A pocos pasos los observaba la pequeña pero maciza figura de Marcial. Un Marcial que, preocupado por el destino de Nepociano en Oriente e incapaz de conciliar el sueño, había salido a tomar el fresco.

–No es lo que crees, centenario –trató de explicar Goar, sintiéndose estúpido al instante.

–¡Por supuesto que no! –lo secundó Palaco, indignado.

Para sorpresa de ambos, Marcial emitió una suave carcajada.

–Es la primera vez que os veo estar de acuerdo en algo después de cuatro años. Unos cuantos latigazos os unirán más aún, os lo aseguro. Mañana ordenaré que os azoten: será un buen espectáculo como despedida.

Goar tensó los músculos. Había visto cómo impartían aquel castigo a los esclavos que sorprendían hurtando comida o cualquier otro objeto de la guarnición.

El solo recuerdo de los gritos de aquellos desgraciados, la piel lacerada y la expresión demudada por el dolor, le revolvía el estómago.

Hizo amago de protestar, pero Palaco le hizo un gesto imperioso a la vez que se acercaba hasta el centenario con la cabeza gacha, con una humildad que Goar no supo reconocer en su compañero.

–Centenario, sé que mereceríamos esos azotes, y no me opongo a ellos, pero tenemos que hablar contigo. No podemos recurrir a nadie más.

Marcial dio un respingo, pues no esperaba tal respuesta.

Escrutó a los alanos, sin entender todavía qué hacían solos por allí a esas horas de la noche y sin que, al parecer, se hubieran peleado.

De repente, reparó en las manchas oscuras que salpicaban la ropa de Goar y frunció el ceño.

Miró en derredor; no se veía a nadie más, y los centinelas debían de estar cómodamente en las torres, a resguardo del frío, no como aquel par de estúpidos.

–Está bien. Vayamos de vuelta a vuestro barracón. Allí podréis contarme eso que parece tan importante. –Hizo un ademán burlón con la mano, aunque lo cierto era que la situación había despertado su curiosidad–. Ya habrá tiempo para que recibáis vuestro castigo.

–Señor, estamos en problemas –lo abordó Palaco en cuanto llegaron al edificio.

Marcial emitió una carcajada a la que, en algún otro lugar no muy lejano, le respondió el ulular de una lechuza.

–Eso ya lo sé, muchacho. Claro que tenéis problemas. Pero os aseguro que en unas pocas semanas os olvidaréis de los verdugones y sólo os quedarán unas preciosas cicatrices de las que no tardaréis en alardear.

–Señor, con el debido respeto, tenemos problemas más graves que ése.

–¿Qué problemas? –preguntó el oficial sin más preámbulos, fija la vista en sus rostros.

Palaco escondió la mirada, avergonzado.

–Estos meses he estado recorriendo las tabernas de la cannaba junto a otros auxiliares –comenzó.

Marcial lo interrumpió casi de inmediato.

–Déjame que adivine, muchacho: ¿putas, vino, dinero? ¿Son ésos tus problemas?

–Ése sería un buen resumen –admitió–. Pero me temo que esta noche las cosas se han complicado un poco más...

Marcial escrutó la oscuridad que los envolvía.

Aquél no era un buen lugar para comentar ciertas cosas, así que con un gesto les indicó que lo siguieran.

Una vez en el comedor de los oficiales, Goar dirigió una mirada anhelante a la puerta de las cocinas, donde debería haberse encontrado con Fara, como tantas otras noches.

–Sentaos –indicó el oficial, haciendo lo propio–. Y ahora explícate, hijo.

–Hace un tiempo comencé a frecuentar tabernas... y a jugar –murmuró Palaco.

–Bien, chico, una cosa es seguir a los auxiliares, pero tú no tienes soldada. ¿Acaso robabas para poder seguir el ritmo de esos fanfarrones?

–No mentiré: he acudido a las termas algunas veces para rapiñar entre las ropas... –Palaco bajó la cabeza–. Pero pronto eso no fue suficiente. Así que tuve que buscar otra manera.

Marcial le hizo un gesto impaciente.

–Vas a soltarlo más pronto que tarde, así que hazlo ya.

–Mujeres. Matronas maduras y adineradas que aprecian la compañía de un joven salvaje como yo. –Hizo un gesto entre avergonzado y divertido.

–Por los cuernos del toro, joder, hijo... ¿Quién te has creído que eres? ¿Un gladiador famoso, como Sexto?

–Bueno, ninguna se ha quejado, precisamente. –Un amago de sonrisa curvó sus labios durante un instante–. El problema...

–¡Suéltalo ya, muchacho! –se impacientó Marcial.

–Debo dinero a un tipo. Mucho dinero. Y precisamente su esposa es una de mis amantes.

La verdad es que me parecía gracioso pagarle con su propio dinero, y, claro, él no estaba al corriente...

, pero ahora mismo no tengo muy claro si el cabrón aprecia más el dinero que aún le debo o la honra de su mujer.