La frontera de piedra Capítulo XVII #4
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Capítulo XVII #4

Tasio, seguido de cerca por otros dos alanos, apretaba sin cesar a su caballo en el galope.

No pensaba detenerse a descansar, comer ni dormir, tal era la urgencia de su cometido.

Cada uno de ellos contaba con tres monturas, que iban cambiando a medida que se agotaban.

Y ellos ya reposarían cuando hubieran cumplido con la misión.

Al atardecer del segundo día divisaron a lo lejos la barricada de troncos y carretas, tras la que habían dejado parapetadas a sus familias.

Apretaron el paso y exigieron aún más a los animales, acuciados por el temor de que algo malo hubiera ocurrido durante su ausencia.

Mucho habían discutido acerca del emplazamiento donde resguardarlos mientras ellos marchaban a la batalla, y al final se había impuesto el criterio de Safrax y Alateo de mantener a las familias alejadas del conflicto.

Tasio sentía los brazos entumecidos tras tantas horas aferrando el cuerpo de la muchacha contra su pecho. Estaba agotado, pero notar la piel helada de Baddo y ver sus labios amoratados lo espoleaba a avanzar lo más rápido posible. La muchacha ya parecía perder el aliento.

A medida que se acercaban, muchos salieron a su paso, alegres por tenerlos de vuelta y también ansiosos por conocer nuevas sobre lo sucedido en el sur; pero no había tiempo para saludar, y Tasio pasó por entre ellos sin aminorar la velocidad.

–¡Amage, Amage! –gritó el joven al llegar frente a su tienda.

Antes de que Baddo se revolviera sobre el lomo del animal, él ya había desmontado para agarrarla por los hombros y evitar que cayera al suelo. Al volverse, Zandipo ya había acudido a su llamada de auxilio.

–Tasio, ¿quién es esta joven? –preguntó el anciano, sorprendido.

–Es la hija de Gundebaldo, el tervingio. Safrax me ha ordenado que la ponga bajo el cuidado de Amage. Sospechamos que ha ingerido algún veneno.

En ese momento, la anciana salió de la tienda ajustándose un chal de color marrón sobre los hombros. A su lado, Caina sonrió al descubrir con vida al amigo de su hermano.

–¿Dónde está Safrax? –inquirió Amage con voz temblorosa.

–No temas, Safrax está ileso. Hemos derrotado a los romanos, y ha sido él quien me ha enviado a ti, con la esperanza de que salves la vida de esta muchacha.

La anciana relajó el semblante y, tras una muda plegaria de agradecimiento, fijó su atención en Baddo. Chasqueó la lengua, dubitativa, pero al instante hizo una seña a Tasio para que la siguiera a la tienda. Con la ayuda de Zandipo, pronto quedó tendida sobre el lecho de piel de oveja.

Amage les hizo una seña para que se apartaran. Palpó primero con tiento la piel cerúlea del rostro de Baddo, y luego le tocó el vientre. El pulso era débil e irregular, pero quizá todavía no fuera demasiado tarde para ella.

–Dejadnos a solas –pidió.

Le aflojó las ropas, le palpó de nuevo el abdomen, estudió los muslos y los lugares íntimos y comprobó con alivio que quien la había atendido previamente lo había hecho bien.

El problema no eran los coágulos de sangre, ni siquiera los restos de veneno que aún debían recorrer su frágil cuerpecillo; lo verdaderamente determinante era si ella deseaba o no vivir, si lograba imponerse a la oscuridad que la consumía por dentro.

Eran demasiadas las jóvenes que, tras quedarse encinta de algún amor prohibido, intentaban detener la vida que crecía en sus entrañas.

Y Amage bien sabía que el procedimiento era arriesgado.

Mujeres sabias como ella misma las auxiliaban: buscaban las plantas, preparaban los cocimientos y las acompañaban en el doloroso proceso.

Se preguntó si Baddo no habría encontrado a nadie de su confianza y por qué habría esperado hasta casi llegar a término, cuando la dosis de veneno ya arrastraría a madre e hijo juntos a la oscuridad.

Sea como fuera, alguien experimentado la atendió después.

Los desgarros eran limpios y empezaban a cicatrizar, y el olor a hierbas, junto a la ausencia de pus, revelaba que le habían aplicado los emplastos oportunos.

Era como si su cuerpo deseara sanar, pero la tristeza que llevaba dentro la que estaba decantando la balanza hacia el lado de la muerte.

Para su sorpresa, la muchacha se removió y trató de cerrar las piernas instintivamente al notar su examen. Amage retiró la mano de inmediato y la abrazó, emitiendo un arrullo tranquilizador.

–Estás a salvo, muchacha, estás a salvo. Ya ha pasado todo. Los dioses te quieren sobre la tierra, no en la oscuridad –canturreó en su lengua, aun a sabiendas de que no la entendería; era consciente de que las palabras tenían poder.

Baddo abrió lentamente los ojos. Amage sonrió con dulzura; había fuerza en su interior, había esperanza.

Pediría a Zandipo que trajera las hierbas adecuadas y preparara los remedios mientras ella seguía acunando a la chica, cantándole para atarla a la vida, para devolver el espíritu a su cuerpo.

Si Safrax la había enviado hasta allí con Tasio antes de presentarse él mismo, la vida de aquella joven debía de ser importante, y ella era la única que podía salvarla.