Capítulo XVII #3
Sacudió la cabeza para disipar aquellos oscuros pensamientos.
En cuatro o cinco años, cuando su primo tuviera edad suficiente para acudir al campo de batalla, quizás él mismo y todos los demás estuvieran ya muertos.
No tenía sentido dejarse llevar por aquel temor; tenía que seguir actuando como lo había hecho desde la muerte de su abuelo, concentrándose en sobrevivir desde la salida del sol hasta su puesta, un día más cada vez, enfrentándose a los problemas cuando los tuviera delante.
–¿Crees que mi hermana se pondrá bien? –El pequeño tervingio lo sacó de su ensimistamiento.
Safrax suavizó el ceño. El amor de aquel niño por su hermana le parecía sincero, y no quería dañarlo, pero tampoco mentir.
–No somos nadie sin el favor de los dioses, pequeño; así que rezaré a los míos para que intercedan por la vida de tu hermana.
Como los ojos del niño no se apartaban de él, como si esperase una respuesta más esperanzadora, Safrax lo apartó a un lado y desenvainó la espada; la espada de Attax, el más grande guerrero que había conocido, el mismo que había luchado solo hasta la muerte.
Después de tantas jornadas de batalla, el filo aparecía mellado en algunos lugares, pero no existía mejor arma para lo que pretendía hacer.
Quienes se encontraban a su alrededor se alejaron de él, alarmados por el roce del metal, pero Safrax sólo tenía ojos para el hijo de Gundebaldo.
Tomando la empuñadura con ambas manos, dirigió la punta hacia el suelo y la clavó con fuerza en la tierra dura y reseca por el calor del estío.
Pese al cansancio, aquello pareció reconfortarlo.
–¿Cómo te llamas, muchacho?
–Alarico.
–Tu hermana se enfrenta ahora mismo a una batalla, Alarico.
Una que no se dirime con espadas ni con lanzas, con arcos o escudos; una donde el enemigo es esquivo, pero igualmente letal.
Rezaré por ella como oro a mi dios, el único que guía mi camino.
Reza conmigo si lo tienes a bien, hijo de Gundebaldo –dijo, arrodillándose junto a la espada. Y cerró los ojos.
* * *
Septiembre del 377. Provincia de Judea
La larga columna de caballería imperial había llegado al fin a los alrededores de la ciudad de Jerusalem. Casi dos mil jinetes habían avanzado a marchas forzadas a cargo del general Víctor.
El verano había llegado a su fin, y el otoño, todavía caluroso, había traído consigo una nueva amenaza: desde lo más recóndito de los desiertos del sur, miles de jinetes árabes, bajo las órdenes de una mujer, Mavia, habían comenzado a atacar a las caravanas de mercaderes, atreviéndose incluso a saquear los pueblos y pequeñas ciudades que hallaban en su camino.
Apenas sofocada la revuelta isauria, ya surgía un nuevo contratiempo para Valente.
Sus provincias parecían un granero en el que cada vez que se apagaba un fuego comenzaba otro.
Y, por si aquello fuera poco, las noticias llegadas de Occidente resultaban cada vez más preocupantes.
Aquel conjunto de reveses había obrado el milagro de que Valente se decidiera a desprenderse del general sármata por un tiempo. Necesitaba que alguien pusiera fin a la amenaza que representaban los árabes de aquella mujer, Mavia, sin tardanza; y en ningún otro tenía más fe que en él.
Las murallas de la ciudad ya se divisaban a lo lejos cuando Víctor ordenó hacer un alto.
Como enviado del emperador y alto mando de los ejércitos, no podía presentarse allí cubierto por el polvo del camino, extenuado y sin su armadura.
Entraría en Jerusalem como el gran guerrero que era, tomaría posesión de la ciudad –la más importante del lugar– y desde allí organizaría la defensa del territorio.
Nunca antes había estado tan al sur, y tampoco había luchado contra aquellos árabes surgidos de las entrañas del desierto, pero no por eso dudaba del resultado de su cometido.
Se limpió las manos y el rostro con un paño húmedo, mientras uno de sus servidores desembalaba su armadura de gala.
Resoplando a causa del calor, miró la larga columna que, como una serpiente, se extendía a su espalda.
Aquí y allá, los hombres también trataban de refrescarse y se revestían de acero.
En tierras imperiales, las armaduras eran innecesarias, además de un estorbo frente a un calor que, conforme avanzaban hacia el sur, no había hecho sino aumentar.
Sin embargo, el hombre que comandaba su escolta parecía inmune a la incomodidad que las altas temperaturas causaban al resto.
Pablo recorría las filas, apremiando a los hombres a prepararse, perfectamente ataviado, como si fuera a entrar en batalla en ese mismo momento.
Recordó lo que se decía de los clibanarios, los hornos portátiles en cuyo interior podría cocerse una hogaza de pan; claramente aquello no afectaba al alano.
Víctor lo llamó y, en cuanto se acercó, le ofreció el paño humedecido para que se limpiara las escamas de metal del pecho, empañadas por la arena; pero Pablo lo escurrió y se enjugó la frente.
–Yo no tengo que lucir impoluto como tú.
–Eres el capitán de la guardia personal de un general victorioso.
–Hizo una seña al esclavo que vio más cerca, que acarreaba más paños y una jofaina, pero éste dudó, intimidado por el ceño fruncido del alano.
Con un suspiro, Víctor se lo quitó de las manos–.
Está bien, si Jesucristo lavó los pies de sus discípulos cerca de aquí, no veo inconveniente en hacer lo mismo con tu armadura.
–No bromees con eso –lo reconvino Pablo.
Se tomaba en serio aquel asunto. Catorce años atrás había salvado milagrosamente la vida; debía de haber muerto a causa de sus heridas, pero no había sido así.
Por el contrario, al despertar se había encontrado con un crucifijo de plata y nácar entre sus dedos.
Volvió a nacer, pero ya a la luz de Cristo.
–No era mi intención hacer burla. Estamos en la tierra que alumbró la llegada de Nuestro Señor, y eso es todo un privilegio para los que hemos sido bendecidos con su gracia.
–¿Crees que podremos visitar el Monte de los Olivos? –preguntó el alano, esperanzado.
–Espero que tengamos ocasión –respondió Víctor–. Pero primero debemos asegurarnos de devolver a esos árabes a lo más profundo del desierto.
* * *
Septiembre del 377. Cerca de Ad Salices