Capítulo XVIII #2
Las informaciones sobre Tracia y Mesia eran tan constantes como diversas, y se veía incapaz de hilvanar una explicación plausible.
Lo único cierto era que la revuelta estaba lejos de ser sofocada.
Ignoraba el número total de godos, alanos y taifalos que habían entrado en tierras del Imperio, pues se habían dispersado con rapidez.
Y Trajano, Profuturo y el general de caballería Saturnino, junto con los generales de Graciano, habían tratado de reunirlos como haría un grupo de perros pastores con las ovejas descarriadas.
Flavio Constancio sabía que eran buenos comandantes, con un historial de servicio sin mancha.
Pero las únicas victorias claras habían sido contra pequeñas bandas, mientras que el resultado había sido incierto en encuentros como el de Ad Salices, cuya resolución tanto había enfurecido a Valente.
Por todo ello, Constancio había concluido que aquel enemigo, a quien creían pobres desahuciados, era en verdad una amenaza real.
Una montaña de despachos se acumulaba sobre su mesa, frente a la que un escriba transcribía una misiva dirigida a los oficiales de las guarniciones cercanas a Adrianópolis, hacia donde se dirigiría Valente más pronto que tarde.
Frustrado, contuvo el impulso de barrerlos con la mano; por más que los leyera, no era capaz de comprender cómo aquello que podría haber remediado la acuciante demanda de guerreros en la frontera del Istro había terminado por poner en riesgo la propia integridad del Imperio.
Por fortuna o por desgracia, el mayor responsable de tal vuelco, Lupicino, no podría dar cuentas de su actuación, ya que había muerto durante el conflicto.
El mal ya estaba hecho, y ahora debían enmendarlo de la mejor manera posible: rechazando a los godos y enviándolos de nuevo más allá del limes .
Flavio Constancio se acercó a la ventana para contemplar cómo las calmas aguas del Mármara refulgían bajo los últimos rayos de sol. Estaba cansado, pues llevaba todo el día despachando órdenes y enviando emisarios a cada uno de los puestos avanzados del oeste de la frontera.
La mano derecha del copista temblaba, ya que él también llevaba allí buena parte del día.
Aún a lo lejos, comenzó a escuchar el sonido de unos pasos sobre los mosaicos, y, en poco rato, los dos protectores que aguardaban en el exterior abrieron la puerta para dejar paso al emperador, seguido de algunos de sus consejeros.
Flavio Constancio saludó con una respetuosa inclinación de cabeza, pero Valente le hizo una seña impaciente para que se ahorrara las formalidades.
–¿Están enviadas las órdenes a las unidades de caballería? –preguntó.
–Sí, augusto. Saturnino se dirige hacia Adrianópolis, y, por su parte, el general Víctor y sus hombres han conseguido desbaratar a los godos instalados más al sur y mandarlos de nuevo hacia el norte. El general se encuentra a tan sólo dos días de aquí, y esperará a que nos reunamos con él.
El emperador asintió, satisfecho. Parecía que, ahora que él había llegado, todo comenzaba a desarrollarse como debiera.
–Está bien. Que Víctor continúe limpiando los alrededores de esa chusma; nos reuniremos con él en menos de veinte días. La annona ya ha sido movilizada hacia Adrianópolis, ciudad que Trajano debe estar ahora mismo fortificando.
–También hay nuevas de vuestro sobrino: ha enviado a los generales Frigerido y Ricomero con cinco mil hombres como avanzadilla mientras él se enfrenta a los alamanes.
–Según hablaba, Constancio se dio cuenta de que aquella información no resultaba bienvenida por el emperador.
Algunos en el círculo de Valente elucubraban acerca de la posibilidad de que todo se tratara de una argucia del joven Graciano para retrasar su ayuda en aquel lance, de tal forma que su tío se debilitara poco a poco.
–Ya lo sabía. Ignoraba que esos alamanes hubieran vuelto a ser considerados peligrosos desde el escarmiento que les diera Juliano... En fin, confiemos en que mi sobrino no se retrase en demasía. Por la parte que nos toca, disponlo todo para dentro de dos semanas, Constancio.
