La frontera de piedra Capítulo XIX
54%

Capítulo XIX

CAPÍTULO XIX

Hacía tiempo que habían apagado las luces titilantes del barracón donde dormían los alanos. Pero Goar, eufórico, era incapaz de dormir.

Impaciente por relatar su hazaña a Fara, aguardó sólo el tiempo justo para cerciorarse de que todos a su alrededor dormían y se levantó del catre de un salto.

En pocas zancadas, atravesó la amplia y maloliente sala, y ya se disponía a descender las escaleras que lo conducirían al edificio principal, cuando alguien se interpuso en su camino.

–¿Adónde te crees que vas, mocoso? –escuchó una voz rasposa junto a su oído.

Goar se detuvo, sorprendido. Primero pensó que se trataba de Palaco, pero la voz no era la suya; sería alguno de sus compañeros, ya que todos lo llamaban con el mismo apelativo.

–Apártate –le espetó Goar.

–¿Acaso vas a ver a tu amiguita a las cocinas? –preguntó con voz sibilina.

Goar se tensó al instante. A su espalda, otros dos amigos de Palaco emergieron de entre las sombras.

–He dicho que te apartes –insistió Goar, tratando de serenarse, aun cuando sentía cómo los brazos se le crispaban y latía en deseos de lanzarse a una nueva refriega.

–Hoy no la encontrarás –intervino uno de los que estaba a su espalda–. No creerías que era sólo para ti, ¿verdad? Demasiado bonita para un mocoso como tú. Hoy es el turno de Palaco.

Con un rugido, Goar estampó un golpe con el puño en la nariz del que tenía más cerca.

No dejaría que nadie hiciera daño a Fara.

«¡No lo permitiré!», se dijo. Se oyó un crujido de huesos y un largo quejido lastimero, y los otros dos se abalanzaron inmediatamente sobre él.

Lo habían reducido cuando Fariban, Malvar y algunos otros se les echaron encima para liberar a su amigo.

–¡Haced el favor de calmaros! –exclamó Malvar, con la voz entrecortada por el esfuerzo, en cuanto, tras un breve intercambio de golpes, consiguieron su objetivo. Un hilillo de sangre le manchaba el labio.

–¡Si algo le ha pasado a Fara, os mataré! –bramó Goar, todavía sostenido por sus amigos.

A pocos pasos, uno de los seguidores de Palaco se acercó al herido y lo apartó con premura de la escalera, temeroso de que Goar se lanzara nuevamente a por él, mientras el tercero tomaba la palabra.

–Eso díselo a Palaco, hijo de puta. Lo encontrarás en los soportales de entrada al anfiteatro. Allí te espera: sólo a ti. Si te acompaña alguno de los otros mocosos, te puedes ir despidiendo de la chica.

Goar bufó, furioso, e intentó revolverse del abrazo de sus amigos.

–Dejadme –siseó, dispuesto a emprenderla a golpes con los suyos si era necesario.

Fariban fue el primero en darse cuenta de que hablaba en serio. Levantó las manos e hizo un gesto a los demás para que lo imitaran.

Viéndose libre, Goar se volvió en redondo y examinó, desafiante, los rostros que se encontraban frente a él, tanto de amigos como de enemigos. Se recolocó las ropas y avanzó con decisión.

–No estarás pensando en ir, ¿verdad? –protestó Malvar, con voz extraña a causa del labio inflamado–. ¿No te das cuenta de que todo esto no es más que una trampa?

–¿Ella está allí? –espetó Goar al tipo que le cerraba el paso, ignorando a su amigo.

Aquél se apartó con lentitud y le hizo un gesto despectivo.

–Compruébalo tú mismo.

Goar no se molestó en decir nada más y echó a correr escaleras abajo.

Por un momento, pensó que debía ser sigiloso para que los centinelas de guardia no reparasen en él, pero no detuvo su carrera hasta llegar a la poterna situada en el lienzo oeste del campamento.

Todas las puertas estaban cerradas a esa hora, y no volverían a abrirse hasta el alba; sin embargo, para nadie era un secreto la existencia de aquella salida, utilizada con frecuencia por aquellos que deseaban disfrutar de una noche de juerga en la ciudad sin el permiso de sus superiores, quienes, a su vez, hacían la vista gorda mientras el rendimiento no mermara al día siguiente.

El único que no era partidario de tal arreglo era Marcial, que peroraba a cualquiera que quisiera escucharlo que los oficiales se habían ablandado con el paso de los años, igual que el mismo Imperio, para terminar el alegato con su frase preferida: «Sin disciplina, no hay gloria».

Pero Goar no podía tener miramiento alguno esa noche; que Palaco no volcara su venganza en Fara dependía de él, y nunca se perdonaría si algo malo le pasaba por su culpa.

Al empujar el portalón, asustó a un chucho que orinaba contra la muralla, y éste se alejó ladrando.

Con las prisas, no había tomado abrigo alguno y ahora, vestido sólo con el calzón y la camisola, notó el frío de la noche.

Ese mismo frío pareció despejarle la mente, permitiéndole pensar con claridad desde que toda aquella locura había comenzado.

¿Cómo sabía Palaco que se veía con Fara, que la chica era importante para él?

¿Cómo habría conseguido sacarla del campamento a aquellas horas?

