La frontera de piedra Capítulo XVII #2
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Capítulo XVII #2

La mayoría de jinetes greutungos y alanos habían regresado al norte en busca de sus familias, aunque no tenían intención de establecerse demasiado cerca de los tervingios una vez repelido el ataque imperial.

Los pocos centenares que permanecían a los pies de la colina observaban cómo sus jefes y la pequeña escolta que los acompañaba ascendían lenta y penosamente por la ladera, tras dejar a sus monturas en el llano para evitar que sus patas se pudieran quebrar en aquel terreno resbaladizo y traicionero.

Incluso a pie resultaba complicado encontrar un hueco donde afianzar el paso.

Los cadáveres se amontonaban en la ladera, y los resquicios de terreno entre ellos estaban anegados de una mezcla de cieno y fluidos que parecía succionar las botas, como si la tierra siguiera ávida de cuerpos que engullir.

Alateo protestó al principio, pero a medio camino y tras varios tropiezos ya no le quedaban fuerzas para seguir gruñendo.

Gundebaldo fue el primero en atravesar la barrera de carretas, destrozadas ahora por las llamas y las armas del enemigo.

Ninguno de los ejércitos en liza podía arrogarse la victoria esa jornada; habían sido como dos mastines que, tras desgarrarse la piel alrededor del cuello, se habían separado para lamerse las heridas antes de regresar de nuevo al combate. Por ese día, ambos habían sobrevivido.

Más allá de la barricada aguardaba un nutrido grupo de hombres y mujeres.

Al verlos, de repente, tres pequeños salieron de entre ellos y corrieron al encuentro de Gundebaldo.

Instantes después, los dos de menor edad se aferraron con fuerza a sus piernas, sin importarles la suciedad y la sangre, y el mayor, ya un jovencito, se abrazó a su cintura.

Gundebaldo correspondió a sus muestras de cariño con un gesto adusto en el rostro.

Él los había llevado hasta allí huyendo de la inquina de Atanarico.

Obligado a dejar atrás su vida anterior, había embarcado a su familia en aquella desgraciada aventura, y se sentía responsable de lo ocurrido: del miedo, del hambre, de la miseria, de la misma muerte de Hilda.

Todavía no podía explicar de manera racional qué le había ocurrido, cómo se había hundido en aquel oscuro pozo que parecía no tener fondo, ni cómo había sido capaz de salir.

El día en el que había acabado por su propia mano con aquel romano que forzaba a su hija había dado el primer paso, y el segundo había sido el de tomar Marcianópolis por la fuerza y someter a Lupicino al mayor de los tormentos que había sido capaz de imaginar.

Una nueva vida había comenzado para él desde entonces.

Ahora, por fin regresaba junto a su familia, trayendo además una victoria para su pueblo.

–¿Son tus hijos? –le preguntó Alateo, sonriente.

–Sí –respondió Gundebaldo, mientras buscaba a Baddo entre la muchedumbre.

La halló delante de los tervingios que habían formado para recibir a sus nuevos aliados, y la llamó por su nombre.

A su lado, la anciana que parecía sostenerla le dio un leve empujoncito como para animarla a caminar.

La muchacha avanzó hacia él con paso tambaleante, como si estuviera ebria.

Al verla así, Gundebaldo sintió renacer la culpa; sabía que ella se había acostumbrado a entumecer su mente con el licor para abstraerse de los abusos del viejo romano, y todavía bebía demasiado de cuando en cuando.

Pero sólo fue consciente de la mortal palidez de la joven cuando estuvo a unos pocos pasos.

A su vez, Safrax la miró con pena. Su cuerpo era menudo, aunque no así su vientre, que aparecía abultado, y su rostro presentaba una tonalidad enfermiza. Entonces, la joven trastabilló y a punto estuvo de caer al suelo, pero Safrax, atento, reaccionó con rapidez y consiguió sostenerla.

–¡Baddo! –gritó Gundebaldo, lanzándose hacia su hija.

La chica luchó por abrir los ojos. Incapaz de incorporarse, se encogió instintivamente sobre sí misma, sintiendo un dolor agudo que le desgarraba el vientre. No había dejado de sangrar desde que había tratado de acabar con su vida y con el fruto de aquella semilla maldita.

Una de las mujeres de la casa de Fritigerno, una anciana con dotes de curandera, la había hallado en el bosque y se había ocupado de ella.

La había traído de vuelta desde las sombras y la obligó a despertar y a vomitar el amargo veneno que había ingerido.

Cuando la chica recobró la conciencia, ante su muda pregunta, la mujer se había limitado a señalar la tierra removida al pie de un grueso tronco.

Baddo se había tocado el vientre, aún abultado pero vacío, y se había echado a llorar.

Se había dejado llevar de vuelta al campamento, sin fuerzas para oponerse, y la anciana se había turnado con otras mujeres para asegurarse de que permaneciera acompañada incluso durante lo más crudo de la batalla que se había desatado después.