El interpelado asintió. «Dos semanas», pensó.
Debía tomar con rapidez una decisión sobre su hijo, Flavio Estilicón.
A sus diecinueve años, ansiaba partir con el ejército imperial.
Sabía por Antonio Celso, uno de sus subordinados, que había solicitado una entrevista con el comes domesticorum de Valente para ser admitido entre los oficiales que tomarían parte en la campaña.
Él, a su edad, llevaba años luchando al otro lado de la frontera.
Nunca había olvidado al primer hombre al que había matado con sus propias manos, ni tampoco a quien, pocos años después, por cuya muerte se había visto obligado a cruzar el gran río sin tener otra opción que ponerse a disposición de los ejércitos de Roma: su tío.
–Supongo que estás al corriente de que tu hijo vendrá con nosotros –anunció Valente, como si le leyera el pensamiento.
–Como desees, augusto. Está preparado y te servirá bien. –Constancio se aseguró de que su rostro no transmitiera emoción alguna.
–Lo sé. Es hora de que siga la senda de su padre y ayude a Roma a enfrentarse a sus enemigos –hizo un gesto a Constancio–. Descansa ahora.
Flavio Constancio asintió, agradecido. Poco después de que el emperador se marchara, él mismo se dirigió a su hogar por primera vez desde que llegara a la ciudad.
Dos esclavos abrieron el gran portalón de la entrada, prestos a ayudar a su señor.
El comandante se dejó agasajar: lo desprendieron de su capa y de su espada, mientras dos parejas de protectores tomaban posiciones en la puerta y en el zaguán.
Uno de los esclavos le ofreció entonces una tina de bronce, y él se remojó las manos y se las frotó con fuerza, para borrar toda huella de tinta.
Ya más relajado, caminó hacia el interior de la casa y dejó atrás el primero de los patios.
Allí sólo se escuchaba el piar de los pájaros y el rumor del agua, pues los muros eran anchos, y el vecindario, muy tranquilo, como correspondía al sector más pudiente de la capital.
Habían adquirido aquella vivienda años antes, poco después del nacimiento de su único hijo, y para ello habían invertido buena parte de la fortuna familiar de Valeria, su mujer, y de la suya propia.
Con tal adquisición esperaba cumplir con lo que se presuponía a alguien que, como él, disfrutaba de una posición de relevancia en la administración imperial y ganarse la admiración y el respeto de los que lo rodeaban.
–Padre –escuchó a su espalda–. Celebro que hayáis podido regresar por fin a casa. Hace unos días madre me insistió en que solicitara al comes domesticorum que al menos pudierais dormir aquí, con nosotros. Espero que tal intromisión no os haya molestado.
Flavio Constancio sonrió. Por supuesto, le agradaba que la familia extrañara su presencia.
Y sabía que nada podía hacer el comes domesticorum sin la aquiescencia del emperador.
Contempló a su hijo con orgullo. Era tan alto como él mismo, pero había heredado la gracia de su madre, en vez de su propia constitución, más recia y fornida.
Su cabello, castaño con reflejos rojizos, lucía aceitado; siempre se arreglaba de aquella manera cuando se encontraban fuera de su hogar, como si con ello quisiera ocultar su origen, extranjero en parte.
–Hijo, os lo agradezco, a tu madre y a ti, pero se avecina una nueva guerra, y mi concurso en palacio estos días resulta fundamental. Precisamente por eso, el emperador me ha permitido un respiro y que me reuniera con vosotros para la cena.
–Padre, quiero unirme al ejército. –El joven cambió de tema con la voz más firme que pudo, preocupado por las noticias que pudiera tener su padre sobre su petición al comes de unirse a la campaña.
–Lo sé –lo interrumpió Constancio–. Y lo apruebo. Pero lo harás entre los protectores. El emperador, en su sabiduría, así lo ha dispuesto.