La frontera de piedra Capítulo XVIII
51%

Capítulo XVIII

CAPÍTULO XVIII

Tito Valerio Flaco repiqueteaba los dedos sobre el escritorio. Entre la madera del mueble y su piel quedaba el pergamino que le habían entregado pocos minutos antes.

Guerra: los alamanes se habían alzado de nuevo en armas, y tendría que enviar hombres, en este caso al oeste, pese a que la legión ya se encontraba mermada, pues la unidad comandada por Cayo Nepociano seguía en Iliricum para evitar que los bárbaros sortearan los pasos de montaña y se introdujeran en Panonia y el resto de provincias occidentales como un torrente desbordado.

–Mi señor, ¿me habéis hecho llamar?

En el dintel de la puerta asomaba el corpachón de Marcial. Tras la partida de Cayo Nepociano se había quedado prácticamente sin oficiales de su total confianza, pero alguien tendría que comandar a los hombres que debía enviar hacia el oeste.

–Pasa, centenario, y cierra la puerta.

Marcial, nervioso, obedeció. Pocas veces había sido llamado al despacho del prefecto. Tenían una buena relación, pero apenas se veían más que en el comedor de oficiales o en el campo de instrucción, donde el centenario se encontraba en su elemento; no como allí.

–Centenario, tomarás a tus hombres y partirás sin tardanza hacia la Galia.

Selecciona dos centenares de jinetes, los mejores de todos.

Deberás entregar este despacho al oficial que consideres más competente –le informó, a la vez que cerraba el primero de los documentos–.

Y tus órdenes, oficial –extendió un segundo informe–.

Aquí encontrarás el lugar en el que debes presentarte dentro de dos días.

Un sorprendido Marcial tomó los informes sin entender lo que estaba sucediendo.

Llevaban semanas preparándose para partir hacia Oriente y acabar de una vez por todas con la resistencia de los godos; el mismo Graciano así se lo había hecho saber a su tío Valente.

Hizo amago de hablar, desconcertado, pero su veteranía acalló cualquier pregunta.

Al menos, hasta que recordó a su amigo Nepociano, que seguía lejos con muchos de sus compañeros.

Inspiró hondo y, armándose de valor, preguntó:

–Mi señor, Cayo Nepociano y el resto de los nuestros... ¿No acudiremos en su ayuda? Se rumorea en las tabernas que la situación en Oriente es muy delicada.

Tito Valerio Flaco dejó, por primera vez, de aporrear el escritorio.

–Parece que deberán bastarse por sus propios medios por el momento. Cuando venzamos a los alamanes, entonces el emperador irá a socorrer a nuestras tropas. –«Los dioses quieran que sea pronto», añadió para sí mismo.

El centenario asintió. Guardó sus órdenes y el despacho para la caballería en el cinto y, tras saludar a su superior, abandonó la habitación, rumiando su preocupación para sí mismo.

Los rumores sobre una nueva irrupción de alamanes en los márgenes del Rhenus habían puesto en alerta a todos los puestos fronterizos; también al emperador, que para entonces se encontraba en la vecina Galia.

Marcial suspiró. «Si retrasan el apoyo a las columnas de Valente, será porque las circunstancias así lo exigen», murmuró para sí.

La orden no debería haberlo sorprendido, tampoco irritado, pues sus únicas virtudes en la vida eran servir y matar, y aquello haría donde se lo ordenaran.

Pero no dejaba de pensar que traicionaba en parte a su buen amigo Nepociano.

Contrariado, abandonó el edificio del pretorio y se encaminó de vuelta al campo de instrucción, donde los jóvenes alanos seguían combatiendo por parejas, como tantas veces.

Repentinamente, Marcial se encontró pensando que tal vez aquélla fuera la última ocasión que tendría de ver a esos muchachos con los que llevaba conviviendo buena parte de los últimos cuatro años, y tomó una decisión apresurada.

–¡Lucio! –gritó con su voz poderosa, acostumbrada a hacerse oír entre el repiquetear del acero y los quejidos de los combatientes.

Enseguida, un legionario corrió a su encuentro.

–Mi señor.

–Que paren –ordenó sin mirarlo–, y entregadles armas de verdad. Ya está bien de usar las de madera. Creo que algún día nos lo agradecerán.

Poco después, los muchachos esgrimían nuevas spathae , sorprendidos por el peso de aquellas hojas en comparación con las de madera. Eran de metal, pero habían amolado los filos: nadie quería que ocurriera una desgracia durante la instrucción.

–Palaco, Goar –vociferó Marcial–, haced los honores.

Un murmullo nervioso se elevó en el claro, y rápidamente tanto alanos como romanos, abandonando sus quehaceres, formaron un círculo alrededor de ambos jóvenes.

Marcial sonrió al recordar la arena del anfiteatro.

Los chicos habían protestado en numerosas ocasiones por no haberles permitido acudir, pero lo que estaba a punto de ocurrir allí también les proporcionaría un buen espectáculo.