Sabía que sus hermanos habían querido verla, pero no se lo habían permitido para que pudiera descansar; así, cuando la asearon y adecentaron, instándola a levantarse para recibir a su padre, la muchacha había leído en sus ojos llenos de piedad y tristeza que la anciana se había rendido, que el mal que por su propia mano se había causado excedía a su capacidad de sanarla y que le daba la oportunidad de despedirse de los suyos antes de partir.

Safrax la incorporó sorprendido por su liviandad. Ella parpadeó y trató de centrar la mirada en aquel joven de cabello casi blanco y facciones extrañas, con aquel cráneo ahusado y los ojos rasgados.

–¡Teudiselo! –gritó Gundebaldo, consternado–. ¿Qué le ha pasado a tu hermana? ¡Te dejé al cargo de todos!

–Lo siento, padre. No dijo nada, sólo se marchó hacia el bosque, y ha estado enferma desde entonces. Las mujeres la han estado atendiendo, pero no nos han dejado verla. Hasta hoy, que la han traído hasta aquí. Pensé que eso significaba que se pondría bien... –sollozó.

Gundebaldo maldijo en voz baja. Tenía que haberlo sabido, ¡tenía que haberlo previsto!

Había vuelto a fallar. Desesperado, buscó la mirada de la anciana, que negó lentamente con la cabeza.

El pulso de la muchacha era débil, y al tacto estaba helada.

Su propia mano parecía arder en comparación con la frialdad de su piel.

–Tenemos que llevarla con Amage –susurró Safrax, posando sus dedos en el cuello de Baddo–. Si alguien puede ayudarla, es ella.

Gundebaldo desvió la mirada por primera vez del rostro de su hija. Sus ojos expresaban angustia, pero a la vez esperanza. Tal vez ellos no pudieran hacer más, pero había sabiduría en otros pueblos, y él estaba dispuesto a agotar hasta la última de sus opciones.

–Por favor, alano; poco tengo para ofrecerte, pero, si consigues salvarla, tuyo es. Te juraré fidelidad de por vida.

El alano acarició la mejilla de la chica con suavidad; algo en su fragilidad, en su desesperación, le encogía el corazón y lo impelía a protegerla. No sabía si Amage podría salvarla, pero sí estaba claro que no disponían de mucho tiempo.

–No deseo más que lo que tú quieras darme, Gundebaldo. Ojalá podamos salvar a tu hija, pero necesitamos una montura, y rápido. –Llamó a Tasio para que se acercara hasta ellos–. Lleva a la muchacha con mi abuela sin tardanza.

Ya el tervingio se había dirigido hacia las monturas que pacían sobre la loma.

Tras hablar con el hombre que las vigilaba, corrió hasta los alanos arrastrando un zaíno por la brida.

Entretanto, el más pequeño de los hijos de Gundebaldo se había acercado a Safrax.

Éste no se dio cuenta, pues para entonces ayudaba a Tasio y a Gundebaldo a instalar a Baddo sobre el lomo del caballo.

Una vez estuvo bien sujeta entre los brazos de su amigo, Safrax palmeó los cuartos traseros del animal.

–Gracias, alano –acertó a decir Gundebaldo, sin despegar la vista de los caballos que se alejaban.

–Tú también lo harías por mí y por los míos, ¿verdad, godo? –respondió Safrax sin pensar.

–Hoy sí, y cada uno de los días que estén por llegar, también. Lo juro.

Habían firmado una alianza. Sin sellos ni cálamos, sino con su sangre en el campo de batalla. La suerte, por primera vez en generaciones, era común para ambos pueblos; al menos, mientras el poder de Roma y la amenaza de los hunos los acecharan.

–Ahora debemos hablar con tu señor –intervino Alateo–. Así que ya puedes venir con nosotros y hacer los honores.

Gundebaldo asintió, con el corazón encogido, y dio un paso al frente.

En ese instante, el más pequeño de sus hijos varones se interpuso entre él y Safrax. Examinaba al alano con curiosidad. También para él era el primero que había visto en su vida.

Con una sonrisa en los labios, Safrax le removió el cabello, de un color similar al de su primo Goar.

Se dio cuenta entonces de que no sólo la melena le recordaba a su primo, sino también la fisonomía del muchacho, que debía de ser de edad cercana a la de Goar cuando se había marchado.

Las imágenes se agolparon en su mente: la caravana que se lo llevó, los hombres que lo escoltaran, el aspecto ridículo del mercader y el gesto orgulloso del romano que estaba a su lado.

Mudó el gesto, taciturno de repente. Cuatro años ya; los cuatro años más duros de su vida.

Beuca había dispuesto la marcha de Goar, había transigido en que se lo llevaran para convertirlo en uno de los hombres contra los que ahora se enfrentaban.

Su primo todavía era demasiado joven para que lo enviaran a luchar, pero ¿qué pasaría más adelante?

¿Querría el destino que se encontraran, frente a frente, en un campo de batalla?