Y ¿cuáles eran sus intenciones: vengarse de él usando a otra persona de aquella manera tan rastrera o simplemente lograr que acudiera a una trampa solo, desarmado y por su propio pie?

Gruñó para sí. No podía hacer otra cosa que presentarse en el anfiteatro, así que retomó la carrera. Pese a la oscuridad reinante, no le resultó difícil orientarse; conocía la cannaba como la palma de su mano, no en vano nunca había pasado tanto tiempo en un mismo lugar.

Dejó atrás las calles vacías, alejándose siempre del río que discurría al norte de la ciudad, y, cuando se encontró frente a la silueta del anfiteatro, se sintió sobrecogido. Allí el añil de la noche parecía intensificarse, ya que la luna quedaba oculta tras la imponente fachada.

Sólo entonces se permitió aminorar el paso.

Tomó resuello mientras se acercaba a los soportales y, cuando estuvo a medio centenar de pasos de donde imaginaba que comenzarían las escaleras hacia las gradas, miró en derredor.

«Demasiado silencio», pensó. No vio gatos o perros en los alrededores, ni se escuchaba, por fortuna, el alboroto de los borrachos de turno o el ruido furtivo de los delincuentes al acecho de incautos.

Una sombra pareció desgajarse de la fachada del edificio. Un trozo de oscuridad que avanzaba hacia él. Goar se esforzó en reconocer la silueta de Palaco.

–Palaco, ¿dónde está Fara? –preguntó en la lengua de sus padres, afianzando los pies sobre el suelo de piedra.

–Pensé que no vendrías –le respondió Palaco.

Sólo los separaban diez pasos, y ya ambos podían adivinar los rasgos del otro. No había rastro de Fara por ningún lado. Goar apretó los puños. Dudaba si pedir explicaciones o abalanzarse sobre su adversario, cuando un movimiento inesperado a su siniestra llamó su atención.

Antes de que pudiera reaccionar, se vio tendido sobre las piedras de la calzada.

Se golpeó la cabeza y, con el impacto, perdió todo el aire de los pulmones, y lo peor era que su atacante lo había conseguido inmovilizar por los brazos, de modo que sólo podía patalear.

Angustiado, cerró los ojos y apretó los labios, pues notó al momento que le enterraban la cara en el barro que tapizaba buena parte del suelo, para impedir que se le introdujera en la boca o lo cegara.

Arqueó el cuerpo y peleó para zafarse del agarre y, cuando al fin lo consiguió, no supo interpretar lo sucedido.

Había esperado ver a Palaco como complacido espectador de su sufrimiento, pero lo que encontraron sus ojos fue a éste enzarzado a golpes contra otra figura.

Sin pensárselo, Goar redobló sus esfuerzos y, con un movimiento instintivo, golpeó de lleno a su agresor en la boca del estómago con el talón de su bota, justo en el momento en que éste sacaba a relucir su acero.

El tipo exhaló un quejido, y el siguiente golpe de Goar hizo que el puñal resbalara de entre sus dedos, quedando al alcance del alano.

–¡Corre, mocoso! –gritó Palaco.

–¡Bárbaro hijo de puta, vas a aprender a pagar tus deudas de una vez por todas! –masculló el tipo que aún apresaba a Goar. Al hablar, la saliva goteó desde sus labios hasta resbalar por el pelo del alano.

Mas fue lo único que llegó a decir. El joven estiró el brazo, agarró el puñal y se revolvió para clavárselo en las tripas.

La calidez de la sangre le bañó la mano y le salpicó las ropas.

El hombre emitió un estertor, y su agarre perdió fuerza.

Justo en ese instante, Goar sintió que alguien lo aferraba del brazo y tiraba de él.

Trató de mantener el equilibrio y volverse hacia la nueva amenaza, pero, con asombro, se dio cuenta de que era Palaco; trataba de ayudarlo a levantarse, y su expresión era tan de sorpresa y temor como la suya propia.

Tembloroso, dejó caer el cuchillo al suelo.

Sin tiempo para explicaciones, echaron a correr por las calles vacías.

Sin mirar atrás, separados apenas por una zancada, Palaco marcaba el camino.

Diez minutos más tarde, jadeantes, se detuvieron frente a la poterna que los llevaría de vuelta al campamento.

Al acceder de nuevo al recinto amurallado, exhalaron un suspiro de alivio.

Entonces, sin decir palabra, ambos se recostaron contra el muro, sabiéndose por fin a salvo.

Cuando su respiración se normalizó, Goar se atrevió a romper el silencio.

–¿Dónde está Fara? –preguntó, recordando el motivo por el que se presentara en el anfiteatro a aquellas horas.

–¿Qué cojones dices, mocoso? –repuso Palaco con expresión sorprendida, como si no supiera a qué se refería.

–Fara, Palaco. ¿Dónde está Fara? Te juro que si le ha pasado algo...

El mayor de los alanos sacudió la cabeza y ahogó una carcajada.

–Casi nos matan en esa jodida y oscura calleja, y tú sigues hablando de tu pequeña puta como si... –Pero no acabó la frase, porque la mano de Goar, todavía manchada de sangre, se había aferrado como una garra a su cuello.

Más fuerte que él, Palaco consiguió escapar de su presa, y, apartándose, le espetó con furia:

–Estará en su celda, supongo. Y no vuelvas a tocarme. Nunca.