Capítulo XVII
CAPÍTULO XVII
Gundebaldo había cumplido su palabra: había conseguido atraer a los hombres de Safrax y Alateo hacia el sur.
Aun así, alanos y greutungos habían decidido saquear cuanto encontraran en los alrededores, sin atender a las demandas de Fritigerno.
El balto se presentó entonces de nuevo ante su señor con la promesa de que, sólo si los romanos llegaban, sus nuevos aliados responderían a su llamada.
Ahora, por ese motivo, Gundebaldo había tenido que volver a abandonar a sus hijos.
Baddo estaba hecha un ovillo sobre el camastro.
Quería llorar, pero no le salían las lágrimas; se le habían agotado.
Al cerrar los ojos, veía el rostro del viejo romano que la había forzado, así como la complicidad del silencio de su padre, borracho de vino, de dolor y de oscuridad.
Ahora ya no lo odiaba. Por más que hubiera tocado fondo, por más que la hubiera fallado de una manera tan brutal, él había logrado salir del pozo y tratado de enmendar la situación. Sin embargo, ella no se sentía capaz.
Había seguido cuidando de los demás incluso en los momentos más oscuros.
El precio había sido su inocencia, su alegría, su dignidad.
Había dejado de llorar, y ahogaba el miedo y la culpa en la soledad de las largas noches de insomnio, cuando se sentía aún más indefensa, sucia, frágil y miserable.
Baddo se apagaba en silencio, sin llantos ni quejas; fingía sonrisas para sus hermanos durante el día y fantaseaba con la muerte de madrugada.
Poco después del saqueo de Marcianópolis había dejado de sangrar. Pero no fue hasta que las náuseas sacudieron sus entrañas a diario y su vientre comenzó a redondearse cuando fue consciente de que estaba encinta de aquel viejo malnacido.
Desde la marcha de su padre se habían unido a la familia de Fritigerno, hallando acomodo en una de las tiendas cercanas a las del caudillo.
No les había faltado de nada: ni comida ni vino ni cerveza, y tampoco ropas de abrigo o vestidos de telas elegantes y suaves.
Su hermano Teudiselo portaba incluso una espada en una preciosa funda de la que nunca se separaba.
Cuanto habían disfrutado los romanos ahora era suyo.
Baddo se esforzó en incorporarse. Se sentía pesada, agotada, vacía de toda energía, como si la criatura que crecía en su interior le robara hasta la última gota de vitalidad.
Sus hermanos conversaban en voz baja al otro lado de la estancia; mientras, Gosvinta, de tan sólo cinco años, jugueteaba con la comida que reposaba sobre los platos de latón.
–Come –gruñó, malhumorada.
La pequeña hizo amago de ignorarla; nunca había gozado de un gran apetito, ni siquiera cuando vivían al otro lado del río. Pero un gesto y una mirada imperativa bastaron para que tomara un pedazo de pan y se sentara a roerlo como si jugara a ser un minúsculo ratón.
–Quiero que regrese padre –susurró.
–Volverá. Pero ahora come.
Baddo se llevó la mano al vientre. La criatura se removía.
Todos sabían quién era el padre, pero se guardaban bien de hacer ningún comentario por respeto a Gundebaldo.
Sin embargo, las mujeres, sobre todo las de mayor edad, no se privaban de mostrar su callada desaprobación a base de miradas escrutadoras.
Se obligó a suavizar el ceño para conseguir que su hermana comiera algo más.
No sabía cuánto podría durar esa situación, cuánto tardarían los romanos, o cualquiera más fuerte que ellos, en volver a arrebatárselo todo.
Nunca estaba de más prepararse para tiempos peores: esa lección había quedado grabada a fuego en su interior.
Asintió, aprobadora, cuando un segundo mendrugo desapareció en la boca de la pequeña.
Una de las mujeres del séquito de Amalasunta, la esposa de Fritigerno, la sacó de sus pensamientos.
–¿Va todo bien, niños? –preguntó, solícita, al entrar en la tienda.
Los más pequeños respondieron afirmativamente al unísono, mientras que los dos mayores únicamente asintieron con la cabeza. Con una sonrisa, la mujer dejó sobre el suelo una nueva fuente repleta de fruta y se marchó.
Alarico se lanzó con premura sobre la bandeja y comenzó a masticar unas uvas sin tan siquiera molestarse en desprenderlas del racimo.
Baddo lo contempló maravillada. En aquellos meses los estragos del hambre habían ido quedando atrás: ya no se le hundían las mejillas, y las piernas no parecían sendos juncos.
Se alegraba por sus hermanos, pero no podía dejar de sentir cierta melancolía al pensar que ella jamás se recuperaría.
Ni por fuera ni por dentro; jamás volvería a ser la misma.
El bebé volvió a removerse en sus entrañas, y sintió una punzada de dolor, seguida de una oleada de pánico. «No, no, no; no vengas todavía», rogó mentalmente. «Déjame hacer lo que tengo que hacer. Será lo mejor para los dos».