Eso sí, uno en el que la vida de los combatientes no correría peligro, o eso esperaba.

Goar sopesó el arma y la hizo girar en la palma de la mano, sin desviar ni por un instante la vista de los ojos de su contrincante.

Palaco, por su parte, esbozaba una sonrisa más propia de un lobo, satisfecho por tener una nueva posibilidad de humillar a aquel mocoso delante de todos.

Al instante siguiente, la punta del arma de Palaco apuntaba al rostro de Goar con ademán desafiante.

Sin embargo, aquello no achantó al más joven, que fue el primero en atacar.

–¡Bien, bien! ¡Así es más divertido! –gritó Marcial en cuanto las espadas salieron a relucir y los primeros chirridos de metal contra metal resonaron en el claro.

Hacía bastante tiempo que Marcial había comprendido que los éxitos de Goar incomodaban sobremanera a Palaco, y él no podía permitirse que un luchador tan completo como era el mayor de los alanos se desmotivara.

Por eso había insistido en que combatieran entre ellos cada cierto tiempo.

Era en estas peleas donde un Palaco más diestro ganaba a Goar, que sin embargo vencía en las demás disciplinas con solvencia.

No obstante, pronto se dio cuenta de que ese día el combate sería diferente, y no sólo porque se midieran con armas de verdad, sino porque por primera vez Goar parecía dominar la situación.

El centenario contemplaba cada movimiento de sus pupilos con ojo experto, reconociendo todo lo practicado centenares, miles de veces, en los últimos cuatro años.

Se esperaba de ellos que formaran parte de la caballería romana, y no tardarían en engrosar las filas de las unidades auxiliares por los alrededores de Brigetio, pero también debían aprender a luchar a pie.

Las esperanzas de Tito Valerio Flaco, tras la muerte de Valentiniano el mismo día en que recibía como regalo a aquellos jóvenes alanos, habían quedado en eso: en meras esperanzas.

El maestro de caballería, Merobaudes, se había olvidado de los muchachos, toda vez que Valentiniano no había podido recompensarlo, ni él ni al prefecto de la I Adiutrix.

«Nepociano llegó más allá que ningún romano», pensó Marcial, «para nada».

Bueno, en realidad había conseguido medio centenar de reclutas con los que reponer las siempre castigadas filas de los auxiliares. Pero nada más.

Un murmullo de asombro sacó a Marcial de sus cavilaciones.

La espada de Goar había golpeado con el plano de la hoja en el hombro de Palaco.

Como un toro enfurecido, éste saltó sobre el joven alano, quien, con agilidad, se apartó, y fue hurtando el cuerpo en cada embate, jugando con el otro sin esfuerzo aparente.

Hasta que el ansia de Palaco lo llevó a cometer un error: se abalanzó hacia delante con imprudente ímpetu y, zancadilleado por Goar, fue a dar con sus huesos sobre la tierra.

Goar aprovechó la ocasión para patearlo con saña en las posaderas, lo que provocó un coro de risas entre los espectadores y un alarido de rabia del humillado Palaco.

Marcial sacudió la cabeza; había demasiada ira contenida entre aquellos dos.

–Muy bien, dejadlo ya –bramó, acercándose para separarlos–. ¡Todos! –recalcó, dirigiéndose también al público.

Tras unas tímidas protestas, los hombres se dispersaron, y entonces Marcial examinó a los jóvenes combatientes. Goar sonreía, ufano y satisfecho; por el contrario, Palaco, aún en el suelo, temblaba de rabia, con el orgullo herido.

* * *

Mayo del 378. Constantinopla

Valente no había tenido más remedio que zanjar sus disputas con el emperador persa y con la reina Mavia.

Con el primero, bien sabía que el acuerdo duraría sólo el tiempo necesario para que ambos repusieran fuerzas y estuvieran en disposición de atacar de nuevo, como venía sucediendo en la frontera oriental del Imperio romano desde hacía generaciones.

Sobre la segunda, esperaba que el apresurado acuerdo alcanzado fuera suficiente para evitar que el conflicto se enconara y le causara más quebraderos de cabeza en el futuro.

Solventadas aquellas circunstancias, el emperador marchaba a toda prisa hacia Constantinopla para hacerse con las riendas de la situación en sus provincias septentrionales.

No estaba contento con la forma en la que se habían desarrollado las cosas.

Durante casi un año, mientras estaba en Oriente, había abierto cada despacho con la esperanza de saber que la revuelta goda había sido sofocada y sus líderes muertos o cargados de cadenas; pero finalmente hubo de asumir que Trajano y Profuturo no habían tenido el éxito esperado.

Había llegado el momento de encargarse personalmente del asunto.

Como miembro del estado mayor, Flavio Constancio no había tenido un instante de descanso desde que entraran en la ciudad.

Ni tan siquiera había podido ver a su hijo, Flavio Estilicón, que se alojaba en la casa familiar, en la capital.

Él, en cambio, no había podido alejarse ni un momento de palacio.