La frontera de piedra Capítulo XVIII #3
53%

Capítulo XVIII #3

Estilicón abrió la boca y la volvió a cerrar, sorprendido. Había previsto que su progenitor tratara de quitarle la idea de la cabeza, y estaba preparado para insistir y argumentar, para demostrar que la retórica que llevaba tanto tiempo estudiando en la capital había dado sus frutos.

–Gracias, padre –se limitó a murmurar, consciente de que su éxito se debía más a su intercesión que a sus propios desvelos.

–No me las des. Te has preparado desde pequeño para momentos como éste, y sé que harás que me sienta orgulloso de ti. ¿Dónde está tu madre?

–Se ha retirado temprano al gineceo, pues estaba cansada. Pero seguro que se alegrará mucho de que hayas podido venir.

–Iré a hablar con ella y a ponerme cómodo.

–Hizo una seña a uno de los sirvientes para que avisara en el gineceo–.

Daré órdenes en la cocina para que nos sirvan la cena en el triclinium dentro de una hora.

En dos semanas echaremos de menos todos estos lujos.

No está de más aprovecharlos mientras podamos...

Los esclavos trabajaron con rapidez para preparar el ágape: teas y lamparillas de aceite, bandejas de suculentas viandas y los más delicados vinos que podían encontrarse en el mercado de Constantinopla.

Cuando Flavio Constancio llegó, su hijo ya lo estaba aguardando. Tomó las copas y admiró la plata labrada recubierta de filigranas doradas. Luego tendió una a Estilicón y se llevó otra a los labios para dar un largo sorbo. Paladeó y exhaló un largo suspiro.

–Ésta es una de las mejores cosas que existen a este lado del limes , hijo mío.

–¿Es éste el vino traído desde Italia que guardabas para una ocasión especial, padre?

–No. Reservaremos el Falerno para el final de la velada, como corresponde al mejor de los caldos.

El joven tomó una tartaleta de almendra y miel. Flavio Constancio lo contempló en silencio un instante, tratando de poner sus pensamientos en orden.

–¿Qué ocurre, padre? Parecéis pensativo.

–He estado dando vueltas a algo –afirmó–. Partiremos en dos semanas, y sé que nunca te he hablado de mi vida más allá de la frontera... Pero hoy querría compartir algunas cosas contigo, pues puede que no tengamos otra ocasión.

–No digáis eso, padre.

Flavio Constancio volvió a rellenarse la copa e inspiró con fuerza el delicado aroma que provenía del jardín cercano. Su mujer adoraba las flores; él, los árboles frutales, y de ambos tenían una excelente colección allí.

–Siempre hay que estar preparado para lo que pueda ocurrir, hijo, pues no nos dedicamos a cultivar flores, sino a la guerra.

Y me parece necesario hablarte de mi pasado, pues debes conocer a tus enemigos antes de tener que enfrentarte a ellos.

Dime: ¿matarías a un cónsul con tus propias manos, si él fuera tu acérrimo oponente?

–¡Por supuesto que no! –exclamó Estilicón, sorprendido–.

Trataría de tener más seguidores que él, procuraría que mi voz se escuchara más alto y más fuerte, sin escatimar para ello en esfuerzos o gastos.

Eso debería bastar para zanjar el asunto sin derramamiento de sangre.

–Estudió el gesto de su padre para ver si la respuesta lo había complacido.

–Y, sólo si fuera estrictamente necesario, conspirarías para buscar la manera de que otro lo eliminara.

En el juego del poder, todo está permitido, hijo; tanto a este lado de la frontera como al otro.

En Roma es todo... más refinado. Más civilizado, les gusta decir a los eruditos. Hipocresía, lo llamo yo.

Estilicón, poco acostumbrado a compartir confidencias con su padre, lo miraba con los ojos muy abiertos.

–¿Cómo se resuelven los asuntos de poder entre los bárbaros? ¿Son más leales entre ellos?

–En cierta manera. –Una sonrisa amarga cruzó los ojos de Constancio–.

Ellos no esperarán a acumular poder o popularidad; te degollarán mientras duermes si es necesario, por su propia mano, sin emplear veneno o asesinos en la sombra.

Sé lo que me digo, hijo. Yo mismo tuve que matar al hermano de mi padre cuando tenía tu edad, pues intentó acabar conmigo para evitar que sucediera a mi progenitor tras su muerte.

–¿Vuestro propio tío? –Estilicón sintió cómo el vino parecía congelársele en el gaznate.

–Sí. Lo hice, y no me arrepiento. Mi tío había apalabrado mi asesinato con el líder de la tribu, así que hui.

Pero con el tiempo me he dado cuenta de que todo lo ocurrido tenía un sentido, que era alejarme de aquel lugar y emprender una nueva vida, en la que encontré a Dios y a tu madre y, por supuesto, a ti.

–Padre... –acertó a decir Estilicón, consternado.

–Quiero que aprendas esto hoy, pues no siempre podré estar a tu lado para aconsejarte.

Es cierto que al otro lado del río hasta tu propio hermano podría enterrar un puñal en tu vientre, pero en este lado el peligro es todavía mayor, pues permanece latente, oculto entre las sombras, y encontrarás enemigos que conspiren para provocar tu muerte sin que ni siquiera los veas venir.

–Lo tendré en cuenta, padre –murmuró Estilicón, concentrándose de nuevo en el vino.