Se puso en pie y alisó el pliegue que formaba el vestido sobre su abultado vientre.
Evitó mirar a sus hermanos pequeños para que la voluntad no le fallara.
La decisión estaba tomada, y se le acababa el tiempo.
Antes de que volviera su padre y escabullirse fuera más difícil, antes de que aquella criatura viera la luz de aquel mundo maldito al que nunca la había querido traer.
–Niños, quedaos aquí. Debo salir. –Su propia voz le sonó como un graznido nervioso.
–¿Dónde vas? –inquirió Teudiselo.
–Quédate con ellos. Protégelos, Teudiselo. Nada malo puede pasarme ya a mí –murmuró con un nudo en la garganta.
Suspiró al encontrarse en el exterior. Allí donde posara los ojos, el ambiente era alegre, casi festivo.
Muchos se habían marchado, pero el resto parecía decidido a disfrutar de lo que habían obtenido mientras dispusieran de tiempo, mientras los vigías recorrían los alrededores en busca de las señales del tan temido contraataque romano.
Cuando llegara ese momento, esperaban contar con el apoyo de sus hermanos greutungos, y por ese motivo había partido nuevamente su padre.
Caminó por entre los vivacs con ligereza.
Nadie la molestó, cada cual estaba ocupado en sus quehaceres.
En lugar de casas de madera y piedra, los hogares eran de telas y pieles, y, en lugar de muralla, habían levantado una barricada de carromatos, pero aun así el campamento era enorme, y tardó un rato en recorrerlo.
Una vez más allá de la empalizada, inspiró profundamente y se llevó instintivamente una mano al vientre.
Pensó en su padre, en qué pensaría, en qué sentiría.
No habían hablado de ello, ni siquiera cuando Gundebaldo había regresado de las tierras al norte del gran río y su tripa hinchada ya resultaba evidente.
Aunque Baddo bien sabía que la culpa no era únicamente de su padre; ella llevaba meses evitándolo, sin dirigirle la palabra más de lo estrictamente necesario.
Algo se había roto entre ellos. No podía perdonarlo.
No quería perdonarlo. Con su decisión, no pretendía hacerlo sufrir; simplemente, no le importaba si sufría o no.
Dirigió sus pasos al bosque cercano. Conocía las plantas adecuadas; sólo se maldecía a sí misma por no haberse decidido antes, cuando quizás hubiera sido posible arrancar a la criatura de su vientre sin abandonar el mundo con ella.
Había sabido desde el principio que no podía permitir que aquel fruto del odio y la vergüenza naciera, pero había ido postergando el momento un día tras otro.
Por sus hermanos, por miedo, por cobardía.
O quizá porque, en su fuero interno, sabía que el justo castigo por eliminar una vida era perder la propia.
Hasta ese instante, en el que supo que ya no podía aguardar más. Buscó la bolsita que había ocultado entre los pliegues de su vestido, cerró los ojos y masticó las amargas hojas con determinación.
* * *
Septiembre del 377. Ad Salices
El muro de carromatos que Fritigerno había dispuesto sobre la colina había resistido todos los embates de las tropas romanas.
Durante dos días, habían protagonizado una defensa heroica, y la fulgurante aparición de las columnas de caballería greutunga y alana, comandadas por Safrax y Alateo, había sido determinante para poner fin a la batalla acaecida en los alrededores del lugar al que los lugareños llamaban Ad Salices.
Convencidos de que los miles de guerreros montados recién llegados habían vuelto a inclinar la balanza, Trajano y Profuturo habían decidido ordenar la retirada de las tropas.
También las de aquellas enviadas por Graciano, cuya misión, finalmente, se había revelado un fracaso.
Fritigerno había recibido refuerzos, muchos, y su potencia guerrera crecía día a día, de manera que, a ojos de ambos generales, la presencia del emperador y de las tropas veteranas que estaban en Asia preparándose para el ataque a la frontera persa era más necesaria que nunca.
Mientras entre las tropas imperiales cundía el desánimo, en la colina donde Fritigerno había planteado la defensa ocurría todo lo contrario.
Tras meses de espera e incertidumbre, aguardando la ofensiva romana; tras todo aquel tiempo viendo cómo muchos de los suyos se dispersaban por el territorio, minimizando las opciones de todos de derrotar a las tropas regulares enviadas por Valente, al final la llegada de Gundebaldo junto a sus nuevos aliados había compensado aquellas ausencias de la mejor manera posible.
Ese día, cuando ya los hombres de Roma se habían marchado hacia el sur y el oeste, los godos cargaban los cuerpos de sus caídos para darles sepultura, mientras mujeres y niños recorrían la ladera sur rebuscando entre los cadáveres cualquier objeto de valor.
Los hombres habían hecho una gran labor amontonando espadas, escudos, cascos y armaduras, pero no se habían detenido a registrar los cadáveres en busca de monedas, anillos o amuletos.